miércoles, 29 de octubre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Aunque sea, veamos la vida en diferido

Coche y carril, atravesando la autovía, asoman muros de autocomplacencia que rezan que segundas oportunidades nunca fueran buenas, como excusas de cobardes que no se atreven a tirarse al barro, como si limpiarse las heridas fuera algo que es mejor ahorrarse. Como si el corazón no estuviera hecho para romperse una y mil veces.

Y es que las esquinas susurran falsedades y cuentos de sangre sobre la arena. Pero las esquinas son mezquinas y saben poco de lo que hay que saber. Nunca cuentan que lo  cierto es que tan solo una o dos relaciones saldrán bien en la vida. Piénsalo, tan solo una o dos… Y el resto será una lista de nombres que se emborronarán con el paso de una serie de días desganados hasta ir desapareciendo, poco a poco, en el fondo de los océanos. Y los océanos saben de más, y cuentan que, en el resto de las relaciones olvidadas, está la verdad: Que lo más fácil es que ninguna relación salga bien. Nunca. Ni a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera. Que lo más probable es que no salga bien a la ninguna.

Pero el ser humano es harto conforme, y no se para a buscar lo que hay más allá de los tesoros del occidente corrupto. Y es ahí donde se nos olvida el “que una relación salga bien”. Como siempre, hemos corrido demasiado y hemos dejado atrás nuestro equipaje, bolsas, cepillo de dientes y zapatos incluido. Porque tenemos que marcar el trayecto de lo que significa que una relación salga bien. A veces puede ser morir junto a esa persona, y otras simplemente puede sea un mes de conocimiento y otro mes de desconocimiento.

Quizás esto sea más complicado que todo lo demás. Quizás debamos quedarnos en matar o que nos maten. Y seguir haciéndonos heridas de guerra que cicatrizarán antes de que nos metamos a la cama y cerremos los ojos. ¿Y mañana? Otro amanecer. Y otra guerra. Con suerte, claro.



lunes, 27 de octubre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Escrito con sangre y cristales

El pasado cambia de un día para otro, se mueve y repta por las mentes cambiando de forma y silueta. Y así los recuerdos se transforman en agradables o extraños, o ácidos, o dispersos. O tan lejanos que parecen imposibles.

Si eres capaz de alcanzar suficiente distancia entre lo que tu cabeza dice y lo que la realidad escupe, puedes ver con ojos ajenos y descubrir nuevos pliegues imprecisos de los que te saltas cuando todo va bien. O más bien cuando pretendes que todo vaya bien. Y es que la idealización de las relaciones que comienzan es tan poderosa como tú quieras que pueda ser. 

Aquellas indiferencias áridas, secas e ingratas, aquellas granujadas tan cínicas a las que excusábamos con las reflexiones más rebuscadas… Debían ser cosas del romanticismo y sus chifladuras, la pasión atontando las mentes otra vez más.

Solo cuando se ha evaporado el espesor que no dejaba ver con claridad, solo cuando eres consciente de lo cruel que puedes ser y que puedes no ser, es cuando ves las guarradas que tu débil pasado carga a sus espaldas, arrastrando por el desierto sin que nadie supiera de su existencia. El pobre diablo al que ocultas cuando hay visitas ha salido de su escondite. Y ahora lo tienes delante de tus narices.

Y es que basta con mirarse a uno mismo para hacer memoria de todos los desfalcos que hemos causado en vidas ajenas. Que todos nos creemos buenos y bondadosos. Todos. Pero no te confundas, deja que el viento congelado airee tu conciencia y saque toda la mierda. Mírate. Has asesinado la poesía, has escupido sobre quien amabas. No quedan misterios ni escondites. Hemos sido jodidamente falsos, seguramente por el simple hecho de que nos la sudaba, o quizás por algo más perverso.


El pasado te puede desvelar que eres un experto en disparar a quien amas por la espalda. Tan solo tienes que mirar bien.



martes, 21 de octubre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

El juego de tus vísceras

Y desde la perspectiva del espectador que ve y opina solo para sus entrañas, la vida se desarrolla siempre con total normalidad, sin movimientos bruscos ni alfiles que se salgan del tablero. Simplemente entras en las vidas ajenas, juegas con sus vísceras un rato y después te vas, o te echan. Tendrás suerte si al menos te dejan elegir. Y tras todo eso, no queda rastro alguno de las intersecciones que una vez blandieron sonrisas, o lágrimas, o sexo, o grima. Hojas en blanco que no se pintarán de acuarelas ni sensaciones. Tal solo llevamos encima un puñado de besos que ya hemos calculado un millón de veces, de caricias que ya prediseñamos en la juventud y sabemos que funcionan siempre igual. Tan solo eres mi mentira número un millón. Y deberías alegrarte, al menos no eres la un millón uno. El pan y el aceite con el que entretenemos nuestra vida y las ajenas.


Patalea si no lo crees así. Grita a los pocos vientos que queden y quéjate. Nadie te escuchará. Adelante, inténtalo, a ver si alguien reacciona. Pero no lo conseguirás. Esto consiste en empujar la vida como buenamente puedas, de un sitio para otro, o dejarla apalancada en la silla de tu ordenador. Tirar de los días y de las noches, tirar de las mujeres que te gustan. Tirar de tu cansancio. Y sobre todo, consiste en no escuchar. La vida hace mucho ruido y no merece la pena escuchar el ruido de los demás. Y cuanto más grande se hace todo, es mucho peor. La vida nos la suda.



martes, 14 de octubre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Lucidez indecente

Y en medio de la nocturnidad ininterrumpida de las tormentas que revolotean por mi cabeza quebrada y maltrecha, un viento puede venir y expulsar las manos que ahogan, al menos durante un breve amanecer. Entonces todo vuelve a parecer fácil y cristalino, dócil. Todo cambia de posición, una alegoría planetaria que una vez cada mil años decide equilibrar la traslación de nuestras vidas.

Ese maldito mundo malintencionado se muestra débil como nunca lo habías visto, una pequeña pelota que puedes empujar al acantilado sin ayuda ni rescate. La puedes insultar, maltratar… Quizás sea el momento perfecto para dejar de pensar en los triunfadores de la vida, los que vencieron y se reflejan desde su trono reprochándote lo mucho que te queda por sufrir, mientras su cetro hace mover a conocidos y extraños. Tal vez puedas tocar con los dedos todo aquello que poseen.

Y es que la vida del perdedor no es más que un largo descenso por las laderas del rechazo, soñando con llegar al suelo de una vez y olvidar allí todo lo pasado. Pero nunca llegas al final del precipicio.

Y a pesar de ver con lucidez el problema y la solución, mi voluntad se vuelca a cada viento que sopla por los cuatro puntos cardinales, quizás por culpa de coger y reparar los sueños que me encuentro por las aceras y dejarlos volar, para quedarme solo de nuevo. Quizás por eso mi conciencia tiene grietas por las que se filtran la podredumbre y la desidia.


Tendré que esperar la ceguera para empezar a ver un mundo feliz.



jueves, 9 de octubre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Demencial cordura

La paz y el bienestar es algo que nos inventamos nosotros mismos, algo irreal, un estado hipnótico muy lejano. La vida es lo otro. El desengaño constante, el llanto y el amor y el odio, que a fin de cuentas es lo mismo. Lo real es mirar constantemente esos ojos que te regalan lo mejor o lo peor, y nunca a partes iguales. Es mecerse en ellos a su antojo una y otra vez mientras afuera llueve, llaman a la puerta o amanece. Apenas importa. Lo real puede ser que de camino al trabajo un desenfadado animal se te cruce en la carretera y los dos terminéis de discutir con vuestros semejantes para siempre. Al menos así quizás se termine el dolor que no se cura con pastillas, los encuentros que nunca llegan a ocurrir o las palabras que se pierden porque no tiene la fuerza de ir a ningún sitio. 


Eso sí que es paz.