viernes, 15 de enero de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

La teoría del caos de las frambuesas (Probablemente inconcluso)

La frambuesa sólo tiene una semilla en su fruto, una única oportunidad de crear, y una única oportunidad de morir. Una suerte con la que sólo cuentan algunos desdichados que pasan por nuestras vida como un cometa, agitan todo lo que ven, y luego se desaparecen.

Quizás los que tenemos todas las oportunidades que nos imaginamos, estamos invirtiendo en la pérdida. Toda una vida luchando por conseguir el equilibrio, pero conseguir el equilibrio es estar totalmente perdido, bloqueado y sin fuerza para sostener los volcanes que atacan cada flanco de nuestra existencia. Somos el espejo barroco del universo, y todo lo que pasa fuera de nosotros, pasa dentro de nosotros, de forma escalona y transversal. Como espejos rotos, solo podremos conseguir la fuerza si perdemos constantemente el equilibrio, y constantemente luchamos por recuperarlo. 

Mientras sigamos tirando, de mejor o menor manera, pero manteniéndonos, no hay ninguna razón para cambiar lo que esta mal. Si queremos cambiar las cosas, tenemos que estar dispuestos a tocar fondo, y a partir de ahí, disfrutar de lo que venga, porque por efecto contraste, todo lo que suceda será algo bueno. Será la mejor manera de disfrutar de verdad de las pequeñas cosas, tal como rezan tantas tazas en tonos pastel. Pero eso es y siempre será así, las mentiras pueden comprar la eternidad, tanto si vienen en una taza como si salen de una boca con labios rojos.




sábado, 9 de enero de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Desde Castilla sin amor

Todas las calles desconocidas, todas las casas tan acogedoras que te tratan como a un extraño, todos los portales de escaleras infinitas, todas las habitaciones estrelladas en días sin luna llena ni vacía; en todas hay pedazos de ganas de todo, que no llegan a nada. Porque no se nos va la vida por el sumidero si nos dejamos de ver, ni la sangre me llama a un encuentro contigo antes de que caiga el rey sol. Que ni tu eres mía ni yo soy tuyo. Y tampoco pasa nada. No quiero eso para nosotros, ni tampoco todo lo contrario. No quiero nada. Las calles son mi cenicero en días como estos.

Las heridas cicatrizarán antes de que empiecen a doler, llevamos mucho tiempo jugando a este deporte que empezó a ser de riesgo y ahora, ¿ahora qué? Ahora está todo domesticado, ahora nadie muere por nadie. Y es que, para que no nos vean, nos tapamos el rostro, y negamos nuestros nombres propios delante de un vaso de tubo, debajo de la música, detrás del humo de unos cuantos cigarrillos. Y para que nos entiendan, tenemos que decir que solo lo repetiremos una vez, y después de eso, no lo volveremos a decir más.

No sé, quizás darte cuenta de que eres idiota es un proceso demasiado lento para nuestro propio bien. A veces lleva toda la vida, y nosotros ni siquiera hemos empezado a contar.

Intuyo que hoy será un día de mierda. Uno de esos que no pasa nada interesante, ni descubriremos nada que no hayamos desenvuelto ya. No habrá un café y una conversación que nos saque del mundo onírico. Intuyo que hoy será un día de mierda. Pero, qué coño, ¿quieres pasar este día de mierda conmigo?


Por último, hagamos un trato. Queda prohibido decir palabrotas en tiempo de paz.