jueves, 28 de agosto de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

La cara oculta de la Luna

Tras un pacto secreto y tácito con la dirección de su cuerpo, ella se mudó. Conocedora de los secretos que el invierno guarda a quien se deja caer en la nieve, de aquellos que se abandonan y confían en que otro incendio reconstruya lo que nadie pudo, ella no cayó en esa trampa. No otra vez. Ella supo como vencer la eterna gotera de soledad que salpicaba a unos y otros sin permiso ni hora de cierre cuando Roma arde y comienza el sálvese quien pueda.

Y cuando se apaga el fuego de las bellas letras y los platonismos desfigurados a base de golpes de realidad, solo queda humo. Y ese humo es tu eterno compañero allá donde vayas, quieras o no, te acompañará allá donde decidas crear nuevos incendios. Pero ella no tuvo miedo, y lo aceptó como un soldado que luce con máximo orgullo su herida de guerra. Porque hay guerras que tienen sentido, y paces por las que merece la pena morir.

Al fin y al cabo, los sueños están hecho de eso, de silencios que sirven para generar primaveras, de abrazos en voz alta, de escalas furtivas por las habitaciones de tu cuerpo y trenes que siempre están a punto de salir, pero que esperan a que hayamos llegado todos. El resto es poco más que un ilusionismo a base de espejos y gente que vive con los ojos cerrados, chocando continuamente y lamentándose de su triste existencia.

Ella siguió el camino que recordaba de su paso por el mundo, el de los veranos nada ingenuos y las personas artificiales, un pack que incluye noche y desayuno, pero con desalojo programado. Para evitar engancharse en el engranaje de esta partida damas (y caballeros), escondió el corazón entre los nudos de su pelo. El truco perfecto para tirar por el retrete a todos los Don Juanes que al amanecer siguen tan enfermos de soledad como tú o como yo. Porque hay una gran diferencia entre tener ganas de acostarte con una mujer, y tener ganas de amanecer junto a ella. La luz que arroja el prisma desagrada según como tengamos el ánimo, según las órdenes que nuestras tripas no tengan reservadas para cada momento.

Puedes engañar a tu estómago, a tu madre o incluso a tu peluquero, pero no puedes engañar al corazón. Y tarde o temprano tira de ti y te arrastra porque quiere volver a formar parte de la locura colectiva, de la compra y venta de sentimientos en la plaza mayor.

Quizás fuera por el miedo a repetir el desgastado pasado, o por miedo al futuro (que seguramente sea lo mismo), o tal vez porque simplemente la casualidad y las circunstancias así lo dispusieron así, aunque lo dudo. Pero lo cierto es que la protagonista de nuestra historia perdió alguna de sus batallas, pero siempre contra causas perdidas. La imposibilidad de la acción era la mayor motivación para ella, el único momento en que bajaba la guardia y se permitía mostrarse vulnerable. Era en esos momentos cuando podía ver perfectamente a aquella astronauta que daba volteretas en el césped.

Ella quería lo que no podía poseer. Ella quería perderse en el bosque. Pero no la dejaron. Parecía que quería lo intangible, para estar segura de que todo saldría mal y entonces no tener nada por lo que preocuparse. Una carrera a contracorriente de uno mismo sin meta, ni punto de salida. Sin carrera. No es felicidad ni es tristeza. Es otra fase distinta, una fase de vacío que ellos no consiguen encontrar en ella. Como decían nuestras viejas canciones, el problema era encontrar a alguien que volviera a ser como nadie. Malditas sean nuestras canciones, porque nunca miente.

Como diría Vetusta Morla, esta historia no tiene ni principio ni final, solo lo que he querido ir contando.





sábado, 23 de agosto de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Entre botellas llenas y mujeres vacías

Por las ventanas de la cocina entraba un calor pesado, seco, áspero. Un invitado descortés y maleducado que se instalaba por toda la casa, como un huésped más. A mí no me importaba invitarlo a un café, que me contará como le había ido el día, o que le apetecía para cenar. Había espacio de sobra para los dos en mi hogar vacío.

Había hecho las paces con mis entrañas. Por fin. Durante más de cien años seguí el camino de baldosas amarillas sin darme cuenta que no había baldosas, ni guerra ni victoria. Luchaba sin ejército contra un fantasma que siempre me vencía. Al menos he sobrevivido, pero no me preguntéis como lo he conseguido, porque no está nada claro.

Por la radio sonaba una canción antigua, de esas que recuerdas desde siempre, pero no sabes cómo ha llegado a tu memoria. La mujer que cantaba creyó oportuno sacarme de mis paranoias y romper el silencio de mi cocina con aquella oda que hablaba sobre la soledad. Cualquiera habría llorado en ese momento. Pero las lágrimas tenían un sabor distinto. Más dulce que agrias. Bendita dulzura…


Ahora mi deporte favorito es desayunar fuerte y atiborrarme de sueños para soportar la solemne estupidez de los hombres, de las calles y de los autobuses, hasta que llegue la noche. Es entonces cuando me dejo llevar por los delirios del alma y salgo a la calle con la satisfacción de comprobar que mis demonios y yo estamos más únicos que nunca. Entre botellas llenas y mujeres vacías.


lunes, 11 de agosto de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

La sonrisa torcida

Es realmente ingrata la pintoresca actitud de la gente al irse a la cama. Todos los alegatos, el ímpetu y la palabrería se vienen abajo cuando se hace de noche y se tumban en su colchón. Las formas, la elegancia. Puto postureo. Allí importan una puta mierda las guerras del otro lado del continente, las decisiones de los politiquillo de turno o el hambre que pase tu vecino. Cerrado por descanso.

Duermen de cualquier jodida manera, perdiendo la dignidad que tanto se empeñan en mantener delante de ti. La conciencia tranquila y el sueño profundo. Y yo cada día duermo menos y peor. Todo es peor por la noche. Turbio. Confuso. Sé de más. Pero no lo que tengo que saber. Y así paso las horas, tumbado al lado del insomnio, mientras me susurra todas las cosas que nunca podré ser.

Y te preguntas que harás mañana para seguir hacia delante. A quien le robaré las fuerzas que no tengo para aguantar un día más, y después otro. Y otro.  Como podré seguir metido en la marea humana que se mueve por inercia hacia donde lo hagan los demás, para seguir con esos millones de proyectos que nunca termino, para sacar la cabeza y respirar, aunque sea una vez.

Al final, terminas convenciéndote de que el desanimo es más fuerte que tú, y caes derrotado noche tras noche con tu mejor amigo compañero, Insomnio, a los pies de castillo. Basta de asedio por hoy. Mañana será otro día. Ahora duerme. O haz como que duermes.


Pero los días son finitos, son traidores y maleducados. Te amenazan con que un día terminaran. Tu locura y delirio muere con los días, marginados en un rincón al que nunca tienes pensado regresar. Esa es la verdad. Y es una maldita agonía. De modo que solo puedes morir, o engañar. Y de la muerte no sé nada.