lunes, 28 de febrero de 2011 | By: Samuel Rodríguez Alonso

El juego de las mil mentiras

En medio del huracán yo mantenía los ojos cerrados, me tapaba los oídos con las manos y apretaba con fuerza. Cuando uno esta perdido, inmerso en la oscuridad de una noche fría, sin farolas que alumbren ni carreteras que marquen un camino a seguir, piensa que para siempre permanecerá allí, en el ojo de un huracán que te persigue vayas donde vayas.
Cualquier pequeño fallo te puede traer al lado del perdedor, un mal movimiento del peón o un descuido del rey, un paso en falso, una distracción. Quizás la falta de experiencia, o quizás un exceso en confianza.

Es ahora cuando pienso en lo ocurrido… miro hacia atrás, y la carretera esta más oscura que nunca, pero es necesario adentrarte en las profundidades del dolor para ganar la partida.

Como si fuera un fantasma, comienzo a andar el camino que una vez recorrí, y fugaces recuerdos se reflejan en los cristales de escaparates de esa ciudad que abandonamos tiempo atrás. Una serie de diapositivas se muestran en mi mente. Allí esta todo, el día que nos conocimos… ¿aún lo recuerdas? Fue de la mejor manera que se puede conocer a alguien tan importante, por casualidad. Allí estas, con tu vestido blanco y tus zapatos de tacón intentando mantener el equilibrio por el borde del fin del mundo.
Tu móvil lleno de mis llamadas pérdidas, de mensajes secretos. Las sonrisas que guardabas para sacarla al otro lado del abrazo, esas sonrisas que no se ven, pero se siente, porque son la misma que yo guardaba para ti.
Pero también hubo dolor, hubo errores y egoísmo, y cuando recuerdas no es conveniente dejarse nada por el camino. Solo un estúpido seria tan insensato como para olvidar la tragedia, pues estará condenado a repetir dicha tragedia hasta que la consciencia se lo tatúe con sangre en su mente.

Ahora, después de la tempestad, el pasado tiene otro aroma, y otro sabor. Ella debía de estar loca para soñar conmigo. Seguramente nunca era tan perfecto como ella solía decir. Si buscaba a alguien perfecto, ella se equivoco de persona. ¿De que sirve ser perfecto si no eres real?

Esto debe ser aprender. Es obvio que algunas veces nos toca perder, pero seguimos adelante. Porque lo importante no es perder, sino el modo en que perdimos, lo que aprendimos de la derrota y los cambios que añadimos en nosotros mismos, que nos ayudan a mejorar para las siguientes partidas. Podría decirse que perder, de alguna manera, también es ganar.
Y aprendí que el amor es un sentimiento apabullante, no te lo recomiendo. Quizás sea uno de los juegos más peligrosos a los que nadie te recomendaría jugar.


lunes, 7 de febrero de 2011 | By: Samuel Rodríguez Alonso

La soledad dejó sin luz a las ciudades



Me escondo en mi habitación. Cierro firmemente la puerta y me apoyo en ella de espaldas. Mis piernas todavía tiemblan.
Gotas de sudor se resbalan por las paredes. Oigo como cada tic-tac del reloj retumba por toda la casa… y el eco da golpes a mi puerta, juega con mi ansiedad, le cuenta mis historias de naufragios y soledad que tanto intenté ocultar.

Esta noche el pasado me busca a mí. Todo este tiempo permanecí escondido de él, fingiendo que todo iría bien si conseguía olvidarlo. Pero el pasado no olvida, y tarde o temprano acaba encontrándote. Ahora me tiene acorralado, y tengo la sensación de que en cualquier momento echará la puerta abajo.

Desde mi habitación se oyen los gritos de los niños, se oyen campanas de boda, se oye como la lluvia golpea mi ventana. Las cartas se derrumbaron encima de la mesa. Ya no hay secretos... no hay campanas, no hay gritos, solo hay realidad. La cruda realidad en estado puro.
Con la mirada fija en el espejo, enrabietado, mientras las lágrimas saltan de mis ojos, grito sin voz.. ¡¿Porque no puedo huir?!...
Pero nadie me escucha, y solo queda el vaho en un espejo que me esquiva la mirada.
Sabía que algo así pasaría. El universo se desmorona. ¿Porque no yo? ¿Porque no podemos cambiar de juego, de historia, de universo…?
La oscuridad comienza a ahogarme, la conciencia abandona mi cabeza, mi mirada se nubla, todo es oscuro, demasiado oscuro…

Me arrastro como puedo hasta la cama y me refugio entre las sabanas. Ahí siento como mi ansiedad se pone tan cómoda como puede, arropándose con mi colcha, cerrando los ojos para evitar todo dolor. ¿Oyes el silencio? Me tranquiliza.
miércoles, 2 de febrero de 2011 | By: Samuel Rodríguez Alonso

La casa en la Luna

La luz se colaba con una energía incesante por las persianas de nuestra casa en la Luna.
El hombre de las noticias dijo que habría eclipse, y que duraría al menos unos minutos. No prestamos atención alguna a aquello.

Apoyado en la puerta de la cocina te observaba. Andabas descalza por el salón, con aquel vestido que te regalé, tarareando alguna canción, bailando al mismo ritmo que la brisa hacia bailar las cortinas. Hipnotizando el aire que respirabas.

Poco a poco, la luz fue desapareciendo. Sin despedirse de nosotros, abrió la puerta y se fue. Entonces comenzó algo inexplicable...
Estabas vestida de sol entre las sábanas. Todo era rojo. Visceral. Cada curva de tu cuerpo me emborrachaba más y más, hasta que ya no distinguía el norte del sur, la atracción física de la espiritual. Me asomé a tus ojos y lancé un guiño por si alguien más nos estaba viendo.

Cuando desperté estaba en la Tierra, en mi viejo colchón. Aún era de noche, y la televisión estaba encendida.
Me asomé por el balcón, y busqué nuestra luna en el cielo. Vacío. Apagué el televisor y volví a la cama. Cerré los ojos y dejé que el mundo volviera a desaparecer.