miércoles, 20 de julio de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

LA SABIDURÍA QUE DA EL FRACASO

Había vuelto a la barra a pedirme una copa más. Sabía que no podría acabármela, pero a veces juego a eso, a acabar conmigo. Creo que es mi castigo romántico por no haberme convertido en quien quería llegar a ser. Sé que soy joven y eso, que aún queda mucho por delante, que matarse a beber no tiene nada de romántico y que todo es una mierda a las cinco de la mañana en la discoteca. Pero aún queda una hora para que cierren, y con una copa más aguantaría lo suficiente para no pensarlo.

 El camarero me dice que son cinco euros, saco la cartera y se me caen todas las monedas por el suelo. Cojo las suficientes para pagar y dejó las demás repartidas por los alrededores, por vergüenza, ya he hecho bastante el ridículo. La gente me mira y piensa que esa última copa me sobra, pero lo cierto es que ya hace varias copas que tenía que haber parado.

Cruzo el local buscando a mi amigo, con las dos manos sujetando el cubata para procurar que la gente no lo vertiera mientras me infiltro entre los grupos que se habían formado, pero esa batalla está perdida. Me choco con una chica y le vierto la mitad de mi bebida en la falda.

Se da la vuelta buscando una explicación, no sé exactamente que le digo, solo sé que ha funcionado, porque no me ha pegado un bofetón ni me ha despreciado. De hecho, estoy hablando con ella. Tiene los ojos alargados y un piercing en la nariz. Sigo hablando con ella. Ahora que parece que estoy a salvo, la miro mejor. Pelo negro, largo, liso. La mitad derecha de la cabeza está llena de trenzas que le dan un aire exótico. Le digo que es una niña voladora. Ella se ríe. Tiene la piel morena y la sonrisa blanca. Yo sin embargo tengo una piel que se torna amarilla en lugar de morena. Espero que ella no se fije.

Si no hubiera bebido, me habría disculpado y habría salido de allí con la cabeza agachada, buscando a mi amigo, diciendo que nos íbamos a casa, y acostándome con algo de dignidad. Pero había bebido lo suficiente para envalentonarme y decir las cuatro tonterías que siempre digo. Y que a veces incluso funcionan. Sé que sin beber no sé ligar, y que cuando bebo tiendo a cagarla. Pero a veces las dos líneas que forman el horizonte se alinean. Que fácil parece todo entonces.

Llega un chico alto, con unos hombros que no caben en su polo de marca. En el pecho lleva una banderita de España. Aún no ha abierto la boca, pero ya lo odio. No entiendo el patriotismo. No creo que sea algo de lo que sentirse orgulloso el lugar donde tu madre rompió aguas y lo puso todo perdido. Puedes defender a muerte algo que tú has elegido, y eso lo entiendo, pero algo que te ha sido impuesto al nacer y que no puedes elegir… En fin, supongo que, si ese chaval hubiera nacido en Francia, sería el más francés del mundo. O el más senegalés del mundo. A mí me parece el más idiota del mundo.

Le dice algo al oído y pierdo su atención. Mierda, no quiero dejar de hablar con ella. Es como si ella acabara de entrar en mi casa y hubiera saqueado la nevera, torcido los cuadros, tirado los cojines y abierto las ventanas. Mi casa era suya. Ahora no podía marcharse así como así.

Me encuentro solo entre sus amigos, con medio cubata y solo. Pero no me quiero ir de allí, ese patético ser dejará de hablar con ella pronto, al fin y al cabo, no creo que tenga nada interesante que decir, solo está echándose un pulso conmigo. Para hacer tiempo hablo con otra chica de su grupo, solo hasta que puedo retomar la conversación por donde la deje. Así son las reglas del juego.

Tampoco sé cómo inicie esa conversación. Joder, debería llevar una grabadora para saber cómo tengo esa facilidad para hablar cuando bebo. Resulta que era su madre, había salido con su hija y sus amigas, y había dejado al marido en casa. Dice que no tiene dinero para beber más y que ella y su hija se van a ir enseguida. No puedo permitir que eso suceda, así que me acerco a la barra y pido dos botellines (nada de copas, la economía esta jodida y soy muy dado a perder el dinero por el suelo). Vuelvo y le doy uno a la hija y otro a la madre. La hija lo coge y ni siquiera me mira. La madre me lo agradece con una sonrisa. Me dice que tendremos que volver a vernos para que me invite ella a mí. Pienso que tiene marido, pero allí en mitad de la discoteca, aquella madre y yo éramos como dos dioses de tercio de cristal, así que no puedo más que decir que por supuesto que sí, y me apunta su número y el de su hija.

En aquel momento sentí exactamente lo que debe de sentir continuamente Tyrion Lannister, un tipo que no está donde quiere estar, ni puede hacer lo que quiere hacer, pero que juega sus cartas como le van apareciendo, de la mejor manera posible; y como la hija me ignoraba, decidí que la madre también era una buena opción. Es cierto que tenía marido, pero ¿Quién dijo miedo habiendo hospitales?

Al final de la noche hubo móviles sonando, gritos preguntando “donde estas a estas horas”. Taxis. Despedidas a toda velocidad en un portal. Regresos a casa solo con la música en los auriculares.


Y cuando llegué a mi piso, me hice un Cola Cao y me puse un capítulo de Juego de Tronos.