sábado, 29 de octubre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

LA GRAN HISTORIA DE AMOR QUE TODOS ESPERAN DE TI (BRINDIS, DESPEDIDA Y CIERRE)

Todos esperan que escribas la gran historia de amor que te hará famoso. Esto funciona así, ellos ya se cansaron de tus relatos de siempre. Ya se han dado cuenta de que siempre giras sobre el mismo precipicio y que, de tanto asomarte, ya apenas te duele. Ya han descubierto que eres un farsante.

¡Brindo por ellos!

Ahora esperan algo más de ti. Algo nuevo. Pero no hay nada nuevo dentro de un hombre cerrado y encerrado. Las personas así no dejan hueco para lo que haya por venir. Los hombres muertos no cuentan cuentos.

Los hombres encerrados se alimentan de recuerdos. Y yo la recuerdo a ella, en exceso y sobremanera. Recuerdo estar sentados en mi vieja habitación, un gran poster de Cobain mirándonos desde lo alto con aquellas gafas horteras, una ventana a un patio interior, una consola. Una litera.

Estábamos frente al ordenador viendo videos de conciertos a los que nunca podríamos ir. No se puede decir que fuera una manera de matar el tiempo, porque realmente nos encantaba.

Sonó su teléfono. Ella lo miró, torció el gesto y lo bloqueó. Yo también vi quien era: su ex. Otra vez. Ella no dijo nada al respecto. Yo hice como que no había visto nada. Pero lo había visto. Y la ausencia de explicación por su parte fue la sonata de la inocencia herida que marcó nuestra relación a partir de ese momento.

Debí haber dicho algo. Quizás un simple “¿Quién era?”. Pero decidí hacer como si no 
hubiera visto nada.

¡Brindo por la ignorancia premeditada y con alevosía!

También nos recuerdo frente a la farmacia de guardia. Habíamos salido corriendo de su casa, ella ni siquiera había tenido tiempo de combinar su sujetador con sus bragas. Yo llevaba solo un calcetín porque no encontraba el otro.

Me hizo decidir si ir a comprar aquella pastilla o arriesgarnos. Me hizo cómplice y verdugo del destino que se nos venía encima. Se quitó toda responsabilidad y me dijo que haríamos lo que yo quisiera con aquello, que ella no podía tomar una decisión así.

Yo tenía claro cuál era su postura, solo la escondió porque quería ver que pensaba yo de todo aquello. Mi decisión habría llenado de orgullo a los responsables de planificación familiar, pero no lo consiguió con ella.

Ella se llevó una decepción, pero no puedes traer un bebé a este mundo si no estás seguro de que podrás dárselo todo.

¡Brindo por las grandes indecisiones y los pequeños asesinatos!

Y, ella no lo sabe, pero conocí a otra mujer. Alguien cuya pureza ensombrecía mi relación en ese momento, con quien podía hablar de cosas que hacía tiempo que no podía hacer con ella.

Y le habría puesto los cuernos una y mil veces si se hubieran dados las circunstancias idóneas. Todo se precipitó hasta llegar a su punto más alto, donde yo ya estaba seguro de que no quería seguir con ella. Pero no llegó a pasar nada, y poco a poco todo fue yendo a menos hasta desvanecerse.

No llegó a pasar nada, la vida a veces es así. Pero de haber pasado, habría seguido adelante.

¡Brindo por las oportunidades perdidas!

Por esto, la gran historia de amor que nos hará volver a tener esperanza en la humanidad no llegará de mis manos. Así que no sigáis esperando. Tampoco habrá más historias de viejos amores, ya está todo dicho en ese sentido.

No sé, lo siguiente podría ser algo así como la historia de una asesina en serie. Una mujer de pelo rubio y rizado. Una peligrosa enfermera que trabaja en el turno de noche de un hospital, y que hace su ronda por las habitaciones con una Biblia y un revólver.

Si. Eso es lo que podéis esperar de mi a partir de ahora.


¡Brindo por las enfermeras rubias con Biblia y revólver!
miércoles, 26 de octubre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

EL ORDEN DE MI CUBERTERÍA

Ella cogió su teléfono y me llamó. Tras unos segundos mirando el móvil, decidí contestar. Me dijo que había tenido un mal día: había discutido con sus padres y no le apetecía estar en su casa. Le dije que no había problema en que se viniera a cenar conmigo y me contará que había pasado.

En media hora ella ya estaba en mi cocina revolviendo mi nevera y colocando los cuchillos con los cuchillos y los tenedores con los tenedores. Las servilletas en ángulo perfecto con el plato.  La música que a ella le gustaba sonando en el portátil. Mi casa se convirtió en la suya.

Me contó una ridícula pelea con su madre cuya conclusión era que nadie la entendía. Yo sólo podía pensar en la paciencia que tienen que tener algunas madres con sus criaturas, es una lástima.

Cenamos, fregué los platos, tiré la basura, vimos la película que ella quiso, y nos acostamos. Al terminar, desnuda y envuelta entre mis sábanas, me pregunto si se podía quedar a dormir. Ella siempre supo el momento exacto en que tenía que hacer las preguntas para obtener la respuesta adecuada. De modo que, derrotado ante la situación, le dije que se quedara.

Solté un “te quiero” espontaneo. Ella me contestó que también. La miré esperando algo más, un “yo también” nunca me ha parecido suficiente. Me dijo que tenía que aprender que era igual de bonito un “yo te quiero” que un “yo también”. Creo que nunca aceptaré eso.
Quizás no estaba tan mal, quizás aquello eran buenos tiempo. No lo sé, creo que no reconocería los buenos tiempos, aunque los tuviera delante. Antes era un papel en blanco, capaz de aprender lo que cualquiera tuviera que enseñarme, ahora soy más bien un papel lleno de tachones donde nada está suficientemente claro.

Días después volvió a llamarme. En esta ocasión no cogí el teléfono. Lo intentó hasta tres veces, pero me mantuve fuerte. Minutos después, me mandó un mensaje que decía que había tenía un mal día en clase y necesitaba hablar con alguien. “Está bien, pásate por aquí después de cenar”.

Allí estaba otra vez, sentada en mi sofá contándome que sus amigas no la entendían. “Claro que tus amigas no te entienden, ni yo, ni tus padres, ni tus abuelos, ni los putos extraterrestres te entienden querida” – pensé.

Me levanté y me salí al balcón a fumarme un cigarro. “Sigue contándome, desde aquí te oigo bien”. No, no la oía nada bien, pero era mucho más agradable el ruido de los coches pitándose unos a otros que oírla balbucear. Sabía que todo lo que le pasaba era culpa suya y no podía soportarlo. Me imagine a mí mismo prendiendo fuego al piso, saliendo por la puerta y echando la llave. Aunque, conociéndola, estaba seguro de que encontraría la forma de salvarse y contarme que había discutido con los bomberos.

Aquella noche también nos acostamos. Al terminar le dije que se fuera a su casa, estaba cansado y con ella no dormía bien.
- ¿Me vas a dejar volver a casa sola tan tarde? ¿Y si me pasa algo?
- Puedes pedir un taxi si quieres.

No lo pidió. Cogió la puerta y se marchó. Y mi casa volvió a ser mi casa. Y mi respiración volvió a acompasarse conmigo mismo.

Pero anoche tuve una mala idea, fui yo quien le mando un mensaje a ella. Le pedí que se pasará por mi casa para ver una película. Extrañamente, la echaba de menos. Quizás por la soledad forzada a la que estaba sometido, o quizás simplemente soy un poco masoca. Me respondió que era un capullo, que no la traté bien y que eso no volvería a pasar.
Vaya, ahora soy un capullo. Seguro que ya está buscando a otro para no pasar el trago de verse sola en un futuro, un nuevo esclavo para su colección de hombres sometidos.

Quizás, buscar a cualquiera no sea la solución a la soledad, a mí me parece más bien una ilusión. Convertir y adiestrar tu vida a la de otro no logrará impedir que encuentre a alguien mejor.


Y ahora ella estará en casa de un nuevo héroe anónimo que escuchará sus lamentos sobre lo cabrón y desconsiderado que he sido con ella, mientras le revuelve la nevera, coloca su cubertería de mayor a menor y ven la película que ella quiere. Y ahora mi nevera está desordenada como a mí me gusta. Procuraré no volver a traicionarme a mí mismo, otra vez más. A la decimocuarta puede que haya aprendido la lección.
sábado, 8 de octubre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

TODO LO QUE CABÍA ESPERAR

Era demasiado tarde. Debería haberme ido a casa mientras aún me quedara algo de dignidad. Pero no suelo escuchar a mi orgullo, y eso acaba generándome muchos dolores de tripa.

Las persianas del piso estaban bajadas, la música al mínimo y había cuatro personas sentadas alrededor de una mesa donde había marcas de vasos de tubo, paquetes de tabaco, mecheros y un cenicero que rebosaba cada vez más. La gente había comenzado a marcharse con cuenta gotas desde hacía un par de horas, pero aún quedaban algunos rezagados que no queríamos volver a casa. Pensé que aquello era una competición para ver quien se quedaba a solas con la anfitriona, o quizás todo estaba en mi cabeza. El caso es que estaba decidido a dormir esa noche en aquella casa para descubrir que es lo que podría pasar, así que fui a la cocina a echarme la última copa para ganar algo de tiempo.

La copa de antes de irte a la cama es siempre innecesaria. Golpea demasiado duro cuando tú ya no puedes pelear más contra tus tripas. Esos últimos tragos saltan tu muralla y hablan de tú a tú contigo mismo en formas verbales que no quieres escuchar. La última copa es la peor, pero es la que más me gusta. Cuando le das el primer trago, empieza el descenso.

Volví al salón y me senté con los demás. Estaban hablando de algo que no me interesaba, de modo que comencé a mirar la habitación. La persiana estaba amarilla, envejecida, y tenía una serie de grietas por las que se colaba la luz de un nuevo día formando dibujos en el techo.

El tiempo pasaba y ella no les decía a lo demás que se fueran cada uno a su casa para quedarnos a solas. No sabía cuál era el plan a seguir. Todo era aburrido. En momentos como este deseaba que la vida se pareciera un poco a una serie de la HBO, y que, cuando no había nada interesante que mostrar en pantalla, se pasara a un fundido en negro hasta la siguiente escena. Pero no era así, y la siguiente escena parecía no llegar nunca. Cada trago me mataba un poquito más y ya me era imposible imaginar cómo podría acabar bien aquella noche. Y, cuando no eres capaz de imaginar cómo vas a resolver el problema, no hay nada que hacer.

Acabé la copa y mi estómago se desafinó por completo. Era la banda sonora del desastre, la señal que indicaba que me rindiera y me volviera a casa. Cogí mi abrigo, me despedí y salí de la casa.

Al llegar a la calle me golpeó la luz de sol. Creo que no hay nada que me moleste más que volver a casa de día. Antes, las noches solían ser jóvenes. Ahora envejecen muy rápido, demasiado. Y el día llega demasiado pronto.

Comencé el largo camino hasta el coche a través de las calles. Había aparcado lejos, muy lejos, nunca fui de esos que dan vueltas hasta encontrar aparcamiento perfecto. Así que, como tenía tiempo, eché mano al paquete de tabaco para que un cigarro me acompañara en el viaje, pero no lo encontré. Debí habérmelo dejado en el piso.

A pesar de ser de día, las farolas seguían encendidas. No podía dejar de mirarlas, podía notar como conversaban unas con otras. Allí estaban, malgastando energía innecesariamente en las calles de la ciudad, y yo, su único espectador. Entre ellas hablaban de que la vida se había acomodado a ellas, y no al revés. Decían que sus límites estaban tan aceptados que nadie cuestionaba si algún día llegarían más allá y sorprenderían al universo mismo. Pensé que tenían razón, pero no les dije nada.

Estaba llegando por fin a mi coche. Delante de él había un camión con la puerta del copiloto abierta. Se oía agua caer contra el asfalto. Por debajo de la puerta podía distinguir dos piernas desnudas que asomaban. Continué caminando hasta pasar al lado de la puerta. Allí vi a un camionero desnudo duchándose con una manguera que salía del interior del automóvil. Al verme soltó la manguera y rápidamente se tapó. La manguera cayó al suelo regando de agua la acera. Saludé a aquel señor desnudo. Él me devolvió el saludo y me pidió perdón. No había razón para ello, de modo que le dije que no pasaba nada y seguí mi camino hasta el coche. Me senté y pensé que todos somos aquel señor, ocultando nuestras debilidades lo mejor que podemos y sacándolas a pasear en lugares donde pensamos que nadie podrá atacarlas. Ese es el objetivo, el fin mismo: encontrar el lugar donde nadie moleste a tus debilidades, y comenzar a construir a partir de ahí.

Creo que todos somos ese camionero desnudo.


Antes de arrancar el motor, cogí el móvil. ¿Tenía mensajes nuevos? Sí. Pero, ¿de quién yo quería tenerlos? No. Eso no.