domingo, 25 de enero de 2015 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Pájaro flaco

El día había transcurrido como transcurren este tipo de días. Lo había desperdiciado, consumido como se consume un cigarro en una terraza, como muere la paciencia con el paso de los golpes.

Había regalado mi tiempo a un señor que me pagaba a final de mes con la peor de las sonrisas, había dormido hasta la saciedad, hasta que las sabanas se vuelven incomodas y dolorosas. Había abierto el grifo del agua caliente y había dejado que la maldad se convirtiera en vapor de agua durante un buen rato. Y el resto de mi tiempo se había ido rápido y sin mirar atrás, tan solo un portazo y de repente había que volver a empezar, pero un poquito más viejo, y seguramente un poquito más estúpido.


Quizás, en suma, sean mejores los días como este en que todo es liviano y nada perturba de gravedad a la persona. Supongo que tiene que haber más días así que de otro tipo para que todo siga su curso de ensayo, error y repetición. Un poquito de autocomplacencia, recoger la casa y a la cama. Mañana será otro día, y habrá que seguir con este show de marionetas envidiosas y desquiciadas que son capaces de soportar toda la mierda del mundo por tener días tranquilos como este. Que gran consuelo.


martes, 13 de enero de 2015 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Nota de año nuevo

Qué pena no haber sido consciente de la realidad cuando aún estaba a tiempo de elegir un camino en lugar de otro. Antes de que hubiera llegado ese momento en que el entusiasmo por lo nuevo fue enterrado en un nicho descolorido sin flores que den esperanza.

Lo cierto es que enseguida te encuentras cansado de estar cansado, y para eso no hay marcha atrás. Amas tu malestar, tu cruz, cada clavo de tu ataúd. Pensando que tu mierda es distinta a la de los demás. Un pensamiento que todos tenemos, un pensamiento que nos iguala a todos.

Quizás nos hemos tomado demasiado en serio nuestro papel en esta barraca. Y cuando todo ha empezado, no se puede parar. Quedas atrapado junto a tus líneas, que repites una y otra vez, disminuyendo el volumen de un año a otro.

De vez en cuando nos saltamos los deseos del guionista, y hablamos de nuestras ganas de huir de todos los sitios, en busca de nada, realmente. Solo por el orgullo de quien finge romper algo bonito, por orgullo de quien juega a ser superior. Y, cuando el juego nos aburre, volvemos a nuestro interior, muy contentos por haber alcanzado un nuevo nivel de angustia y soledad.


Al menos eso sí que es auténtico.