jueves, 22 de mayo de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Las pulsaciones del alma

Las calles están abiertas de par en par, llenas de gente con la boca abierta que habla y habla. Pero no dicen nada. Sus sordas palabras invaden hospitales y supermercados. Se deslizan por los adoquines, llegan hasta el fin del mundo. Y mueren sin que nadie las escuche.

Yo ando de puntillas entre vosotros. Con la boca cerrada, dejo que mis gritos se retuerzan en silencio en mi interior. Dejo que se vayan amontonando, hasta que no me dejen respirar, hasta que muera ahogado. Quizás sea una buena solución, o quizás de lo mismo.

Apago la televisión, apago la luz, apago al mundo, le doy a espalda a todo. Son demasiadas palabras.

Más allá de la oscuridad, aún con los pulsos de mi alma apagados, te veo. No necesito que me hables, puedo leerte a través de tus cicatrices. No es sencillo, muchos han muerto en el intento, entre palabras que no acertaron.


Es complicado de explicar con palabras, es frágil, corre el riesgo de romperse. Dejemos que pase y no nos preguntemos el porqué. Es mejor así. Siempre lo fue.


viernes, 16 de mayo de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Olvida la paz interior

Parece que estamos en el mundo para aceptar respuestas prefabricadas sobre como los dioses te salvaran cuando ya hayas muerto. Parece que debemos acostumbrarnos a los latigazos, hacernos mayores cuanto antes y luego querer volver a ser joven. Para arrepentirnos de las cosas que no hicimos o no debíamos hacer. Estamos aquí para ir al cine y salir quejándonos de la mierda de película que hemos visto. Y volver al cine a la semana siguiente.

Parece que hay que consumir drogas para resistir el ritmo de la vida, trabajar 8 horas al día y sentirte afortunado. Tener ropa de entretiempo en tu armario por lo que pueda pasar y una mentira en el bolsillo para no ofender a quien quieres. Dormir 8 horas y tener una maldita dieta equilibrada.



Yo quiero estar en el mundo para beber cerveza y para fumarme un cigarro. Para no ser consciente de nada en absoluto y bucear en lo absurdo. Para olvidar la paz interior y vivir mi vida de tal manera, que la muerte tiemble cuando venga a buscarme.


miércoles, 7 de mayo de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

El resto de almas muertas y yo

Suelo levantarme antes que el propio sol con la odiosa sensación de que el resto del mundo sigue durmiendo. Los odio.

Camino a oscuras por mi casa buscando el cuarto de baño, palpando las paredes en un patético baile en el que siempre tropiezo con los mismos muebles, que me miran por encima del hombro. Quizás ellos tengan mas derecho de estar allí que yo.

Por la radio, suenan esos odiosos locutores, parece que no les haya importado madrugar en la vida. Pero claro que les importa, y mucho. Ellos me odian a mí.

Siempre bajo por las escaleras, para evitar que el reflejo del ascensor me escupa. Las 7 de la mañana no es hora de mirar a nadie a la cara, ni siquiera a uno mismo. Es mejor así.

Espero al autobús junto a los demás cadáveres, evito cruzar mi mirada con nadie. Ellos, al igual que yo, van y vienen del matadero. Allí no hay soldados, no hay patria, no hay fuerza ni honor. Solo gris. Todo es gris.

Subo al autobús y me siento, evito compartir mi asiento con nadie. Prefiero ser un cadáver cómodo.

Por el cristal veo otro cartel nuevo que reza “Se vende”. El país sigue desarmándose y lo peor, que ya nos hemos acostumbrado. El miedo y la apatía han domesticado a nuestra generación.

Todas estas almas muertas que viajan conmigo odian madrugar tanto como yo, odian el autobús tanto como yo, y se odian a si mismos, tanto como yo.


El autobús se detiene y todos nos bajamos. Yo me enciendo un cigarro y comienzo a caminar. A nadie le importa a donde voy. Mucho menos me importa a mi a donde van ellos. Pero será una suerte si mañana volvemos a vernos todos en el mismo autobús.