jueves, 28 de abril de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

La cerda

Subíamos las escaleras de la facultad en una marcha fúnebre que bien podía haber estado compuesta por el mismo Chopin. Mirando los peldaños, camino del tercer piso, hacía el despacho de Psicología.

Mi compañero y yo habíamos suspendido el examen final de Psicología evolutiva del primer cuatrimestre. Un auténtico batacazo, joder, llevar solo cuatro meses en la universidad y ya tener que andar suplicando a los profesores que ese 4 se convierta en un 5 para que mis padres no se cuestionen la continuidad de su hijo en una carrera cuyo precio desorbitado deja poco margen para el error. Si cada vez que repites asignatura, el precio incrementa, ya puedes cuidarte bien de no suspender, o se acabaron las fiestas universitarias. Y, claro, para dos chicos de 18 años que aún no habían ni empezado a comprobar lo que era la libertad fuera del pueblo, aquello era morir antes de nacer.

Pero el drama no acababa aquí. La cosa tenía mucha miga, os lo aseguro. Resulta que el día del examen nos encontrábamos allí casi cien alumnos sentados, mirando los apuntes de forma desesperada en un intento por memorizar en los últimos minutos lo que no habíamos estudiado en las últimas semanas. Todo un trajín de papeles entre mesa y mesa, preguntas a los compañeros que parecían más inteligentes, apuntes guardados estratégicamente por si surgía la ocasión de sacarlos en medio del examen, móviles de última generación con todos los apuntes en pdf, mp3 con los temas grabados para que, aprovechando el pelo largo de algunas y algunos, no se pudiera ver el auricular susurrando las respuestas. Incluso llegue a ver a chicas escribirse chuletas en las piernas y ocultarlas tras su falda con la excusa de: “Como el profesor es un hombre, tendrá mas problemas que yo si me dice que me levante la falda”. Y de hecho así era.

Todas estas argucias se conjuraban cuando de repente vimos como el rector y el profesor de Didáctica entraban a clase, en lugar de nuestro viejo profesor de psicología. Con toda el aula en silencio como si del comienzo de una misa se tratara, se personaron en mitad y nos dijeron que nuestro profesor había muerto de un infarto. Había dejado el examen preparado antes, de modo que todo sigue su marcha rutinaria, haríamos el examen programado y lo corregiría el nuevo profesor cuándo llegará.

Después de esta perpleja revelación, el rector se marchó, y nuestro profesor de didáctica repartió los exámenes, se sentó en la mesa y nos dijo: “Chicos, no me hagáis ninguna pregunta sobre el examen porque no tengo ni idea, tenéis una hora y media, buena suerte”. Acto seguido, encendió su portátil y dejó de prestarnos atención.

Había sido demasiada información para asimilarla de golpe, muertes, exámenes que continúan… Pero lo más importante, y lo que más nos caló como chavales con la mayoría de edad recién cumplida, era que teníamos vía libre para copiar. Copiar como nunca se había copiado antes. Podíamos incluso sacar los apuntes encima de la mesa y calcar la respuesta exacta. Aquella era mucho mejor que un aprobado general, era un sobresaliente general.

Y así lo hicimos. Se podía palpar una euforia silenciosa que recorría toda el aula. Incluso los alumnos que se había tirado semanas preparándose el examen estaban de enhorabuena, se les había pasado el miedo de no recordar algún dato concreto. Esa mañana, todos los compañeros de carrera que allí nos encontrábamos éramos como hermanos cantando y bailando canciones de góspel en una misa bendita y santificada gracias a la muerte prematura de otro que no éramos nosotros.
Al salir del examen todo eran risas, palmadas en la espalda, vítores y canticos: “Esta noche nos emborrachamos para celebrarlo”. Al margen del carácter fúnebre de la situación, aquella era una de esas ocasiones mágicas que te regala la universidad para tu uso y disfrute.

Pero salieron las notas, y mi amigo (amigo para siempre desde aquel momento, todo el mundo sabe que suspender une mucho) y yo habíamos suspendido. Si. La vida había alcanzado al ciego, y no sabíamos que podía haber pasado. De modo que hay nos encontramos, subiendo las escaleras de la facultad para reclamar la nota de un examen que habíamos copiado a la perfección.

Llegamos a la puerta del despacho y miramos la nueva placa recién colocada: Emilia Guevara. Emilia… nombre de abuela, nombre de poseedora de huerto, gallinas, ajos, dos gatos medio silvestres y experta en conejo al ajillo. Emilia… Nuestra nueva profesora se llamaba Emilia. Miré a mi compañero y amigo, y él me miró a mi. Había que tener claro el plan antes de entrar a reclamar algo que sabíamos que no era reclamable desde un punto de vista moral. Aunque la moralidad solo sea un lastre para el avance del ser humano, de vez en cuando asoma por la parte superior de tu cabeza, como el clip del Word, para recordarte algo que no quieres recordar. “Recuerda que el objetivo es no saltar a la primera con que tenemos la respuesta exactamente igual que en los apuntes, o resultará muy sospechoso”.

Conté hasta tres y abrí sin llamar a la puerta. Allí estaba nuestra nueva profesora, amagada sobre la mesa, con una bolsa de gusanitos abierta en canal, la boca y las manos llenas de migas. Una mujer de largo cabello rubio, insultantemente joven y atractiva, cuerpo perfectamente cincelado. Como la Venus de Botticelli, pero en lugar de cabalgando los mares sobre una concha, nuestra nueva musa estaba encorvada comiendo gusanitos como una cerda. Una autentica cerda. Y aquello era mucho mejor. Aún no lo sabía, pero aquella imagen me acompañaría el resto de mi vida.
No os puedo decir a ciencia cierta que pasó en ese encuentro con nuestra nueva profesora, solo que salí del despacho suspenso y enamorado. Y feliz. Emilia me había jodido bien. No fue la última mujer que haría algo parecido, pero aquella cerda manchada de migas de gusanito me ganó la partida.

Días después, caminando por los pasillos, vi a mi femme fatale particular hablando con otro profesor, diciendo que ayudaría a aquella pequeña profesora recién llegada a corregir los exámenes finales y a lo que hiciera falta. En la cara de aquel profesor de mediana edad vi mi propio reflejo, mi cara de gilipollas al que habían engañado.


Las mujeres bonitas son lobos para los hombres idiotas.
martes, 12 de abril de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Nubeología

Ella me pide que mire a las nubes. Es de noche, casi no se ve nada. Le pido que me las describa. Ella me dice que van muy rápido, que no se esperan unas a otras. El cielo está amarillo y azul, tintado de negro, impreso en papel mojado.

Yo las miro, pero no veo que se muevan. La miró de reojo, ella tiene la cabeza levantada. Estoy casi seguro que está pensando otra cosa, que está a mil kilómetros de aquí, en otra ciudad, con otra gente, viviendo otra vida. Pero entrar en su cabeza es una batalla más dura de lo que habían planeado mis tropas.

Y estoy casi seguro de que tiene una historia que contar, pero la guarda a presión en su interior, y aprieta los dientes fuertes para que no se escape por la boca. Ella está lleva de peros, de sin embargos, de aunques , de a pesar de. Le cuento la teoría de Sit Suan, cuando, en ajedrez, la única jugada posible es no mover. Mientras mantengas las piezas del tablero inmóviles, todo sigue siendo posible. Sabe de qué hablo. Ella se mueve como un alfil por los rincones de mi paciencia, y nunca está donde quiero que esté.


Mientras hablo, veo como el humo de su cigarro escapa de ella y se disipa. Igual debería irme yo también con ese humo, dejar el tablero tranquilo, devolverla al sitio donde me la encontré bailando.