lunes, 19 de diciembre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

ALGUNAS MUJERES SON MÁS GRANDES QUE OTRAS

Algunas mujeres son más grandes que otras, y la mayoría de los hombres no se dan cuenta. Ellos las siguen tratando como a las demás, sin percibir que podrían aplastar las murallas de tu castillo con pocas palabras.

Las puedes ver pasear por los parques; se ven solas, aunque vayan acompañadas. Otras están en casa esperando a que se cuezan las judías, mirando el extractor de la cocina, pensando en Dios sabe qué. A veces están sentadas detrás de una mesa firmando papeleo. Otras veces van corriendo con la mochila en la mano porque llegan tarde a clase.

Puedes ver en su mirada que vienen huyendo de aquellos que mataron a Lorca, de los choques de autopista y de las etiquetas prediseñadas. Sólo riegan las rosas que tienen espinas y sus bocas saben a vinagre. Caminan por las veredas en pleno verano, devolviendo la sonrisa al Sol con el ímpetu de mil dioses, aunque estén tristes.

Cambian a menudo de parecer y se contradicen a sí mismas. Muchos de nosotros nos desesperamos intentando encontrar grietas en su soledad por las que entrar y echar un vistazo al interior. Sabíamos cómo eran ayer, pero no sabremos cómo serán mañana.

Han venido a parar a nuestras ciudades por un golpe de viento del norte y traen poesías imposibles como rehenes en sus corazones. Cuando las noches se echan a perder y solo oigo chorradas por aquí y por allá, cuando la Luna se avería y anuncia que es hora de volver a casa, es cuando más pienso en ellas.


Sus bocas queman de forma sobrenatural, y hay tantos y tantos que huyen despavoridos al rozar tal sensación, que ellas ya no saben a dónde ir. Supongo que, si nosotros seguimos sin diferenciar a las mujeres grandes de las demás, se irán a vivir con los marcianos. Lejos de aquí, allí donde encuentren a quien les entienda.
jueves, 8 de diciembre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

RUMBO: MÁS ALLÁ

Nos despertamos temprano para el largo recorrido que teníamos por delante, sabíamos que los mundos desconocidos exigen la máxima puntualidad por parte de los interesados. Yo preparaba la maleta mientras ella daba alguna vuelta más en la cama, era como un planeta que gira cuando el rey Sol comienza a iluminarlo.

Sin saber muy bien que cosas íbamos a necesitar en nuestro viaje más allá de las estrellas, eché sus gafas de sol con forma de corazón, un paquete de cigarrillos y mis libros de aventuras extraordinarias por si el viaje se nos hacía largo. Al final, ella se levantó de la cama y sus pies descalzos reaccionaron contra el frío suelo, haciendo que se encogiera levemente. Preparó dos cafés y desayunamos mientras mirábamos por la ventana aquel paisaje que no volveríamos a ver nunca más.

Aunque era de día, las farolas seguían encendidas y su luz resbala entre la niebla, espesa y constante, que camuflaba los besos indiscretos que nos lanzábamos. Las luces de los semáforos cambiaban de color, primero verde, luego rojo, luego verde otra vez. En otro tiempo le encontramos sentido a ese orden, ahora nos sentíamos como extraterrestres cruzando la calle principal de una ciudad desconocida.

Ella se metía por callejuelas y daba rodeos, estirando los últimos momentos que nos quedaban en la Tierra. Me agarraba la mano con fuerza y corríamos a través de los pasajes hasta quedarnos sin respiración. Siempre que la miraba de reojo, ella estaba sonriendo.
Salimos de la ciudad siguiendo el sendero paralelo al río, arrastrados por la corriente de su aroma. Entramos en un bosque de pinos que crecían y se alargaban hasta ocultar el Sol y volver a convertir aquella mañana en noche cerrada. Los animales que allí vivían se iban escondiendo a nuestro paso, observándonos y siguiéndonos con la mirada, fingiendo que entendían lo que hacíamos. Quizás a ellos les pasaba lo mismo que a mí, seguía a aquella mujer con la mirada sin importarme si la entendía o no. Solo dejándome llevar.

Miramos el mapa una vez más para no perdernos, resolvimos donde nos encontrábamos y donde se encontraba el infinito. Y continuamos nuestra marcha hacia allí.

Seguimos caminando durante cientos de años, cruzando páramos abandonados de toda civilización y escalando las montañas más altas que hubiéramos podido imaginar, verdes, azules, blancas y rojas. Y nos juramos amor eterno mientras la luna besaba los mares nocturnos, ausentes de oleaje, tranquilos y en calma.

Cuando llegamos a la nave, todo era igual que cuando cruzamos la puerta de nuestro apartamento aquella mañana de niebla. Nuestros corazones, envejecidos después del paso del tiempo seguían conservándose jóvenes y preparados para lo que estuviera por llegar.


La nave estaba llena de óxido y los faros colgaban de un cable, el tiempo había pasado para todos por igual. Subimos, nos sentamos el uno al lado del otro, nos dimos la mano y comenzamos nuestro viaje. Rumbo: Más Allá.
jueves, 24 de noviembre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

JUZGADO DE INSTRUCCIÓN Nº2

Ella está de pie dentro del juzgado de instrucción nº2 de Ciudad Real. Vestida con pantalones de vestir, un blazer a juego y tacones, espera su turno al lado de sus padres. Finalmente dicen su nombre y ella comienza a andar hasta el centro de la sala.

Le piden que tome asiento y ella obedece. Delante tiene a tres hombres y dos mujeres bien vestidos, con una serie de papeles que pasan hacia adelante y hacia atrás sin demasiado sentido.

- Buenos días. Estamos aquí para el testimonio del caso 0420. ¿Está usted preparada para hablar? – dijo el hombre que se sentaba en medio de los cinco.

Ella no contestó. Ni siquiera cambio el gesto.

- Está bien. Comencemos. Háblenos de lo que aconteció el día de los hechos.

Y ella comenzó.

“Vera, señor. Como usted puede comprobar soy de una familia rica a la que nunca le ha faltado de nada. Mi novio no tenía la misma condición social, pero desde luego nunca tuve ninguna queja con respecto a él. Desde luego es una pena, creía que iba a ser siempre así, pero, como ustedes sabrán, todos idealizamos a nuestros seres queridos para convertirlos en lo que nosotros queremos que sean, en lugar de lo que realmente son.

Estuvimos algunos meses saliendo y la relación era perfecta. Creo que todo empezó a cambiar el día de mi cumpleaños, cuando le dije que quería celebrar el día con mis amigas. Ese día él pareció cambiar de carácter, porque no me lo permitió. Me dijo que pasaríamos el día los dos solos, que tenía planes preparados para mí.

De ahí en adelante nunca pude volver a quedar con mis amigas, siempre encontraba alguna excusa para impedírmelo. Hablaba mal de ellas y consiguió hacerme sentir que no eran buenas para mí. Siempre que intentaba defenderlas me decía que yo era idiota y que para decir tonterías era mejor que no hablara.

Así pasaron los meses y no sé muy bien cómo, deje que me separara de mis amistades.
Muchos días pensaba en ellas y rompía en llanto. Sostenía el móvil con su chat abierto, pero no tenía el valor de hablar con ellas y decirles lo que pasaba. ¿Y si él se enteraba de lo que estaba haciendo? ¿Y si me dejaba, que haría con mi vida? Me moriría. Me entraban náuseas y no era capaz de comer.

Pasé años sin hablar con ellas. Pero todo cambió el día de mi graduación. Todos mis compañeros salieron de cena para celebrarlo, y yo me tuve que ir con él a mi chalet después de la ceremonia, alejada de mis amistades. Me dijo que era mejor una celebración íntima.

Estábamos los dos cenando solos y le dije que estaba triste porque mis amigas no habían venido a mi graduación. Él me dijo que, teniéndonos el uno al otro, no necesitábamos a nadie más. Debía de creer que aquella frase era algo bonito, pero no lo fue. No pude evitarlo más después de tanto tiempo, y salté. Le dije que ellas no estaban por su culpa, él dijo que era porque no me querían, yo le dije que quien no me quería de verdad era él.
Supongo que no se esperaba que yo le contestase, o le levantase la voz, porque se levantó de la mesa y me soltó una hostia. 

Me caí al suelo, arrastrando el mantel conmigo y tirando al suelo toda la cena. Oí el sonido del televisor de fondo. Mi cabeza dio contra el suelo y me desmayé”.

Minutos de silencio. Las personas del juzgado siguen expectantes ante el relato, pero ella ha dejado de hablar. Tiene la mirada fija en el suelo y las manos entrelazadas. Después de mirarse entre ellos, uno dije:

- Está bien. Tranquila. Puedes contarnos lo que pasó después.

Y ella levanto la vista de forma amenazante y continuó.

“Lo siguiente, después de levantarme, fue un hilo de sangre que me caía por la ceja. Lo toqué con los dedos y lo miré fijamente. Y entonces lo vi todo claro por fin: Era libre.
Él estaba delante mío hablando, pero no le oía, tampoco el televisor. Lo único que oía era un pitido que salía del interior de mi cabeza y era agudo y calentaba mi cuerpo. La fiebre. El estómago me ardía. El hilo de sangre llegó hasta mi boca y lo paladee sin querer. Eso me perturbaba.

Entones recuerdo que mi padre guardaba la escopeta de caza en el armario de las escobas. Solo quería asustarlo, que clamase piedad. Él creía que corría a llorar a la cocina, pero volví con el arma entre mis manos y con seguridad apunté a su frente.
Un cartucho caliente salió a toda velocidad a través del cañón convirtiendo mi sueño en realidad. 

La pared se llenó de trocitos de cráneo.


Después de disparar, mi cuerpo dejó de temblar. Cogí mi móvil, me senté en el sofá y escribí a mis amigas: Chicas, ¿quedamos? Os echo de menos".
domingo, 6 de noviembre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

CONDENADO A ESCUCHAR

Oí el sonido del teléfono en la redacción sonando ininterrumpidamente sin que nadie lo cogiera. Vi a la responsable de producción ocupada en mil tareas a la vez y sin hacer ninguna bien, tal y como ocurría antes, tal y como seguirá ocurriendo siempre.

A través del cristal, el técnico de la radio estaba haciendo señas, intentaba decir al locutor que en dos minutos estarían en el aire. Tenían que decidir quién saldría a presentar el programa hoy en mi ausencia.

El periodista más veterano se levantó de la silla entre lágrimas y dijo: “Yo saldré a dar el programa hoy, él lo habría querido así”. Y sin esperar respuesta alguna, cruzó el pasillo en dirección al estudio. No parecía preocupado, o al menos a mí no me dio esa sensación. Siempre fue experto en rellenar dos horas de programa con un folio en blanco. Al resto nos ponía de los nervios.

Mi espíritu se deslizó a través de las paredes hasta el estudio de radio para ver qué tipo de homenaje me darían.

Mi compañero se sentó ante el micrófono que yo siempre había ocupado y que llegue a considerar de mi propiedad. Empezó a sonar una música cursi y horrenda. Creo que era “Devuélveme la vida”, interpreta por Antonio Orozco. No podía creer que hubieran elegido aquella tonada para recordarme. Una canción que yo jamás había mencionado que me gustase, ni había puesto en el programa. Mis oyentes debían estar incrédulos ante tal blasfemia hacia mi persona.

El compañero, con una voz muy triste: “Buenos días. Como pueden comprobar, no es Samuel la persona que les habla.” Y, sin que mi espíritu flotante pudiera hacer nada para evitarlo, dio la triste noticia. “Samuel no ha dejado. Ha sido de repente. Se ha ido como un pajarillo, sin molestar”.

“Aún no podemos creerlo. Ha sido hace unas horas. No puedo…”.

Mi compañero se quedó sin voz. Era visible que se estaba derrumbando delante de mi audiencia. El técnico de sonido rellenó aquel silencio subiendo el volumen de la canción y dejando que el bueno de Orozco cantará por mi ausencia.

Cuando el locutor se recompuso, continúo hablando: “Hagamos de este programa la despedida que se merece. Y lo haremos como él hubiera querido, recibiendo las llamadas de los oyentes, sus oyentes, los que tantos quiso”

Empezó a pedir por las ondas las llamadas de los oyentes para que se despidieran de mí. Me hubiera gustado decirle que no fuera tan lacrimógeno, pero solo podía escuchar desde el más allá.

“Espero que me disculpen, pero hoy es posiblemente el día más triste de mi vida. Samuel, estés donde estés, va por ti este toro”.

Si, había dicho eso, a mí, antitaurino. Mientras Orozco cantaba de fondo.

“Estamos recibiendo cientos de muestras de afecto y de pésame. Cada una de esas muestras de amor, él las está recibiendo desde el cielo de los locutores. Si nos estás oyendo, todos te queremos”.

Y comenzaron con la primera llamada.
- Nos llama Herminia. Adelante Herminia, buenos días.
- Buenos días por decir algo. Qué triste que nos haya dejado, tan joven.
- Seguro que está en un lugar mejor, en el cielo de los locutores – mi compañero seguía insistiendo con el cielo de los locutores, otra vez. Me estaba poniendo de los nervios.

Empezaron a hablar de la compañía que hacía con mi programa, de mi generosidad y bondad. Todo eran elogios a mi persona. Aquello fui interrumpido por la entrada en el estudio de Jesús de Manuel, guitarra en mano. No sé quién lo decidió así, pero pensaron que sería una buena idea que tocara una canción de su último disco y me la dedicara a mí, tal y como yo hubiera querido. Esperaba que las redes sociales ardieran ante tal despropósito, que castigaran aquella indecencia ante mi recuerdo. Pero no fue así.

La voz de mi sustituto rompió a llorar cuando la canción terminó. Pasaron a la siguiente llamada, Ortensia, vecina de mi abuela.

- Buenos días Ortensia. ¿Triste por la pérdida?
- Triste. Si. Triste. Se nos ha ido un referente.
- Si. Un maestro.
- Que le iba a preguntar. Eh… ¿Quién va a hacer el programa a partir de ahora?
- Bueno, eso es muy pronto para decirlo. No es el momento.
- No estaría de más que nos dijeran quien lo va a hacer ahora. Vamos, más que nada para hacernos ya a la idea…
- Insisto, es momento de duelo.
- Bueno, seguro que vuestra radio encuentra a una persona que lo hace bien. Bueno, nada, un abrazo muy grande. ¡Que el tiempo todo lo cura! Adiós adiós.

Y otra llamada.

- Vamos a continuar con este homenaje a nuestro querido Samuel, que hoy se nos ha ido como un pajarico. Tenemos a Agustín al teléfono. Adelante Agustín.
- Hola, muy buenos días. Bueno, yo no quería hablar de Samuel, yo quería contar un caso. Vera, yo estoy divorciado y desde que no estoy con mi mujer me he vuelto adicto a las pastillas para tos. Y bueno, quería ver si me daban algún consejo para salir de este bache. He caído de bruces en la automedicación. A ver si usted o algún oyente podían decirme algo.

No me lo podía creer, solo habían pasado unas horas desde mi muerte y los oyentes ya habían recuperado la mecánica del programa. Deseé con todas mis fuerzas que ningún oyente contestara a este imbécil. O que le cantaran las cuarenta por haberme olvidado tan rápido.

- Ah, y otra cosa. Que este programa sin Samuel también puede funcionar bien ¿eh? Venga, un saludo y gracias.

Cambiaron la canción de Orozco por una de la Oreja de Van Gogh que ni siquiera podía identificar. Aquello iba de mal en peor.

- Nuestro querido Samuel no siempre era perfecto, tenía también su carácter, era difícil de aguantar a primera hora de la mañana, pero quien no, ¿verdad? A veces, si una cosa no salía como él quería, metía broncas al equipo. Incluso nos llegó a insultar y a llamar hijos de la grandísima puta. No era oro todo lo que relucía. Un momento, tenemos otra llamada, adelante amiga.

- Hola. Buenos días. Yo llamaba porque he oído que ha muerto Samuel. Vera, yo fui su novia. Estuve con él algunos años. Entiendo tantos elogios, es normal que cuando alguien muere se recuerden las cosas buenas. Pero no hay que perder, digamos, la objetividad. Ese chico era un cerdo que me puso los cuernos y luego lo escribió en su Facebook. Me engañaba. Se paseaba por la calle despreciando a los demás. Incluso alguna vez acudió borracho a casa de mis padres y se orinó en el portal.

- Entiendo, entiendo. Gracias por su llamada, adiós adiós.

Las llamadas nunca terminaron. Jamás se produjo la desconexión. Estuve condenado a escuchar durante toda la eternidad.





sábado, 29 de octubre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

LA GRAN HISTORIA DE AMOR QUE TODOS ESPERAN DE TI (BRINDIS, DESPEDIDA Y CIERRE)

Todos esperan que escribas la gran historia de amor que te hará famoso. Esto funciona así, ellos ya se cansaron de tus relatos de siempre. Ya se han dado cuenta de que siempre giras sobre el mismo precipicio y que, de tanto asomarte, ya apenas te duele. Ya han descubierto que eres un farsante.

¡Brindo por ellos!

Ahora esperan algo más de ti. Algo nuevo. Pero no hay nada nuevo dentro de un hombre cerrado y encerrado. Las personas así no dejan hueco para lo que haya por venir. Los hombres muertos no cuentan cuentos.

Los hombres encerrados se alimentan de recuerdos. Y yo la recuerdo a ella, en exceso y sobremanera. Recuerdo estar sentados en mi vieja habitación, un gran poster de Cobain mirándonos desde lo alto con aquellas gafas horteras, una ventana a un patio interior, una consola. Una litera.

Estábamos frente al ordenador viendo videos de conciertos a los que nunca podríamos ir. No se puede decir que fuera una manera de matar el tiempo, porque realmente nos encantaba.

Sonó su teléfono. Ella lo miró, torció el gesto y lo bloqueó. Yo también vi quien era: su ex. Otra vez. Ella no dijo nada al respecto. Yo hice como que no había visto nada. Pero lo había visto. Y la ausencia de explicación por su parte fue la sonata de la inocencia herida que marcó nuestra relación a partir de ese momento.

Debí haber dicho algo. Quizás un simple “¿Quién era?”. Pero decidí hacer como si no 
hubiera visto nada.

¡Brindo por la ignorancia premeditada y con alevosía!

También nos recuerdo frente a la farmacia de guardia. Habíamos salido corriendo de su casa, ella ni siquiera había tenido tiempo de combinar su sujetador con sus bragas. Yo llevaba solo un calcetín porque no encontraba el otro.

Me hizo decidir si ir a comprar aquella pastilla o arriesgarnos. Me hizo cómplice y verdugo del destino que se nos venía encima. Se quitó toda responsabilidad y me dijo que haríamos lo que yo quisiera con aquello, que ella no podía tomar una decisión así.

Yo tenía claro cuál era su postura, solo la escondió porque quería ver que pensaba yo de todo aquello. Mi decisión habría llenado de orgullo a los responsables de planificación familiar, pero no lo consiguió con ella.

Ella se llevó una decepción, pero no puedes traer un bebé a este mundo si no estás seguro de que podrás dárselo todo.

¡Brindo por las grandes indecisiones y los pequeños asesinatos!

Y, ella no lo sabe, pero conocí a otra mujer. Alguien cuya pureza ensombrecía mi relación en ese momento, con quien podía hablar de cosas que hacía tiempo que no podía hacer con ella.

Y le habría puesto los cuernos una y mil veces si se hubieran dados las circunstancias idóneas. Todo se precipitó hasta llegar a su punto más alto, donde yo ya estaba seguro de que no quería seguir con ella. Pero no llegó a pasar nada, y poco a poco todo fue yendo a menos hasta desvanecerse.

No llegó a pasar nada, la vida a veces es así. Pero de haber pasado, habría seguido adelante.

¡Brindo por las oportunidades perdidas!

Por esto, la gran historia de amor que nos hará volver a tener esperanza en la humanidad no llegará de mis manos. Así que no sigáis esperando. Tampoco habrá más historias de viejos amores, ya está todo dicho en ese sentido.

No sé, lo siguiente podría ser algo así como la historia de una asesina en serie. Una mujer de pelo rubio y rizado. Una peligrosa enfermera que trabaja en el turno de noche de un hospital, y que hace su ronda por las habitaciones con una Biblia y un revólver.

Si. Eso es lo que podéis esperar de mi a partir de ahora.


¡Brindo por las enfermeras rubias con Biblia y revólver!
miércoles, 26 de octubre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

EL ORDEN DE MI CUBERTERÍA

Ella cogió su teléfono y me llamó. Tras unos segundos mirando el móvil, decidí contestar. Me dijo que había tenido un mal día: había discutido con sus padres y no le apetecía estar en su casa. Le dije que no había problema en que se viniera a cenar conmigo y me contará que había pasado.

En media hora ella ya estaba en mi cocina revolviendo mi nevera y colocando los cuchillos con los cuchillos y los tenedores con los tenedores. Las servilletas en ángulo perfecto con el plato.  La música que a ella le gustaba sonando en el portátil. Mi casa se convirtió en la suya.

Me contó una ridícula pelea con su madre cuya conclusión era que nadie la entendía. Yo sólo podía pensar en la paciencia que tienen que tener algunas madres con sus criaturas, es una lástima.

Cenamos, fregué los platos, tiré la basura, vimos la película que ella quiso, y nos acostamos. Al terminar, desnuda y envuelta entre mis sábanas, me pregunto si se podía quedar a dormir. Ella siempre supo el momento exacto en que tenía que hacer las preguntas para obtener la respuesta adecuada. De modo que, derrotado ante la situación, le dije que se quedara.

Solté un “te quiero” espontaneo. Ella me contestó que también. La miré esperando algo más, un “yo también” nunca me ha parecido suficiente. Me dijo que tenía que aprender que era igual de bonito un “yo te quiero” que un “yo también”. Creo que nunca aceptaré eso.
Quizás no estaba tan mal, quizás aquello eran buenos tiempo. No lo sé, creo que no reconocería los buenos tiempos, aunque los tuviera delante. Antes era un papel en blanco, capaz de aprender lo que cualquiera tuviera que enseñarme, ahora soy más bien un papel lleno de tachones donde nada está suficientemente claro.

Días después volvió a llamarme. En esta ocasión no cogí el teléfono. Lo intentó hasta tres veces, pero me mantuve fuerte. Minutos después, me mandó un mensaje que decía que había tenía un mal día en clase y necesitaba hablar con alguien. “Está bien, pásate por aquí después de cenar”.

Allí estaba otra vez, sentada en mi sofá contándome que sus amigas no la entendían. “Claro que tus amigas no te entienden, ni yo, ni tus padres, ni tus abuelos, ni los putos extraterrestres te entienden querida” – pensé.

Me levanté y me salí al balcón a fumarme un cigarro. “Sigue contándome, desde aquí te oigo bien”. No, no la oía nada bien, pero era mucho más agradable el ruido de los coches pitándose unos a otros que oírla balbucear. Sabía que todo lo que le pasaba era culpa suya y no podía soportarlo. Me imagine a mí mismo prendiendo fuego al piso, saliendo por la puerta y echando la llave. Aunque, conociéndola, estaba seguro de que encontraría la forma de salvarse y contarme que había discutido con los bomberos.

Aquella noche también nos acostamos. Al terminar le dije que se fuera a su casa, estaba cansado y con ella no dormía bien.
- ¿Me vas a dejar volver a casa sola tan tarde? ¿Y si me pasa algo?
- Puedes pedir un taxi si quieres.

No lo pidió. Cogió la puerta y se marchó. Y mi casa volvió a ser mi casa. Y mi respiración volvió a acompasarse conmigo mismo.

Pero anoche tuve una mala idea, fui yo quien le mando un mensaje a ella. Le pedí que se pasará por mi casa para ver una película. Extrañamente, la echaba de menos. Quizás por la soledad forzada a la que estaba sometido, o quizás simplemente soy un poco masoca. Me respondió que era un capullo, que no la traté bien y que eso no volvería a pasar.
Vaya, ahora soy un capullo. Seguro que ya está buscando a otro para no pasar el trago de verse sola en un futuro, un nuevo esclavo para su colección de hombres sometidos.

Quizás, buscar a cualquiera no sea la solución a la soledad, a mí me parece más bien una ilusión. Convertir y adiestrar tu vida a la de otro no logrará impedir que encuentre a alguien mejor.


Y ahora ella estará en casa de un nuevo héroe anónimo que escuchará sus lamentos sobre lo cabrón y desconsiderado que he sido con ella, mientras le revuelve la nevera, coloca su cubertería de mayor a menor y ven la película que ella quiere. Y ahora mi nevera está desordenada como a mí me gusta. Procuraré no volver a traicionarme a mí mismo, otra vez más. A la decimocuarta puede que haya aprendido la lección.
sábado, 8 de octubre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

TODO LO QUE CABÍA ESPERAR

Era demasiado tarde. Debería haberme ido a casa mientras aún me quedara algo de dignidad. Pero no suelo escuchar a mi orgullo, y eso acaba generándome muchos dolores de tripa.

Las persianas del piso estaban bajadas, la música al mínimo y había cuatro personas sentadas alrededor de una mesa donde había marcas de vasos de tubo, paquetes de tabaco, mecheros y un cenicero que rebosaba cada vez más. La gente había comenzado a marcharse con cuenta gotas desde hacía un par de horas, pero aún quedaban algunos rezagados que no queríamos volver a casa. Pensé que aquello era una competición para ver quien se quedaba a solas con la anfitriona, o quizás todo estaba en mi cabeza. El caso es que estaba decidido a dormir esa noche en aquella casa para descubrir que es lo que podría pasar, así que fui a la cocina a echarme la última copa para ganar algo de tiempo.

La copa de antes de irte a la cama es siempre innecesaria. Golpea demasiado duro cuando tú ya no puedes pelear más contra tus tripas. Esos últimos tragos saltan tu muralla y hablan de tú a tú contigo mismo en formas verbales que no quieres escuchar. La última copa es la peor, pero es la que más me gusta. Cuando le das el primer trago, empieza el descenso.

Volví al salón y me senté con los demás. Estaban hablando de algo que no me interesaba, de modo que comencé a mirar la habitación. La persiana estaba amarilla, envejecida, y tenía una serie de grietas por las que se colaba la luz de un nuevo día formando dibujos en el techo.

El tiempo pasaba y ella no les decía a lo demás que se fueran cada uno a su casa para quedarnos a solas. No sabía cuál era el plan a seguir. Todo era aburrido. En momentos como este deseaba que la vida se pareciera un poco a una serie de la HBO, y que, cuando no había nada interesante que mostrar en pantalla, se pasara a un fundido en negro hasta la siguiente escena. Pero no era así, y la siguiente escena parecía no llegar nunca. Cada trago me mataba un poquito más y ya me era imposible imaginar cómo podría acabar bien aquella noche. Y, cuando no eres capaz de imaginar cómo vas a resolver el problema, no hay nada que hacer.

Acabé la copa y mi estómago se desafinó por completo. Era la banda sonora del desastre, la señal que indicaba que me rindiera y me volviera a casa. Cogí mi abrigo, me despedí y salí de la casa.

Al llegar a la calle me golpeó la luz de sol. Creo que no hay nada que me moleste más que volver a casa de día. Antes, las noches solían ser jóvenes. Ahora envejecen muy rápido, demasiado. Y el día llega demasiado pronto.

Comencé el largo camino hasta el coche a través de las calles. Había aparcado lejos, muy lejos, nunca fui de esos que dan vueltas hasta encontrar aparcamiento perfecto. Así que, como tenía tiempo, eché mano al paquete de tabaco para que un cigarro me acompañara en el viaje, pero no lo encontré. Debí habérmelo dejado en el piso.

A pesar de ser de día, las farolas seguían encendidas. No podía dejar de mirarlas, podía notar como conversaban unas con otras. Allí estaban, malgastando energía innecesariamente en las calles de la ciudad, y yo, su único espectador. Entre ellas hablaban de que la vida se había acomodado a ellas, y no al revés. Decían que sus límites estaban tan aceptados que nadie cuestionaba si algún día llegarían más allá y sorprenderían al universo mismo. Pensé que tenían razón, pero no les dije nada.

Estaba llegando por fin a mi coche. Delante de él había un camión con la puerta del copiloto abierta. Se oía agua caer contra el asfalto. Por debajo de la puerta podía distinguir dos piernas desnudas que asomaban. Continué caminando hasta pasar al lado de la puerta. Allí vi a un camionero desnudo duchándose con una manguera que salía del interior del automóvil. Al verme soltó la manguera y rápidamente se tapó. La manguera cayó al suelo regando de agua la acera. Saludé a aquel señor desnudo. Él me devolvió el saludo y me pidió perdón. No había razón para ello, de modo que le dije que no pasaba nada y seguí mi camino hasta el coche. Me senté y pensé que todos somos aquel señor, ocultando nuestras debilidades lo mejor que podemos y sacándolas a pasear en lugares donde pensamos que nadie podrá atacarlas. Ese es el objetivo, el fin mismo: encontrar el lugar donde nadie moleste a tus debilidades, y comenzar a construir a partir de ahí.

Creo que todos somos ese camionero desnudo.


Antes de arrancar el motor, cogí el móvil. ¿Tenía mensajes nuevos? Sí. Pero, ¿de quién yo quería tenerlos? No. Eso no.
jueves, 22 de septiembre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

SINOPSIS DE UN SUEÑO HÚMEDO

Ella me empujó contra la pared y me besó de forma fortuita. La gente que había en el local se dio la vuelta para mirar que pasaba, no por el hecho de ver a dos personas besándose, sino porque me di un cabezazo contra la pared que se oyó muy por encima de la canción que estaba sonando.

Antes de que pudiera abrir la boca, ella me volvió a besar. Me puse nervioso y la cerveza se me cayó al suelo ensuciando sus zapatos, mis Converse, y a todos los que había alrededor. Tuvo que venir uno de los camareros de muy mala gana con un cepillo y un recogedor a limpiar aquel pequeño desastre que había formado. El señor me miró y yo agaché la cabeza, avergonzado. Ella lo ignoró.

- Querida, esto no está bien – dije cuando el camarero se marchó.
- Da igual. No pienses tanto.
- Uno de los dos tenía que decirlo.

Entonces me miró con el mayor desprecio del mundo y vi en sus ojos una terrible tormenta que aullaba desde los más hondo de su corazón. Me odió. Y sin decir palabra, se fue. Al rato, cuando recuperé la conciencia de lo que había pasado, me fui yo también.

Bueno, hay algo que ella no sabe, al llegar a mi casa, se coló en mis sueños. Es como la cara B de un vinilo, aquellas canciones que no entraron en las listas de ventas, pero son necesarias porque dan un sentido global al concepto que querían transmitir los músicos. Como el apéndice de una novela o las escenas eliminadas por el director de una película. Así fue como alargué un poquito más mi desastrosa velada con ella.

En el sueño, el mundo estaba completamente inundado por agua cristalina que dejaba pasar la luz de Sol de forma tan clara que casi no parecía que viviéramos bajo el mar. Estábamos ella y yo sentados en el Coliseo Romano, rodeados de hierba verde que se mecía con el vaivén del agua en movimiento. Coldplay estaba tocando sólo para nosotros en un concierto privado.

- Estamos muy bien aquí – le dije en un alarde de originalidad por mi parte.
- Sí que estamos bien, sí.            
- Pero habrá que nadar hasta la superficie para coger aire, o nos ahogaremos.
- Estamos bien aquí, quédate conmigo. No pasa nada.
- Nos ahogaremos. – insistí nervioso.
- No pienses tanto. Si subes, cuando vuelvas no serás capaz de encontrarme.

Pero no pude aguantarlo y tomé la decisión de salir a la superficie, respirar, y volver a bajar enseguida. Cogí impulso y comencé la ascensión sin dejar de mirar hacia atrás para ver si ella me seguía. Pero no lo hizo. Ni siquiera me estaba mirando.

Finalmente llegué a la superficie y me di cuenta que no necesitaba coger aire, no me ahogaba. Además, allí arriba no había nada, solo horizonte y océano infinito mirara donde mirara. Había sido un estúpido. Tenía que volver a bajar, pero desperté antes de zambullirme.


Y allí se debió quedar ella, sentada en el Coliseo y rodeada de hierba submarina esperando que coja el suficiente aire para volver a bajar.
jueves, 8 de septiembre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

CONDENADOS Y LIBERADOS Y VICEVERSA

Las botellas están esparcidas por el suelo, las bolsas tiradas, los hielos derritiéndose y las coca colas sin tapón. La gente amontonada. Hay risas y alcohol. La vida, lo bueno y lo malo, concentrado alrededor de una caseta de feria.

A nuestro lado hay un grupo de jóvenes haciendo ruido. Hay una chica, lleva un vestido oscuro, ajustado. La miro. No me mira. La miro. Un chico se acerca hasta ponerse a su lado, otea a los lados; parece preocupado. La coge de la cintura y me mira. Desvío la mirada.

Tranquilo. No estoy mirando a tu chica. No te preocupes, que la respeto, a ella y a ti. De hecho, yo lo respeto todo: las flores que deberían crecer hermosas y no lo hacen, las coca colas disipadas, los hierros que se oxidan, las sillas de plástico que envejecen en los patios.

El chico se relaja al ver que la presión ha terminado. Se por lo que está pasando. Conozco perfectamente su situación: la chica tiene una madre que habla mal de ti, quizás algún hermano que te vigila cuando sales de fiesta para que no hagas ninguna estupidez. Un grupo de amigos que desean con todas sus fuerzas que no salgas con ella, porque la anulas.

Y a ella le gusta bailar en la discoteca y que todos la miren, ¿verdad? Seguro. Le gusta coquetear con cualquiera sólo para saber que los tiene a todos detrás. Y se cabrea cuando tardas demasiado en contestar a sus mensajes. Estoy convencido de que te echa la bronca cuando la llevas al cine y la película no le ha gustado, además las palomitas estaban rancias y había un señor en la fila de atrás respirando demasiado fuerte para su gusto. Y claro, es culpa tuya.

Disfruta viendo los programas más absurdos de la televisión, y te obliga a verlos con ella. Tiene un carácter horrible y se pasa horas hablando con sus amigas por teléfono. Y tiene amigos que desearías que no tuviera. Además, quiere viajar por el extranjero una temporada ella sola y conocer gente nueva.

Y algunas veces, cuando fuma demasiado, ronca por las noches. Y es fría en la cama, aunque aparente lo contrario. ¿Quiere también ser bailarina? Y no tiene trabajo porque le dan migrañas y no aguanta a la gente.

Pero tú tienes tu brazo sobre sus hombros ahora mismo, y te crees especial creyendo que tienes algo que nadie más posee en el mundo. Y estoy seguro de que llevas toda la razón chaval, sujeta bien ese saco de intestinos y cefaleas, no te lo vayan a arrebatar.

Yo sé lo que te va a pasar. Ella se irá con otro y tu pensarás en suicidarte porque ya nada tiene sentido. Y un buen día, en un pasillo de supermercado, te la encontrarás. Y su vestido, que ahora le queda tan bien, estará viejo y sucio, y tendrá cara de resaca. Os acercaréis y ella te hablará de su maravillosa vida, pero tu mirarás su pelo y verás que ya no tiene brillo y que sus ojos están apagados.
Y cuando la conversación acabe, ella se dará la vuelta y meneará su culo para que la mires. Pero tú ya solo veras carne de desguace que cruza la sección de congelados.

Es una metáfora. ¿Lo entiendes? A mí una mujer me lo intento explicar y no lo entendí en su momento. Pero creo que ya sé lo que quería decirme. Al final habrás visto todas las películas que querías ver, y tu grupo de rock favorito te aburrirá. Y todos los buenos libros habrán sido ya leídos y olvidados. Y verás todas esas cosas de tu vida alejarse por la sección de congelados.


Al palpar el bolsillo de mi pantalón noto que tengo ahí el tapón de la coca cola. Vuelvo a ponérselo. Es mi pequeño grano de arena para ayudarte con tu destino, chaval.
martes, 30 de agosto de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

LA CHICA QUE NO ENTENDÍA DE VINOS

Estoy harta de los clientes y de trabajar en esa tienda- dijo ella mientras tomaba el primer trago del cubata que acababa de servirle. Debí de pasarme con la cantidad de alcohol, porque se le arrugaron las facciones y me miró con cara de “¿estás loco?”. Suele pasarme, bebo con los ojos y me creo que los demás también lo harán.

“No te preocupes, que te echo otro…”- dije mientras me levantaba del suelo y cogía su vaso. Ella me agarró del brazo y me dijo que no me preocupara. Yo me quede mirando su mano. Desee que no me soltara nunca. Pero me soltó. Y yo volví a sentarme frente a ella con las piernas cruzadas.

Estábamos en medio del salón de mi casa como dos indios apaches, en mitad de la noche mientas todos los muebles nos miraban desde las esquinas. Fuera no se oían coches ni gente, el frío había espantado las ganas de fiesta de la ciudad. Al menos hoy así lo parecía. Todo lo que había a nuestro alrededor era la luz amarilla de una lámpara lejana, y humo. Mucho humo. Teníamos un juego que consistía en que uno de los dos decía: “Oye, ¡hace mucho que no fumamos!”, el otro tenía que invitar a tabaco. Así formamos aquella atmósfera que nos negábamos a liberar a cambio de que el frío del invierno entrara por la ventana. Si había que elegir entre frío o humo, por el momento, preferíamos humo.

“Está bien, sigue contándome que te ha pasado en la tienda”. 

Ella comenzó a contar una historia sobre la insoportable gilipollez del ser humano. No hacían falta muchos detalles, conozco a ese tipo de personas. Esas que salen de casa para descargar su mierda sobre los comercios locales. Bancos, tiendas de móviles, tiendas de ropa… cualquier sitio les parece bien para montar la escena de sus vidas. Qué pena que esa gente no muera sola.

Pero su historia se alargó con demasiados detalles y acabé perdiendo el interés. Ver a una persona quejarse demasiado rato no es atractivo (recuérdalo tú también chaval). La verdad es que aquel relato hizo que me alegrara de trabajar escondido de la sociedad. Es cierto que nunca conocería a nadie, pero, por otro lado, visto así también era algo bueno.

En mi cabeza comencé a tararear la canción que estaba sonando por el reproductor. Era Summertime Sadness, de Lana del Rey. Quería interrumpir su monologo para cantarla con ella, pero no encontraba el hueco. Desgraciadamente Lana no alargó la canción para darme otra oportunidad y la que sonó a continuación no la conocía, así que tuvo que encontrar otro entretenimiento.

Ella llevaba puesto un jersey grande de color marrón. Ese tipo de ropa extra grande que algunas mujeres saben llevar sin parecer que van disfrazadas. Uno de sus hombros sobresalía por la anchura del cuello y dejaba entrever un tatuaje. Era el símbolo de infinito. Era mucho más interesante ver su hombro que su tatuaje, aunque no fuera infinito.

Finalmente, terminó de descargar sus ganas de matar a las clientas. Empezamos a cantar. Seguimos bebiendo. Me invito a un cigarro. La noche invernal siguió avanzando con su paso lento y frío.

-Se nos ha terminado el ron. ¿Tienes más? Aún es pronto – dijo ella.
-No me queda. Solo una botella de vino. Ni siquiera sé cuánto lleva en la nevera.
-Me parece que los vinos no se guardan en la nevera si no los has abierto.
-Ni idea. No entiendo de vinos.
-Yo tampoco, sácala y nos la bebemos, a ver si aprendemos algo.

Busqué dos copas de vino, las lavé y las llené hasta arriba. Bridamos y dimos el primer sorbo. No estaba ni bueno ni malo, pero nos haría el apaño para lo que quedaba de noche.

- Me habría encantado luchar en la Guerra Civil
- Eres una chica, no te habrían dejado.
- Da igual. Es... como una metáfora. Lorca fue asesinado en la Guerra Civil. Y Hemingway salió con vida. Otros se exiliaron. Yo creo que los que se fueron hicieron mal. Yo hubiera querido estar allí y lanzar bombas al enemigo. Estamos aquí, bebiendo vino, en vez de allí. Si ahora hubiera otra guerra, ningún poeta morirá. Las metáforas han muerto junto al siglo XX.
- Aquello no fue ninguna metáfora. Fue algo real.
- No lo entiendes.

Supongo que no lo entendí. Preferí dejar de contestar y mirar mi copa de vino, porque me daba vergüenza mirarla a los ojos. Baje un poco la música para pensar mejor y encontrar otro tema de conversación.

- ¿Sabes que van a estrenar Lolito?
-Sí, la historia del chaval ese, Ben Brooks, como Lolita pero al revés, un chico de 15 años y una mujer de 50.
-Es raro, ¿verdad? Ese chico tiene que estar mal de la cabeza.
-A mí tampoco me gustaría ser ella. Quizás por eso quiero ver la película.
-Sí, deberíamos ir.
-Deberíamos.

Aquel deberíamos dio vueltas por la habitación como un canario buscando una jaula donde dormir. Pero no había jaula, estaba condenado a una infinita libertad.

La noche acabó y ella se fue a su casa. Le dije que se quedará a dormir, pero no quiso. Le dije que la acompañaba a casa, pero no quiso. Le dije que el próximo día iríamos al cine. Y solo sonrió. En aquel momento supe que aquella sonrisa seria lo último que vería de ella. Y así fue.

Varios días después de su supuesta y completamente inexplicable desaparición, llamé a una vieja conocida para que me acompañara al cine a ver aquella película. Yo aparecía y desaparecía de su vida con mucha frecuencia, pero como ella me lo permitía, no había ningún problema en utilizarla una vez más.

Quedamos en la misma puerta del cine. Nos dimos dos besos, entramos en la sala y nos sentamos.

- ¿Sabes? Yo solo voy al cine por las palomitas – dijo ella.
- Ok. Voy un momento al baño.
Y no volví.

Porque en ese momento comprendí que estar con alguien con quien no conectas es un camino mucho más rápido hacia la soledad que estar solo.

Así fue como entendí porque la chica de la otra noche tampoco volvió.
lunes, 15 de agosto de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

LA DISTANCIA SE MIDE EN CIGARROS

Para un fumador, la distancia se mide en cigarros. Y ella estaba a un cigarro de empezar a interesarse por mí. Me había propuesto dejar de fumar, pero menos mal que fui débil y no lo deje porque, caminante, el camino se hace invitando a tabaco en la puerta de una discoteca de una noche cualquiera.

Así debería haber cantado Serrat la canción, a mí por lo menos me habría hecho un gran favor. Quizás él no tenía los mismos problemas que yo y no tuvo que luchar contra piaras de hombres invitando a chupitos a todas las presas que entran en su campo de visión mientras tu elevas la voz intentando decir algo que llame su atención entre tanto decibelio enloquecido.

Pero la batalla cambió de dirección cuando salimos a la puerta y esa niña de la pedanía empezó a tararear una canción de Rubén Pozo con mi cigarro en la boca. Porque así fue como ella y yo descubrimos que éramos del club de Rubén antes que Leiva, de Ferreiros, de 500 días juntos, de llorar viendo películas pero no en la vida real, de los que dan besos a sus perros, de los que prefieren estar durmiendo a casi cualquier cosa, de los que van con Garzón, de los que piensan que no merece la pena traer a más bebes a un mundo donde aún no se han terminado los libros de juego de tronos.

El resto del interludio entre ella y yo apenas duró nada: volvemos dentro del jaleo musical, dos pasos buscando a sus amigas desaparecidas, una respiración profunda y desacompasada, un gesto de timidez que sirve como señal para mí (quien sabe si falsa y ensayada delante del espejo para cualquiera).

Ella ha bebido. Yo he bebido. Ella ha bebido más. Ella cierra los ojos y ya no está mirando hacia la discoteca ni hacia sus amigas ni hacia la playa. Ahora ella es el mundo y soy yo quien está mirando hacia ella buscando la música, las olas y el alcohol. Ella se abandona y me pide que la acompañe. Yo me abandono y la acompaño.

Ahora tiene ansiedad por salir de la discoteca, por arrollar a la gente por las calles mientras me besa torpemente y sin mantener el equilibrio. Tiene ansiedad por empujarme contra la pared y salir corriendo calle abajo para que la encuentre. Si se lo propusiera, podría atracar un banco, quemar una vivienda, aprender alemán o hacer una maratón. Lo que ella quisiera. Y lo que quiere esta noche es abrir portales de un calentón.

La Luna, aquí, tiene un rostro diferente al que tiene cuando la miro desde mi casa, y la gente habla en tono distinto según caminas hacia el sur. Está bien. Me gusta estar aquí. Estoy en la parada de taxis, amaneció, vuelvo a casa. Hay un grupo de mujeres peleándose con dos tíos por subirse al mismo taxi. Yo me saco un cigarro aplastado y me lo enciendo. No tengo prisa. Está todo bien. Este ballet de taxis veloces y acentos de sur me gusta.

Yo lo celebré con Cartojal y unos amigos a los que considero familia. Ella en un reservado vete tú a saber con quién. No hace falta saberlo, la serie ha terminado. No era necesario hacer siete temporadas y un spin off para acabar aquello. Con los capítulos vividos y bebidos teníamos suficiente para encajar la trama. Si nos veíamos al día siguiente haríamos lo mismo que cuando te encuentras a tu vecino en los pasillos de Mercadona, se le saluda la primera vez y se le ignora en el resto de los pasillos. No había maldad en aquella decisión. Simplemente hay veces que lo que tiene sentido de noche ya no lo tiene al día siguiente.

Hace poco leí en Facebook una frase de esas que tanta rabia me dan, vaya usted a saber por qué. Decía: “Todo acaba bien si esperas lo suficiente”. Pues no amigo, no. No vuelvas a esperar a que la situación haga por ti lo que no te atreves a hacer solo.


No hay situación. No hay excusas. No hay gente. Como la mayoría de las veces, solo eres tu contra ti mismo. Y no eres precisamente Rafa Nadal jugando cuatro partidos al día en los juegos olímpicos, más bien eres Usain Bolt corriendo 100m y yéndote a casa a descansar. Así que corre esos 100m para conseguir el oro, cabrón.
miércoles, 20 de julio de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

LA SABIDURÍA QUE DA EL FRACASO

Había vuelto a la barra a pedirme una copa más. Sabía que no podría acabármela, pero a veces juego a eso, a acabar conmigo. Creo que es mi castigo romántico por no haberme convertido en quien quería llegar a ser. Sé que soy joven y eso, que aún queda mucho por delante, que matarse a beber no tiene nada de romántico y que todo es una mierda a las cinco de la mañana en la discoteca. Pero aún queda una hora para que cierren, y con una copa más aguantaría lo suficiente para no pensarlo.

 El camarero me dice que son cinco euros, saco la cartera y se me caen todas las monedas por el suelo. Cojo las suficientes para pagar y dejó las demás repartidas por los alrededores, por vergüenza, ya he hecho bastante el ridículo. La gente me mira y piensa que esa última copa me sobra, pero lo cierto es que ya hace varias copas que tenía que haber parado.

Cruzo el local buscando a mi amigo, con las dos manos sujetando el cubata para procurar que la gente no lo vertiera mientras me infiltro entre los grupos que se habían formado, pero esa batalla está perdida. Me choco con una chica y le vierto la mitad de mi bebida en la falda.

Se da la vuelta buscando una explicación, no sé exactamente que le digo, solo sé que ha funcionado, porque no me ha pegado un bofetón ni me ha despreciado. De hecho, estoy hablando con ella. Tiene los ojos alargados y un piercing en la nariz. Sigo hablando con ella. Ahora que parece que estoy a salvo, la miro mejor. Pelo negro, largo, liso. La mitad derecha de la cabeza está llena de trenzas que le dan un aire exótico. Le digo que es una niña voladora. Ella se ríe. Tiene la piel morena y la sonrisa blanca. Yo sin embargo tengo una piel que se torna amarilla en lugar de morena. Espero que ella no se fije.

Si no hubiera bebido, me habría disculpado y habría salido de allí con la cabeza agachada, buscando a mi amigo, diciendo que nos íbamos a casa, y acostándome con algo de dignidad. Pero había bebido lo suficiente para envalentonarme y decir las cuatro tonterías que siempre digo. Y que a veces incluso funcionan. Sé que sin beber no sé ligar, y que cuando bebo tiendo a cagarla. Pero a veces las dos líneas que forman el horizonte se alinean. Que fácil parece todo entonces.

Llega un chico alto, con unos hombros que no caben en su polo de marca. En el pecho lleva una banderita de España. Aún no ha abierto la boca, pero ya lo odio. No entiendo el patriotismo. No creo que sea algo de lo que sentirse orgulloso el lugar donde tu madre rompió aguas y lo puso todo perdido. Puedes defender a muerte algo que tú has elegido, y eso lo entiendo, pero algo que te ha sido impuesto al nacer y que no puedes elegir… En fin, supongo que, si ese chaval hubiera nacido en Francia, sería el más francés del mundo. O el más senegalés del mundo. A mí me parece el más idiota del mundo.

Le dice algo al oído y pierdo su atención. Mierda, no quiero dejar de hablar con ella. Es como si ella acabara de entrar en mi casa y hubiera saqueado la nevera, torcido los cuadros, tirado los cojines y abierto las ventanas. Mi casa era suya. Ahora no podía marcharse así como así.

Me encuentro solo entre sus amigos, con medio cubata y solo. Pero no me quiero ir de allí, ese patético ser dejará de hablar con ella pronto, al fin y al cabo, no creo que tenga nada interesante que decir, solo está echándose un pulso conmigo. Para hacer tiempo hablo con otra chica de su grupo, solo hasta que puedo retomar la conversación por donde la deje. Así son las reglas del juego.

Tampoco sé cómo inicie esa conversación. Joder, debería llevar una grabadora para saber cómo tengo esa facilidad para hablar cuando bebo. Resulta que era su madre, había salido con su hija y sus amigas, y había dejado al marido en casa. Dice que no tiene dinero para beber más y que ella y su hija se van a ir enseguida. No puedo permitir que eso suceda, así que me acerco a la barra y pido dos botellines (nada de copas, la economía esta jodida y soy muy dado a perder el dinero por el suelo). Vuelvo y le doy uno a la hija y otro a la madre. La hija lo coge y ni siquiera me mira. La madre me lo agradece con una sonrisa. Me dice que tendremos que volver a vernos para que me invite ella a mí. Pienso que tiene marido, pero allí en mitad de la discoteca, aquella madre y yo éramos como dos dioses de tercio de cristal, así que no puedo más que decir que por supuesto que sí, y me apunta su número y el de su hija.

En aquel momento sentí exactamente lo que debe de sentir continuamente Tyrion Lannister, un tipo que no está donde quiere estar, ni puede hacer lo que quiere hacer, pero que juega sus cartas como le van apareciendo, de la mejor manera posible; y como la hija me ignoraba, decidí que la madre también era una buena opción. Es cierto que tenía marido, pero ¿Quién dijo miedo habiendo hospitales?

Al final de la noche hubo móviles sonando, gritos preguntando “donde estas a estas horas”. Taxis. Despedidas a toda velocidad en un portal. Regresos a casa solo con la música en los auriculares.


Y cuando llegué a mi piso, me hice un Cola Cao y me puse un capítulo de Juego de Tronos. 
domingo, 26 de junio de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

BODA AZUL OSCURA CASI NEGRA

Pasé de ir a la ceremonia. Ni quería entrar en la casa de Dios, ni él quería que yo entrara allí. No quería escuchar a un cura hablando de amor ni de promesas de felicidad hasta que la muerte los separe. La mayoría sabíamos que aquella novia no aguantaría el acuerdo por mucho tiempo, de hecho, ya lo incumplía antes de firmarlo, así que mirar la cara de aquel novio engañado me resultaba del todo incómodo y triste. Pero, por mucho que aquella situación despertara en mi la lucha por las injusticias para con mi género, yo iba de parte de la novia, así que era mejor sonreír y callar. O no aparecer si no era necesario.

Mientras aquella blasfemia se celebraba en la iglesia, yo esperé en la terraza del bar de la esquina con la primera cerveza del día, con mi traje de nocheviejas, bodas, bautizos y comuniones azul y negro, cigarro y gafas de sol. Ataviado como solo un hombre sabe para las grandes celebraciones, como si fuera un mafioso de medio pelo. Un amigo decidió acompañarme. Hablamos de eurocopas, series y trabajo. La Santa Trinidad del hombre moderno. El camarero nos preguntó que hacíamos tan elegantes, le contamos que íbamos de boda, nos sirvió las bebidas y se fue rumiando que el matrimonio es la peor cárcel en la que había estado.

Cuando acabo el acto, cogimos los coches y nos dirigimos al restaurante donde íbamos a cenar. Estaba a las afueras del pueblo, y ya me imaginaba como la guardia civil me paraba a la vuelta para pedirme la documentación, el dni, ¿ha bebido?, sople aquí por favor, bájese del vehículo, tendrá que acompañarnos. Así que me hice la promesa de no beber y pasármelo bien sin ir hasta el culo, aunque fuera por una vez en mi vida.

Entramos a la gran sala llena de mesas y gente sentada esperando los entrantes. La pareja iba de mesa en mesa recibiendo felicitaciones y sobres. Cuando llegó a nuestra mesa hicimos lo propio, alabamos la belleza de la novia y felicitamos al cornudo. Me levante y le di el sobre con el dinero, le dije que solo iba la mitad del dinero, la otra mitad se lo daría en la próxima boda. Nadie se rio. Ella no volvió a acercarse por mi mesa.

Fui sólo a la boda. Y no porque no tuviera con quien ir. Llevaba unos meses saliendo con una chica adorable, atenta, enamorada del aire que respiraba y de cada palabra que salía de mi boca. Pero a mi… pss. Era un pasatiempo más o menos agradable. Así es como definiría mi relación. No se me iba la vida si estaba una semana sin verla, y si no me hablaba demasiado por Whatsapp, mejor.

Lo cierto es que no se podía decir que ella no lo intentará, pero la verdad es que no me apetecía tenerla allí todo el día. A veces creo que solo la utilizaba para cuando me sentía solo, o cuando necesitaba alguien para ir al cine. Nunca había sido un cabrón, pero la verdad que durante los años había pasado del blanco nuclear a una gama de grises cada vez más intensos.

Me di cuenta de esto el día del examen de las oposiciones, cuando subía las escaleras hacia la clase que me habían designado y una chica andaluza con gafas me preguntó si era mi primera vez. Le dije que sí, ella me dijo que también, y nos reímos de la patética pinta que nos hacía tener el miedo al examen. Me preguntó si me apellidaba Rodríguez, como ella, y me alegre de no haber exclamado por aquella casualidad, porque más tarde me di cuenta de que todos los que estábamos en aquel aula éramos Rodríguez. Habría parecido estúpido, y tal vez lo era, pero no quería que se diera cuenta tan pronto. Apenas hablamos mucho más, de donde eres, a donde vas… no tenía mucho sentido ya que nunca volveríamos a vernos, pero era divertido. Estuve las tres horas del examen levantando la vista y mirando como escribía. Se fue del examen antes que yo, y ahí termino mi historia de amor. Aquella misma noche había quedado con mi novia, pero no quise verla. Ni aquel día ni durante aquella semana. Me había convertido en esa clase de hombre. Nunca volví a mirarla de la misma manera.

Por lo que allí estaba, solo con mis amigos y sus parejas. Pero que cojones, la novia se acostaba con otros tíos y no tenía remordimientos por ello. Otra de mis amigas tenía un novio que le decía como tenia qué vestir, a qué hora tenía que volver, lo que podía y no podía decir. Lo que es un maltratador mental. Y allí estaba, delante mía, y teníamos que sonreírle también. Otra de las parejas que se sentaban en la mesa se tenían cariño, pero no se querían. Y miraban a otras personas y soñaban con escapar de su relación, pero seguían juntos amargándose. Vete tú a saber por qué. O también ese amigo que había salido tan escaldado de su última relación que no había vuelto a fijarse en otra mujer, el síndrome de Estocolmo hecho persona.

Así que nadie tenía derecho a echarme nada en cara, todos los amigos habíamos terminado desarrollando una relación disfuncional, con balanzas desequilibradas que aguanta por un tiempo, a veces más, a veces menos. Hasta que la carga es demasiado pesada y termina venciendo. Quizás el truco sea encontrar a alguien con quien te veas capaz de soportar la carga la mayor parte de tu vida.

La cena transcurrió bastante alegre y animada. Cuando ya estábamos con los postres tuve la necesidad de ir al baño, así que me levanté y me puse a buscarlo por aquel hotel. En uno de los pasillos oí discutir a mis amigas. No quería tener nada que ver con eso, pero era el maldito camino a los aseos. La novia estaba llorando como una colegiala mientras otra chica le decía que era una sinvergüenza por hacer lo que hacía. Ella le dijo que se callará, que todas sabían que tenía mucho que esconder. Por aquel pasillo se lanzaban secretos unas a otras a la cara. Me fui de allí con los oídos lo más cerrados que pude. No quería saber absolutamente nada que no me hubieran contado de manera oficial en el boletín de noticias de los amigos. La historia que la gente me quería contar era la única valida, y lo que se quisieran callar que se lo quedaran los fantasmas que viven en la noche de las discotecas y en las camas ocupadas por personas que no deben estar allí esa noche.

Agarré una cerveza incumpliendo mi promesa y me fui al patio a mear de una vez. Una de las amigas que estaba gritando apareció también, y nos sentamos a mirar el cielo nocturno. Le conté el asunto con mi novia y ella me contó los lloriqueos de la recién esposa.

< No aprenderemos nunca. Nos enganchamos a la primera persona que nos hace un poco de caso, y construimos una imagen de él que no es la real, sino la que nos gustaría que fuera. Y la relación dura lo que somos capaces de engañarnos a nosotros mismos. Después, te das cuenta que estas con una persona que no te gusta. Que odias. Y todo por no estar solos. ¿Crees que moriremos en los brazos de nuestro ser querido? Moriremos enchufados a mil cables en la cama de un hospital, solos. Y viviremos nuestra vida con personas que no nos llenaron.

Hace poco leí a no sé qué filósofo, que dijo que en la vida hay que elegir entre el aburrimiento y el sufrimiento. El aburrimiento de estar solo. Ahí está el problema. Hay que aprender a estar bien solo, y cuando nos hayamos quitado ese miedo de encima, podremos conocer a alguien que de verdad nos gusté, y no ir encadenando personas que no queremos. >


Me había encantado decir que la reflexión de aquella noche la firmé yo. Pero no, la firmó ella. Le dio un trago a mi cerveza y se volvió para adentro.