viernes, 21 de abril de 2017 | By: Samuel Rodríguez Alonso

BREVE RECORRIDO POR CARRETERAS PERDIDAS

Ella me besa en la cola del Pull&Bear mientras la dependiente espera impaciente a que terminemos para cobrarnos. Ha cogido una chaqueta vaquera y ha robado unas gafas de sol que ha guardado en el bolso. Me ha guiñado el ojo al pasar por el detector.

Ella es todo sangre fría y su cuerpo es su cárcel. Su alma mira con desprecio a los demás, no forma parte de todo esto. De hecho, no forma parte de nada. Nosotros estamos encerrados en una jaula, somos leones que se matan entre ellos, pero ella mira desde el otro lado de los barrotes como nos destrozamos, con las gafas de sol que acaba de robar.

Suelo preguntarme en qué demonios está pensando.

Ella y yo compartimos un cigarro cuando las luces se apagan. Estamos a las afueras de esta ciudad que odiamos, sentados en mi coche. Ella siempre elige la música. Da una calada al cigarro y después me besa. A ambos nos deja restos de su pintalabios y su aliento alimenta a mil planetas. Lanzo mis ojos contra los suyos y la oscuridad los absorbe.

No puede estar quieta porque siempre aburre. Hoy está aquí, conmigo, llevándome de la mano por carreteras perdidas, pero cuando se acaben las noches de borrachera, las drogas, la música y entren los problemas por la ventana, se irá detrás de cualquier nube, carretera arriba, sin rumbo.
Y creo que me quiere solo porque tiene que querer a alguien, durante un tiempo me está tocando a mí. Debería disfrutarlo, pero odio las cosas que se terminan.

Yo siempre me pregunto en qué demonios está pensando. Cuál será su siguiente movimiento. Sé que ella nunca se pregunta en que estoy pensando yo.

Cuando desaparezca, comenzaré a contar los años que vengan después.


Año I después de ella.

lunes, 20 de marzo de 2017 | By: Samuel Rodríguez Alonso

HABEMUS CÉSAR

Yo solo quiero ver arder el mundo. Regar las ciudades de pólvora. Autopistas y puentes. Edificios de pisos y complejos hoteleros. Panaderías y estancos. Ministerios de incultura y centro comerciales. Soltar la chispa inadecuada y verlo todo desaparecer.

Y mientras tú gritas de puro estupor, mientras tu boca se abre y la saliva se resbala a través de las comisuras, yo habré cruzado media Europa de un salto hasta llegar a África. Mientras este mundo arde, yo miraré al cielo durante apenas unos minutos, pero en ese tiempo habré devorado siglos de historia, habré recogido lo poco que haya sobrevivido para exponerlo en el museo de la decadencia. Y el resto se pudrirá. ¿Acaso importan los molinos que no visitó Don Quijote? Claro que no.

Yo solo quiero coger todo lo que omiten las películas y colocarlo bien alto en el cielo, en negrita. Porque vivimos en una época que exige violencia y falta de respeto, pero solo tenemos abortos en perfecto estado de descomposición, listos para su exposición. El mundo está claramente deshumanizado, de modo que la única solución que ven mis ojos es volver a empezar: vivir como un animal, un pirata, un bárbaro, un monstruo, una bestia.

Si mañana se declara la guerra y me llaman para ir a filas, me colocaré en la vanguardia con el fusil bien sujeto y lo hundiré en el pecho de cualquiera que se ponga en mi camino. Empaparé sus camisas de sangre y vergüenza. Y si la orden de mi capitán es matar mujeres y niños, morirán mujeres y niños. 

He llegado hasta el extremo del alma y no he visto nada. No hay nada más que hacer. Solo puedes revertir el camino recorrido y volverte poco a poco un salvaje, despojarte de la carne hasta que solo quede el esqueleto. Y, entonces, abalanzarte sobre todo lo que quieras y devorarlo. Vivir de cualquier manera y a toda costa, pase lo que pase. 

Mi espíritu está muerto pero mi carne está viva y respira. Mi moral me esclaviza. Mi cama es lo más parecido a una plancha de acero. Soy un gigante y acabo de hacer emerger el Altas con mis propias manos. Soy el César y sostengo el cielo sobre mis hombros, ¡Habemus César! Todos los días que hay entre el día que nací y el día que me toqué morir, son solo míos. Ahora soy un lobo que acaba de despertar del largo invierno, flaco y hambriento. Cazaré para engordar.
domingo, 5 de marzo de 2017 | By: Samuel Rodríguez Alonso

LOS DÍAS QUE MENOS ME GUSTAN

Estos son los días que menos me gustan. Cuando los besos guardan los engaños de miles de vidas pasadas que perpetramos en la nuestra. Cuando los móviles hablan más que nosotros, y la gente sigue muriendo igual que siempre. Se elevan y desaparecen, exactamente igual que el humo de un cigarro. Y nuestros besos continúan las mentiras de nuestros antepasados y los móviles cuentan lo que no nos atrevemos. Y solo se elevan los muertos. Y tú sabes volar, y yo pensaba que también sabría, pero no. Así que tengo que mirarte desde aquí.

Tengo que quedarme con los pies en el suelo, viendo como algunos hombres nos aleccionan sobre la vida, pero lo hacen mal. Desafinan, sus bolígrafos patinan, no tienen pulmones, no entienden de música. Ellos se arreglan y crean la escena apropiada. Suben a los escenarios de turno y dicen lo que gente quiere oír: Que todo acabará saliendo bien. Pero no están diciendo nada, solo cantan. Pero no tienen la voluntad de cantar, no lo arrancan a cuchilladas de sus huesos. No están sufriendo ni expiando sus pecados. Su canto es demasiado forzado, demasiado irreal. O no lo suficiente. No lo sé.

Estoy convencido que cuando el cielo caiga sobre sus cabezas, la música triunfara por fin y se oirán los cantos que deben ser escuchados. Los poseídos, los que arden por dentro, los locos que tienen buen oído para oír lo que la vida está diciendo. Pero tú no lo oirás. Tu estarás flotando lejos de mí, lejos del suelo. ¿Verdad que desde allí arriba todos parecemos hormigas? No creo que en realidad seamos algo mayor. Al menos así lo veo en días como estos, en los que me retuerzo entre las sabanas o deambulo a oscuras por el salón mientras oigo el zumbido del televisor del vecino.

Las estaciones se alejan poco a poco. Las nubes se divorcian del cielo. Las alas rotas de todas las almas de esta ciudad se agitan a la vez. Oigo las mías, pero ya no oigo las tuyas, creo que ya estás demasiado lejos.


Estos son los días que menos me gustan. En los que yo me quedo en tierra y tú vuelas. Yo me quedo aquí, acompañado por el zumbido del televisor de mi vecino. 
miércoles, 15 de febrero de 2017 | By: Samuel Rodríguez Alonso

UN FUEGO DE OJOS VERDES

Hay un monstruo al otro lado de la ventana de mi cuarto de invierno. Lo veo por las mañanas, esperando a que me levante, y me acompaña el resto del día hasta que le doy las buenas noches. Cada medianoche, cuando no estoy mirando, vuela y se acerca un poco más a mi ventana. Tiene los ojos verdes y expulsa fuego a todo aquel que intenta acercarse a mí. A veces le hago ofrendas de paz, pero se lleva todo lo que le doy.

Cada día es más y más grande. Lo veo por el retrovisor cuando conduzco rumbo a cualquier parte. Me tapa los posibles caminos y no sé para donde tengo que seguir.


Y, cuando intento dormirme, veo mil bombillas rotas en mi techo y mil brazos rotos que asoman por debajo de mi cama, atropellándose unos con otros. Y, a través de la ventana, veo esos ojos verdes que nunca se apagan.
miércoles, 18 de enero de 2017 | By: Samuel Rodríguez Alonso

A VECES TE MIRO

A veces te miro y eres Lolita, la luz de mi vida y el fuego de mis entrañas. Saltas a la comba con mi cordura y destrozas mis nervios cuando no me haces caso. Y yo intento ser tu asesino de prosa elegante mientras tú te distraes entre marañas de estímulos ajenos. Otras veces eres Lagertha, defendiéndome de los infieles como una autentica vikinga sin miedo a lo desconocido. Poderosa y segura de ti misma, con la certeza de que los dioses tienen un asiento reservado para ti en el Valhalla.

En ocasiones eres Audrey Hepburn tocando Moon River en el alféizar de la ventana bajo el atardecer de Nueva York. Coqueteas con la melancolía de los sueños que se han ido, a sabiendas de que lo mejor está aún por llegar. En otros momentos eres Once y, aunque tengas un don especial, te comportas como una niña pequeña y desapareces. Me dejas sólo y tengo que luchar contra los malos sin tus poderes.

Te he visto convertirte en Daenerys de la Tormenta, una mujer hecha a sí misma en un mundo dominado por los hombres y sus reglas. He visto cómo te has negado a someterte y has impuesto tu sentido de la justicia por todo Poniente. También te he visto como a Harley Quinn, guiada únicamente por la locura y el caos sin un fin concreto. Aunque los que te conocemos sabemos, que todo lo que haces, lo haces por amor.

Y, cuando la vida real te parece aburrida, eres Alicia, cruzas el espejo y apareces en el País de las Maravillas. Te sientas a tomar el té con tu amigo el Sombrerero y le cuentas que solo permitirás que te pasen cosas extraordinarias. También te gusta ser Mia Wallace con el único objetivo de que te saquen a bailar. Juegas con los silencios incómodos hasta convertirlos en conversaciones y dejas que ellos digan lo que tú no te atreves.

A veces eres la Maga, un ser inocente, ingenuo y espontáneo. Pasas tus horas dibujando rayuelas por las calles de París mientras esperas encontrarme de casualidad, porque es la única forma en que te parece que deba ocurrir. Y otras veces eres Dolores Abernathy atrapada en el sueño de una oveja eléctrica, dudando de tus creencias y de tu propia realidad, luchando contra el destino que se había impuesto para ti.

Y, cuando te pienso, en secreto te llamo Dulcinea y sueño que te rescato de mil y un peligros que te acechan en este mundo loco y deformado. Pero, de vuelta a la realidad, eres tú la que me salvas la vida a mí, pues eres Michonne, llegas con tu katana en el momento justo y matas a mis enemigos sin esfuerzo.

lunes, 9 de enero de 2017 | By: Samuel Rodríguez Alonso

ENSAYO ERRÁTICO SOBRE LA NIEBLA

El coche que iba detrás mía puso el intermitente izquierdo y me adelanto a toda velocidad, lo cual hizo que me volviera a espabilar. Me estaba quedando dormido y aún quedaban unos pocos kilómetros para llegar a mi cama y dejarme caer, de modo que apagué la calefacción y subí el volumen de la radio un poco más con el objetivo de que el frío y el ruido me mantuvieran despierto lo que restaba de viaje.

Tres grados bajo cero y una espesa niebla eran mis acompañantes en aquella marcha nocturna, mía y de otros tantos conductores que mantenían sus coches a una velocidad continua por delante y detrás. Apenas se podía distinguir el paisaje que nos rodeaba, ni las rayas que había dibujadas en el asfalto.

De vez en cuando nos cruzábamos con algún coche que siempre parecía ser el mismo repetido una y otra vez. Daba la sensación de que no iba a ninguna parte, tan sólo daba vueltas en círculos una y otra vez sin un lugar a donde ir. Seguro que él pensaba lo mismo de nosotros. Nos limitábamos a conducir y esperar cosas. Esperábamos a que la canción se terminara y empezara otra que también se terminaría. Mirábamos bobadas en el móvil. Esperábamos a que se consumiera el cigarro para encendernos otro mientras observábamos fijamente lo que pasaba a nuestro alrededor y esperábamos el momento de actuar. Mirar y esperar.

Las luces de los coches que iban detrás de mí, erráticas y difuminadas por la niebla, me iban siguiendo a través de este viaje hacia el final del invierno. Notaba como sus faros me golpeaban, me retenían, se aferraban a mi espalda e intentaban entrar en mi cabeza. Si las escuchaba detenidamente podía distinguir sus voces llamándome desde el fondo del precipicio, tentándome a que me asomara al abismo y me dejara llevar. Volvía a sentir la llamada del sueño.

Una luz brilló en el firmamento. Miré y vi que arriba, más allá de la niebla, dando saltos entre nube y nube, había una mujer. Se subió encima de la luna y, usándola de trampolín, salto de cabeza hasta caer sobre el horizonte. Se sumergió y desapareció. Al cabo de un rato volví a verla nadando a través de las olas de espeso aire que nos rodeaban.

Deseé poder ser la niebla y envolverla.

Deseé que todas las criaturas de este mundo fueran mías e hicieran lo que yo quisiera.


Deseé despertarme de una vez en mi cama. O en la suya.