jueves, 28 de octubre de 2010 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Fly without parachutes

Llamó a mi puerta la tristeza una mañana gris de Noviembre. Abrí, y la saludé con una sonrisa torcida. Ella se puso cómoda en mi hogar. Al fin y al cabo se trataba de una vieja amiga.
Le hablé de ti, de mí, de los días que vienen y se van, del ruido de la hierba al crecer, de las fuentes que manan siluetas de un pasado incierto. Le conté que hoy era uno de esos días en los que no soporto nada ni a nadie, en los que detesto a la raza humana y no me aguanto ni a mi mismo. De esos en que mezclo melancolía y whisky, y bebo de un trago.
Esa clase de días en que las ventanas abiertas me miran fijamente, invitándome a saltar, lanzarme al vacío y volar sin paracaídas, como las hojas mustias que se precipitan al suelo llegado el otoño. Desaparecer. Evaporarme con las nubes, llorarte entera hasta que desaparezcas de mi interior, enamorarme del mar, empujarlo con mis propias manos, hacer que se esconda. Perderme como una gota en el océano...
Esta visita se debía a una razón, siempre hay una razón. Ella no comete errores. Todo lo que nos pasa a lo largo de la vida, lo atraemos nosotros mismos, y por desagradables que nos resulten, se trata de acciones necesarias para aprender a caminar por este mundo erguido, llevando tus sueños a cuestas; todos los pasos que damos son necesarios para llegar al ocaso en el que estamos destinados a naufragar.
Y yo derrapo por el camino de los amargos tragos. Sacrifiqué mi propia felicidad para sentirme orgulloso de mis actos. Como un héroe de pacotilla.
Si pudieras ver a través mis ojos... y si yo pudiera ver a través de los tuyos... ¿Seriamos los mismos?
viernes, 15 de octubre de 2010 | By: Samuel Rodríguez Alonso

La libertad de las estrellas fugaces

Apaga el reloj. Esta noche es solo nuestra. Viajaremos a través del tiempo, de las discusiones, del miedo y las mentiras. Cierra los ojos. Te llevaré lejos de los laberintos de asfalto, de los edificios grises, de todo este ruido que no nos comprende. Aunque solo sea por esta noche, déjate llevar. Nos vamos de viaje a la intimidad del dulce deseo, olvídate de las maletas, de los prejuicios y de todos los complejos que arrastras, nada de eso te será útil en el lugar al que te llevo. Allí la música es un laberinto de colores sonoros, un laberinto deslizante, palpitante, que nos conducirá, a través de caricias prohibidas, a un nuevo mundo todavía por conquistar, donde tu perfume es algo más que un perfume: es sol, un millón de soles que nos bañan el rostro; donde los acordes vienen acompañados de nuestros recuerdos y beben mas vino que tristezas.
Como dos barcos que se encuentran en la niebla, tú y yo nos encontraremos entre la arena de la playa de tus sabanas.
Pensarás que estoy loco, pero los locos son todos ellos, los que eligen jugueteo en lugar de verdadera pasión, los que se conforman con algo indoloro, incoloro, insípido...
Esta noche todo lo que quieras soñar es posible. Tan solo confía en mí. Debemos aferrarnos a todo el amor que podamos en esta cruel existencia. Puede que esta felicidad no nos dure para siempre, pero para siempre será nuestra.
Siempre serás mía, siempre y nunca. Para estas cosas no existe el tiempo.
martes, 5 de octubre de 2010 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Expuesto al llanto, a la nostalgia, a la risa y al dolor

 
Toda reflexión que trate sobre el sentido de la existencia no tiene más remedio que concluir con la famosa búsqueda de la felicidad. Y es algo de lo que estoy completamente convencido. Somos seres creados para inventar sonrisas nuevas cada día, para guardar las tardes de sol y el olor a tierra mojada, para merendar chocolate con trocitos de caricias... en fin, para hallar la felicidad. Pero no podemos ser felices solos, también deben ser felices las personas que tenemos alrededor, las que queremos y comparten nuestros días. Se trata de un concepto de colectividad.
¿Por que existe la infelicidad? Verás, todo está en nuestra mente. Todo lo que sentimos es una ilusión. Las personas que no son felices, no son felices porque han elegido no serlo. Y eso no tiene nada de malo.
En verdad, no podemos morir ni podemos herirnos, pero nuestra mente si puede creer que estamos heridos, y puede creerlo con todo tipo de detalles, puede producirnos tanto dolor como seamos capaces de imaginar, tanto sufrimiento como nos plazca a nosotros mismos. Podemos convencernos de que somos victimas de la mala suerte, que el destino nos dio la espalda. Podemos ser cobardes. Pero no merece la pena.