jueves, 26 de mayo de 2011 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Pesadilla antes de follar

Un golpe seco nos anunció que la puerta se había cerrado. No importaba demasiado, no teníamos intención de mirar atrás.

Nuestra conciencia se había teñido de un gris nocturno, una oscuridad que no nos dejaba ver más allá de lo que aquella noche pasaría entre aquellas cuatro paredes. Nuestros impulsos tomaron las riendas de la escena, y las promesas comenzaron a colarse por la ventana y dar vueltas por la habitación.

Estábamos seguros de que nada más nos importaba en el mundo que ese instante que nos fue regalado para estar juntos, y fue entonces cuando las promesas nos arroparon.
Dijimos que no nos imaginábamos un mundo en el que no estuviéramos juntos, que no importaba nada que ahí fuera pasase mientras estuviéramos el uno junto al otro… Posiblemente nos olvidamos la sinceridad en algún lugar perdido de la realidad, quizás nos esperaba fuera para echarnos la charla.
Dejamos que nos guiaran sentimientos de una noche única, como si no hubiera un mañana cierto, y en aquel momento algo se torció súbitamente…

No sabría decirte cuanto tiempo pasamos allí, pero al salir al mundo solo quedaban ruinas de todo lo que fue. Nadie nos esperaba en aquel paraje desolador, solo nos teníamos el uno al otro.
¿Que pasó con el mundo real? Allí no estaba la realidad que recordábamos, o quizás los que habíamos cambiado éramos nosotros.
Entre aquellas ruinas encontré un espejo, y el otro yo que allí aparecía guiñó los dos ojos para siempre. En ese momento supe que las palabras son la perdición del ser humano, las promesas son trampas que algún día nos cogerán desprevenidos, para vengarse de la negligencia sentimental de la que abusamos.

domingo, 22 de mayo de 2011 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Si. No. Quizás. No lo sé. ¿Puede repetir la pregunta?

Quizás sea la hora de no volver a mirar la hora, de arrancar la venda de mis ojos, de salirme del camino que no lleva a ninguna parte y cruzar el río. Quizás sea el momento de dejar de perseguir mis propias huellas como un explorador con miedo a explorar, como un perro con el rabo entre las piernas.

Toca hacer aterrizaje de emergencia antes de la inminente colisión, envolver los abrazos y guárdalos donde no les pueda dar el sol, ignorar todas las citas que no vamos a tener en esta historia que se escribió con el final pensado de antemano.

Las ruedas, aunque torcidas, seguirán girando. Este cuento de despropósitos no parará aquí, no al menos hoy. Te debí olvidar paginas atrás, justo en el renglón donde ponía: “Si una persona se aferra a su pasado, muere un poco cada día…”

viernes, 13 de mayo de 2011 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Artículo Primero

No bajamos al mundo para entusiasmar a nadie. Nuestros días en el mundo son para vivir nuestra vida en condiciones que nos hagan feliz. De la misma manera, todos los demás son libres de vivir como más felices puedan ser.

Partiendo de esta base, es imprescindible ser responsables de nuestros actos, capaces de responder por las condiciones en las que hemos elegido vivir. Tan solo hay una persona a la que le debamos todas las explicaciones del mundo, y esa es… ¿uno mismo?

No, ni siquiera tenemos que darnos explicaciones de nuestros actos si no queremos. No existe problema alguno en ser un irresponsable si es de ahí de donde obtenemos la felicidad. Sin embargo, a la gran mayoría de nosotros nos parece mejor saber porque somos como somos, y nos comportamos como tal. Porque quisimos más a mamá o papá, porque estudiamos ciencias o letras, porque nos enamoramos de aquella mujer y no de otra, que nos hizo quedarnos con aquel trabajo, o en aquella ciudad…

Pensamos que si nos conocemos a nosotros mismos seremos felices, pero, tal vez, cuando nos conozcamos como la palma de la mano, cuando estemos seguros de como somos y que decisiones tomaremos, cuando todo se reduzca a un camino en el que todo este decidido y solo podamos seguir adelante… en ese momento… ¿podremos estar en la certeza de que seguimos vivos?