lunes, 15 de febrero de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Apocalipsis neandertal

El brazo metálico realiza el mismo movimiento una y otra vez, colocando tapones en viales que rezan acabar con la celulitis, con las grasas de más, con tu vida de mierda. En el contrato pone ocho horas, en la realidad parece horario infinito. El brazo tiene tríceps de acero salpicados por productos pasado de lote y manchas de grasa. Veinte mil en ocho horas. Si tienes suerte. Los envases van bailando por la cinta de dos en dos, sin nombre propio ni un mal número de serie. Envases impersonales esperando recibir el tapón que los complete.

La máquina no mira ni a un lado ni al otro, existe ajena a las presencias conocidos o aún por conocer. Conjunto de metales nacidos en Italia y que morirán, con toda seguridad, en algún rincón de La Mancha donde Don Quijote pisó de camino a alguna hilarante aventura por vivir. Seguro que él sabía de estas locuras de la vida, seguro que él sabía que todo seguirá en pie mientras las estadísticas aseguren que somos productivos, que podré seguir engrasando ese brazo metálico por un tiempo más mientras canto cualquier canción que se me venga a la cabeza en ese momento, y que será la nana de sus descansos entre producto y producto.

Un par de operarios con auriculares y enfundados en batas azules son los encargados del correcto funcionamiento de la máquina. Ayer, un compañero perdió un dedo intentando conseguir no parar la producción, hoy está en quirófano mientras los cirujanos intentan que pueda volver a señalar cual es la carretera que lleva a Mestanza, o cual es la chica que le gusta en la discoteca.

Los misterios de la producción en serie son sencillos y fácilmente asimilables. Pero nadie nos avisó del ruido infernal que genera la masiva fabricación del siglo XXI. Excavadoras, camiones de la basura, taladradoras, televisiones donde se ve Telecinco, fábricas, verduleras en patios de vecinas, bocinas de coches… Si me hubieran avisado en el colegio del ruido que genera nuestra sociedad actual, habría optado por vivir en el pueblo de mis padres, plantar mi huerto, vivir con mi perro y sentarme en una hamaca en el patio a ver como el sol va de aquí para allá sin jefes que le digan que este fin de semana también tendrá que echar horas extras. Pero este es el precio de pensar que puedes con todo y contra todos, que, al llegar a casa, la nana que te acuna es el incesante ruido de los tapones siendo colocados en los envases, a unas 50rpm.

No sé, creo que ahora mismo estoy atrapado en mitad de un eterno bostezo, entre Ciudad y Real, pleno círculo urbano, plenas colas en Mercadona y plenos cigarros a medio terminar. Estoy en mitad de la cinta que lleva los viales, pero alzó la vista y no veo el brazo que me ponga el tapón y me complete.

Pero ya es demasiado tarde para cambiar y ser otra persona diferente. Para que me guste el olor que trasmite la tranquilidad del campo, del viento meciendo los olivos, del azahar y del tomillo, del otoño tirando hojas al suelo, del rocío por las mañanas, de las rosas. De la tierra mojada. Ya no puedo forzar ese sentimiento. No puedo evitar que me atraiga el olor a electrodoméstico, a lavavajillas, a detergente, a cenicero, a la decadencia de las esquinas de mi ciudad, de Repsol y de Fertiberia. El olor de unas manos que han estado fumando y trabajando todo el día, al secador de mi madre, el olor a libro viejo de páginas amarillentas, a tubos de escape de autobuses, a oxido de un columpio, el olor a tinta de pilot, a tipex, a balón desgastado por tirar a trabuco, a punterón. El olor de mi profesora de literatura del instituto. Si, sobre todo ese último.
Y tu olor, claro, tenía que aparecer por mi cabeza tu maldito olor.

Recuerdo uno de tantas tardes que quedamos en la cafetería. Tú ya estabas dentro, esperando, enfadada otra vez porque había llegado tarde. Nunca había pensado que fuera un impuntual hasta que te conocí. Recuerdo que te conté alguna tontería que había leído ese mismo día, pero no te intereso mucho. Apenas cinco minutos de charla fría y te fuiste del local de mala manera. Todas las mesas me miraban, incluso el camarero, que tantas escenitas como esa habrá visualizado en su contrato de media jornada. Plantado en medio de la cafetería, como en las películas. Hasta la máquina de tabaco había sido más agradable que tú: “Su tabaco, gracias”. Qué maravilla el siglo XXI. Aunque la gente te odie, siempre estará Siri para darte los buenos días. ¿No es genial?

En fin, te largaste, si, como todos nos largamos. Pero tu sabías nadar, y yo me quede en esta ciudad cuya corriente me arrastra en el mismo sentido de la circulación. Desordenado como una tienda de ropa el primer día de rebajas. No se me ocurre una comparación mejor.

Me gustaba verte dormida. Eras silenciosa, no había peligro de decepcionarte, ni de discutir. Era uno de esos momentos perfecto para plasmar en el álbum de recuerdos, el momento en el que entran los violines y la película adquiere la categoría de pastelosa e infumable. Nos tenemos el uno al otro. Perdón, nos teníamos el uno al otro.


Se me hace tarde. Mi compañero ha perdido un dedo en el trabajo, y hoy me toca a mí jugarme la mano en la misma máquina. Deséame suerte.