jueves, 26 de marzo de 2015 | By: Samuel Rodríguez Alonso

La vieja casa de los horrores

Hoy recuerdo ese mueble del pasillo con el que siempre me chocaba. El tren pasar tan puntual que llegas a odiarlo. El sonido metálico de la lluvia al caer sobre las cuerdas del tendedero. La cama que pasó más tiempo hecha que deshecha. El póster de Cobain, mirando a través de sus gafas blancas. La sucesión de vecinos que oí y jamás conocí.

Hoy me duele el frío de aquella casa que ya no habito. Desde que vivo en el exilio voluntario e involuntario a la vez, me sigue una sombra alargada y cada vez más negra. Como un perro que busca a su dueño y araña las puertas cuando lo pierde de vista. La sombra habla de ilusiones que ya no volverán a recorrer mi estómago llenándome ansiedad e ilusión, a partes iguales. La sombra me deja empezar nuevas historias, mirándome desde lo alto, con una mueca porque sabe que no habrá final feliz, ni principio feliz siquiera. Que si la ilusión ha muerto, ya puedo esforzarme, que la carcajada siempre será suya.

Porque este es un texto para llevarme la contraria por lo ingenuo que puedo llegar a ser, siempre superándome. Porque una vez escribí que la vida siempre puede empezar de nuevo, pero lo cierto es que veo que no sientes la misma energía ni las mismas ganas por nada, porque nada vuelve a removerte las tripas hasta darles la vuelta, y a ti con ellas. Que ya hemos vendido la inocencia, y lo que empiece a partir de ahora estará guionizado y ensamblado sin ninguna gracia.

Porque una vez escribí que el mundo está hecho de tal forma que podemos acabar con cualquier persona. Y no podía estar más equivocado. Joder, que prácticamente nadie encaja con nadie y todas las historias que nos quedan por contar son rupturas y venganzas en medio de un carnaval de pseudo amor que acaba en cinco puñaladas y puntos de sutura.

Y si lo más seguro es que no sintamos con tanta intensidad como antes, y si las personas no encajan con las demás personas… dime tú, si has visto la solución, cual es el futuro que nos espera.

Quizás, después de haber luchado contra aquellos monstruos, me haya convertido yo en otro. Quizás la maldad del negro haya mirado dentro mí, y haya dejado su rastro. Y lo veo claro, ya no soy un santo, al menos no como solía serlo.



Hoy recuerdo el sonido metálico de las gotas de lluvia que nunca chocaron contra el tendedero de mi viejo piso. Es todo lo que quiero recodar, al menos.



martes, 17 de marzo de 2015 | By: Samuel Rodríguez Alonso

El pacto más real de nuestras vidas

Todo empezó con un desayuno cordial. No madrugamos especialmente, dejamos que el Sol girará un poco más y preparara un día perfectamente normal para nosotros con azúcar, luz y leche caliente. Magdalenas entre la iridiscencia de nuestra miradas, una mesa, un mantel de cuadros rojos y blancos salpicados por desayunos pasados, condimentos, nosotros. Un domingo más.

Allí sentados con la tensión de quien no sabe si está a punto de crear un monstruo o algo etéreo y perfecto, nos mirábamos con timidez y sin mucha convicción a través del humo que emergía del café recién servido, del croissant precocinado y de la esperanza de algo más o menos bueno que está más o menos a punto de empezar.

Pusimos en la mesa los contratos y los leímos con detenimiento. Anexos, clausulas y leyes que se fueron construyendo a través de relaciones fallidas que nos hicieron más viejos y desconfiados. Y, con suerte, algo más sabios. Aquellos desengaños que nunca seremos capaces de olvidar estaban allí plasmados con letra arial 14. Negrita. Subrayado. Punto por punto parece tener todo sentido y estar en orden. Quizás podríamos empezar esa relación. Quizás, solo quizás, nos pueda ir bien por un tiempo, o si no seremos otro nexo en ese contrato de fracasos donde se especificará que no queremos algo como aquello nunca más.


Firmamos y nos acabamos el café. Éramos dos desgraciados más en la gran ciudad, que nunca fueron elegidos para nada importante, con conseguir sobrevivir teníamos más que suficientes metas en la vida. Como ya no creíamos en las promesas de amor, en los ojalas, en los te quieros ni en palabras vagas que salen a pasear sin demasiada decisión, ella y yo sellamos nuestra relación con un apretón de manos. Aquello era un pacto mucho más importante de lo que habías hecho nunca. El pacto más real de nuestras vidas.

Lo cierto es que al salir a la calle nada había cambiado. La gente seguía caminando como si allí dentro no hubiera pasado nada importante, los perros seguían meando en las esquinas, los coches seguían sin poner los intermitentes y el tiempo seguía su curso. Bueno, seguro que solo es cuestión de tiempo que todo cambie.  



miércoles, 4 de marzo de 2015 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Guerra y paz y basura

Cuando estás en guerra en mitad de una tormenta de arena no puedes pensar en otra cosa que no sea la paz. Perturbaciones del alma que nos hacen perder el equilibrio, animales que ya aprendieron a andar y no quieren titubear nunca más. Es por ello que nos tragamos toda esa basura como una pastilla que lo cura todo, sin saber que es una puta mierda. Pero ten cuidado, no debes decirlo nunca o la gente pensará que has perdido la poca razón que te otorgaban. Debes mostrarte tranquilo y amable, como todas las demás personas que consiguieron alcanzar la paz.

Hasta el día que acabas por abrir la caja de Pandora y dejas que los males de tu propio inframundo salgan y griten por las cloacas que la paz es mucho peor que la guerra. Que la muerte llega a los espíritus que dejaron de lado las armas para sentarse en un sofá y mirar por la ventana como las hojas de un otoño son las mismas que las del otoño siguiente. Que estás harto de revolcarte en tu propia mierda. Y, si, que eres un maleducado por quejarte, cuando hay gente que lo pasa realmente peor. Eres un chico muy maleducado.

Y es que a medida que te quedas mucho tiempo en el mismo sitio, todo lo que te rodea empieza a oler y pudrirse. Pero no hay otra salida, así es siempre para quien no tiene miedo a decirlo en voz alta. Y es natural. Porque nadie escribe sobre los barcos que no se hunden.

Tampoco importa demasiado si esta sucesión de frases subordinadas y mezquinas compuestas por esqueletos marchitos me son favorables a la hora de remar, o si se quedan grabadas en mi piel para profundizar en las heridas contaminadas. Tampoco se hacer otra cosa, no he sido científico, ni periodista, ni mecánico ni barrendero. Solo hago esto como salvación o condena de torturas que bien podría decirse que empiezan a ser milenarias. Ninguna decisión parece correcta. Supongo que una vez más, el silencio será mi amante en esta ocasión, y dejare que me mate como ya ha hecho mil veces antes.


Deje de creer en la gente. Y sobre todo, deje de creer en mí. Pero, ¿sabes qué? Quizás todo salga bien, porque he visto a gente que llega a ser quien es a pesar de ellos mismos. Y eso es un gran consuelo.