lunes, 20 de diciembre de 2010 | By: Samuel Rodríguez Alonso

No le temo al fuego pero si a las cenizas.

Bajamos las escaleras y salimos a la calle. La luna seguía donde la dejamos, escribiendo el guión de la noche.

Hacia algunos días que habíamos decidido empezar de nuevo. Nos volvieron a engañar los te quieros, como si fueran el lenguaje universal del amor. Vendimos confianza, compramos ilusión… volvimos a comerciar con nuestros sentimientos. Por supuesto, nos volvimos a equivocar. Teníamos la manía de prometer cosas que no podíamos cumplir.


Cruzamos todas las calles que guardábamos en nuestros recuerdos, entramos en nuestro antiguo bar, volvimos a ocupar aquellas viejas sillas, testigos de cómo cada noche llenábamos las horas de simples conversaciones… testimonios de cómo el mundo se puede comer si lo haces con la persona adecuada. Éramos expertos en desnudar nuestros ojos con palabras.

Cegados por nuestra negligencia sentimental reintentamos volver a volver, recuperar lo que se perdió en la oscuridad de los inventos que nunca llegaron a volar. Miramos nuestras vidas a través de un falso espejo, ¿qué vimos al otro lado? Felicidad robada de finales de Hollywood. ¿Qué había realmente? Sufrimiento. Sufríamos. Los dos. Intentábamos cambiar la forma de ser del otro porque nos hacia sufrir, no éramos felices si el otro no vivía tal y como nosotros queríamos. Sufríamos porque no vivíamos de la manera que el otro quería… Y no hay salida digna de una situación así.
¿Cómo es posible que después de miles de años de progreso aun no sepamos amar?

Allí estábamos los dos, cubiertos por aquella noche que vino sin estrellas, sin respeto a quienes intentaron cambiar sus destinos y fracasaron.
Y la bestia contempló el rostro de la bella, y la bella le detuvo la mirada, porque sus ojos revelaban una verdad que no quería aceptar: que nunca podrían estar juntos.
La bella dio media vuelta y se marchó entre sollozos ahogados, y la bestia se quedo quieta en mitad de la calle.
Y no sonaron violines con tristes melodías… tan solo el silencio inundó la avenida. Esto era la vida real.
lunes, 6 de diciembre de 2010 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Si puedo vivir sin ti, si hay manera



La primera vez que ella me miró, parecía que nada en el mundo podía preocuparla. Como si el fin del mundo fuera a saberle a poco. Era fácil enamorarse de una mirada como aquella.
Mi vida se convirtió en un juego. Y era agradable, ¿a quien no le gusta jugar? Pero el calendario tenia marcados los días que duraría la diversión. Y cuando llegó al final, empezaron los problemas.
Nunca soporté los pequeños malentendidos, los enfados por tonterías, los momentos incómodos, las peleas, los portazos y las voces más altas que otras. Nunca aprendí a decir lo que tú querías oír. Nunca soporte las relaciones.
Me propuse olvidarla. ¿Cómo se olvida a alguien?, ¿acaso el olvido es un acto voluntario?, ¿o es como el latir del corazón?... ¿Lo controlamos? Solo sé que cuanto mas quería olvidarte, más pensaba en ti.
Estuvo en mis manos arreglar lo nuestro. Era tan fácil como pronunciar aquellas dos famosas palabras. Pero.... Yo siempre desconfío. Construyo murallas a mí alrededor y no dejo que nadie entre. No permito que nadie llegue realmente a conocerme, ni que llegue a importarme demasiado. Tengo mis buenas razones, como todos supongo. Pero antes o después hay que aflojar. O si no, tus propias murallas te ahogarán. Ahora es demasiado tarde para solucionarlo.
El aislamiento siempre fue mi salida favorita. Cerrar las ventanas del alma y las puertas del corazón, no dejar que se escapen sentimientos por la rendija de las relaciones humanas. Abandonar las emociones a su suerte.
Y es que no puedo seguir jugando a este juego. Todo lo que construimos juntos… ¿Dónde esta ahora? Desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Cambió la dirección del viento y de repente ya no queda nada.
Ese es el problema de aferrarse a las personas, que cuando se hayan ido, también desaparece una parte de nosotros.
No volveré a decir que te necesito por mucho que mi corazón acuchille mi pecho. No volveré a malgastar palabras. Me pediste que te olvidara y te olvidé.