martes, 11 de noviembre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Perdonar y matar. Y así otra vez

Ser y considerarse un desgraciado es ante todo una de las mayores hecatombes a las que se enfrente un ser humano. Confesiones y desagravios, salidas deshonrosas para las mentes perturbadas que se embriagan con cualquier elixir, un poco de vino, del más barato, masturbación solitaria y cine de las más baja clase. No hay exhibiciones, no se muestran difíciles. Y, sobre todo, odio. Odio hacia todos. Y es que, en el mundo, hay mucho más odio a primera vista que amor a primera vista. Somos espíritus que se asfixian en la gran ciudad, o en el pueblo más alejado de las carreteras. Y así nos hemos condenado a no poder hablar en voz alta, conformándonos con farfullar y susurras nuestras pequeñas calumnias en voz baja, para que no molesten al resto. Nada que alimente el fuego, que corroa o que vulnere la conciencia de nadie. Puta paz interior para diestro y siniestro.

Y a raíz de la herida abierta que el lobo puede ver y lamerse, no sin dificultad, se toma la decisión de tatuarse el valor por bandera. Y el valor no consiste en perdonar, continuamente nos estamos perdonando gilipolleces unos a otros. Y obviamente no sirve de nada, ya que los desgraciados siguen siendo desgraciados perdonados, y a los hombres felices de las calles lujuriosas parece que les importa una mierda el perdón del último hombre de la fila de la sociedad.


No lo olvidemos nunca. Una de estas noches habrá que entrar en las casas de la gente feliz, cuando estén plácidamente durmiendo, y acabar con ella y su puta felicidad. Fin a toda esta mierda. Cuando amanezca al día siguiente no habrá que seguir hablando de la felicidad de esta gente horrible y sonriente. Por fin habremos conseguido acabar con la felicidad y tendremos la libertad de ser desgraciados cuando queramos y donde nos dé la gana sin que nadie nos señale. Un verdadero final feliz.


miércoles, 29 de octubre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Aunque sea, veamos la vida en diferido

Coche y carril, atravesando la autovía, asoman muros de autocomplacencia que rezan que segundas oportunidades nunca fueran buenas, como excusas de cobardes que no se atreven a tirarse al barro, como si limpiarse las heridas fuera algo que es mejor ahorrarse. Como si el corazón no estuviera hecho para romperse una y mil veces.

Y es que las esquinas susurran falsedades y cuentos de sangre sobre la arena. Pero las esquinas son mezquinas y saben poco de lo que hay que saber. Nunca cuentan que lo  cierto es que tan solo una o dos relaciones saldrán bien en la vida. Piénsalo, tan solo una o dos… Y el resto será una lista de nombres que se emborronarán con el paso de una serie de días desganados hasta ir desapareciendo, poco a poco, en el fondo de los océanos. Y los océanos saben de más, y cuentan que, en el resto de las relaciones olvidadas, está la verdad: Que lo más fácil es que ninguna relación salga bien. Nunca. Ni a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera. Que lo más probable es que no salga bien a la ninguna.

Pero el ser humano es harto conforme, y no se para a buscar lo que hay más allá de los tesoros del occidente corrupto. Y es ahí donde se nos olvida el “que una relación salga bien”. Como siempre, hemos corrido demasiado y hemos dejado atrás nuestro equipaje, bolsas, cepillo de dientes y zapatos incluido. Porque tenemos que marcar el trayecto de lo que significa que una relación salga bien. A veces puede ser morir junto a esa persona, y otras simplemente puede sea un mes de conocimiento y otro mes de desconocimiento.

Quizás esto sea más complicado que todo lo demás. Quizás debamos quedarnos en matar o que nos maten. Y seguir haciéndonos heridas de guerra que cicatrizarán antes de que nos metamos a la cama y cerremos los ojos. ¿Y mañana? Otro amanecer. Y otra guerra. Con suerte, claro.



lunes, 27 de octubre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Escrito con sangre y cristales

El pasado cambia de un día para otro, se mueve y repta por las mentes cambiando de forma y silueta. Y así los recuerdos se transforman en agradables o extraños, o ácidos, o dispersos. O tan lejanos que parecen imposibles.

Si eres capaz de alcanzar suficiente distancia entre lo que tu cabeza dice y lo que la realidad escupe, puedes ver con ojos ajenos y descubrir nuevos pliegues imprecisos de los que te saltas cuando todo va bien. O más bien cuando pretendes que todo vaya bien. Y es que la idealización de las relaciones que comienzan es tan poderosa como tú quieras que pueda ser. 

Aquellas indiferencias áridas, secas e ingratas, aquellas granujadas tan cínicas a las que excusábamos con las reflexiones más rebuscadas… Debían ser cosas del romanticismo y sus chifladuras, la pasión atontando las mentes otra vez más.

Solo cuando se ha evaporado el espesor que no dejaba ver con claridad, solo cuando eres consciente de lo cruel que puedes ser y que puedes no ser, es cuando ves las guarradas que tu débil pasado carga a sus espaldas, arrastrando por el desierto sin que nadie supiera de su existencia. El pobre diablo al que ocultas cuando hay visitas ha salido de su escondite. Y ahora lo tienes delante de tus narices.

Y es que basta con mirarse a uno mismo para hacer memoria de todos los desfalcos que hemos causado en vidas ajenas. Que todos nos creemos buenos y bondadosos. Todos. Pero no te confundas, deja que el viento congelado airee tu conciencia y saque toda la mierda. Mírate. Has asesinado la poesía, has escupido sobre quien amabas. No quedan misterios ni escondites. Hemos sido jodidamente falsos, seguramente por el simple hecho de que nos la sudaba, o quizás por algo más perverso.


El pasado te puede desvelar que eres un experto en disparar a quien amas por la espalda. Tan solo tienes que mirar bien.



martes, 21 de octubre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

El juego de tus vísceras

Y desde la perspectiva del espectador que ve y opina solo para sus entrañas, la vida se desarrolla siempre con total normalidad, sin movimientos bruscos ni alfiles que se salgan del tablero. Simplemente entras en las vidas ajenas, juegas con sus vísceras un rato y después te vas, o te echan. Tendrás suerte si al menos te dejan elegir. Y tras todo eso, no queda rastro alguno de las intersecciones que una vez blandieron sonrisas, o lágrimas, o sexo, o grima. Hojas en blanco que no se pintarán de acuarelas ni sensaciones. Tal solo llevamos encima un puñado de besos que ya hemos calculado un millón de veces, de caricias que ya prediseñamos en la juventud y sabemos que funcionan siempre igual. Tan solo eres mi mentira número un millón. Y deberías alegrarte, al menos no eres la un millón uno. El pan y el aceite con el que entretenemos nuestra vida y las ajenas.


Patalea si no lo crees así. Grita a los pocos vientos que queden y quéjate. Nadie te escuchará. Adelante, inténtalo, a ver si alguien reacciona. Pero no lo conseguirás. Esto consiste en empujar la vida como buenamente puedas, de un sitio para otro, o dejarla apalancada en la silla de tu ordenador. Tirar de los días y de las noches, tirar de las mujeres que te gustan. Tirar de tu cansancio. Y sobre todo, consiste en no escuchar. La vida hace mucho ruido y no merece la pena escuchar el ruido de los demás. Y cuanto más grande se hace todo, es mucho peor. La vida nos la suda.



martes, 14 de octubre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Lucidez indecente

Y en medio de la nocturnidad ininterrumpida de las tormentas que revolotean por mi cabeza quebrada y maltrecha, un viento puede venir y expulsar las manos que ahogan, al menos durante un breve amanecer. Entonces todo vuelve a parecer fácil y cristalino, dócil. Todo cambia de posición, una alegoría planetaria que una vez cada mil años decide equilibrar la traslación de nuestras vidas.

Ese maldito mundo malintencionado se muestra débil como nunca lo habías visto, una pequeña pelota que puedes empujar al acantilado sin ayuda ni rescate. La puedes insultar, maltratar… Quizás sea el momento perfecto para dejar de pensar en los triunfadores de la vida, los que vencieron y se reflejan desde su trono reprochándote lo mucho que te queda por sufrir, mientras su cetro hace mover a conocidos y extraños. Tal vez puedas tocar con los dedos todo aquello que poseen.

Y es que la vida del perdedor no es más que un largo descenso por las laderas del rechazo, soñando con llegar al suelo de una vez y olvidar allí todo lo pasado. Pero nunca llegas al final del precipicio.

Y a pesar de ver con lucidez el problema y la solución, mi voluntad se vuelca a cada viento que sopla por los cuatro puntos cardinales, quizás por culpa de coger y reparar los sueños que me encuentro por las aceras y dejarlos volar, para quedarme solo de nuevo. Quizás por eso mi conciencia tiene grietas por las que se filtran la podredumbre y la desidia.


Tendré que esperar la ceguera para empezar a ver un mundo feliz.



jueves, 9 de octubre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Demencial cordura

La paz y el bienestar es algo que nos inventamos nosotros mismos, algo irreal, un estado hipnótico muy lejano. La vida es lo otro. El desengaño constante, el llanto y el amor y el odio, que a fin de cuentas es lo mismo. Lo real es mirar constantemente esos ojos que te regalan lo mejor o lo peor, y nunca a partes iguales. Es mecerse en ellos a su antojo una y otra vez mientras afuera llueve, llaman a la puerta o amanece. Apenas importa. Lo real puede ser que de camino al trabajo un desenfadado animal se te cruce en la carretera y los dos terminéis de discutir con vuestros semejantes para siempre. Al menos así quizás se termine el dolor que no se cura con pastillas, los encuentros que nunca llegan a ocurrir o las palabras que se pierden porque no tiene la fuerza de ir a ningún sitio. 


Eso sí que es paz. 


jueves, 25 de septiembre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Un trozo de papel con olor a sudor de fábrica

Que no. Que la vida no es un ente con un objetivo para ti, ni pretende enseñaros nada. La vida no te putea, no te da lo que te mereces, sea bueno o malo. A la vida se la suda que aprendas de tus errores o te sientas mal porque tu moral te condena. A ella le da igual que te mate un camión o tropieces con la misma piedra una y otra vez. La vida no ha preparado un astuto plan para que el sacrificio te lleve a lo más alto, o para que cuando tu novia te deje, aprendas una valiosa lección. La mierda te envolverá una y otra vez, y te aseguro que no aprenderás nada de ello.

Y es que todos tenemos los mismos problemas, aunque nos creamos diferentes a los demás, tenemos más bien poco de originales. Somos todos la misma mierda que danza para arriba y para abajo mientras nos reímos con la boca abierta y dejamos que se nos vean las caries allá donde vamos.

Y mientras empujo el traspalé de una punta a otra del almacén pienso en mis otras vidas y  me pregunto porque no soy yo un afamado pianista o un juez de los que luchan por las jodidas causas justas, aunque no me importen. Porque no robaba bancos, o, simplemente, no hacía nada. Solo preocuparme de mantener la nevera llena de cerveza y de que las pulgas no invadieran mi cama. Porque no podía ser simplemente una parte más de la inmensa nada que ahoga y afloja, y así otra vez.


Y si la vida no quiere nada para mí, que alguien me explique qué importancia tiene ser un hombre de éxito o lamentarse bajo un techo con goteras. Si alguna de las dos opciones me rescata de la cobardía y la monotonía, que venga aquí y llame a la puerta. Estaré despierto hasta tarde.


lunes, 15 de septiembre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Muerte y transfiguración

Vaciar de sentido la manecilla del reloj que ata tu cuerpo a la realidad. Así he decidido pasar mis días en esta tierra bendecida y maldecida con la incomunicación. Ganar la carrera a la muerte y la transfiguración de las entrañas para mirar el otro lado de la línea que separa la virtuosa fantasía del cielo y las rejas. Y el pasado, que antes me parecía encarcelado y limitado, ahora esta bañado en un ocre infinito. Casi milagroso. Es por ello que odio lo que no conocí entonces, por odiar lo que ahora seré incapaz de conocer.

Aquellos duros golpes que me proporcionaba el aire ennegrecido, transgénico y ruidoso ya no duelen ni hacen ruido. Pasan de puntillas por la habitación donde antes hice vida, y que está desnuda ahora. Aquella intoxicación no era sana, no era salvaje ni libre. Pero al menos era mía.


Y no os voy a mentir. Escapar de tu vida tal como la conoces es del todo estimulante y te permite ver más lejos, más nítido. Que si joder. Que el Sol brilla y los pajaritos cantan. Eso está muy bien. Pero nunca he querido eso para mí. No sabría cómo apreciarlo.


domingo, 7 de septiembre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

La vida no es un lugar seguro

Imagino una plaza, coronada por un enorme árbol que creció luchando contra las inclemencias, igual que ellos. Sin saber muy bien si lo hacían bien o mal, si estaban cumpliendo sus sueños o solo veían el mundo correr más y más rápido a su alrededor. Pero ahí estaban, como estamos todos en medio de esta jauría de horas, minutos y segundos. Como estarán los que vengan, si es que vienen.

Puedo imaginarme sus miradas prohibidas. Las ventanas abiertas. Los arcos del triunfo riéndose de ellos. Veo que él está sentando en un banco gastado por generaciones de imberbes atrevidos y pequeñas declaraciones de intenciones. Y como ella se acerca a él por el camino de piedras ocres, sucias, muertas. Con la ilusión que produce la ignorancia y el desconocimiento de lo que está por venir. Todo es perfecto antes de saber, de conocer. Todo es perfecto cuando es inventado.

Están empezando a crear algo. Noviazgo, matrimonio, niños, hipoteca, gritos, platos contra el suelo, portazos y lagrimas que se escapan por el balcón, y soledad. Maldita soledad. Y él sabe que la querrá para siempre, y ella que nunca haría nada que le pudiera molestar. Pero lo que no saben es que son dos estúpidos críos que están a punto de joder sus vidas.

Ojala pudiera estar allí, y decirle a él que pare este desastre que está a punto de desatar. Que jamás saldrá bien y que solo traerá sombras y mierda a su alma. Que nunca podrá cumplir sus sueños. Y que sus metas quedarán encarceladas junto a él en una casa sin esperanza de resucitar. O acercarme a ella y decirle que hará cosas que jamás creería que sería capaz de hacer, maldades dignas de aquellas chicas a las que siempre criticaba, daño a quien más quiere. Que no será amada y poco a poco olvidará lo que significa sentirse protegida. Que él será todo lo que odia de un hombre, y que deseará desaparecer. Ojala pudiera decirles a ambos que el amor nunca estuvo allí donde ellos creyeron encontrarlo.


Pero ahora no se puede hacer nada. El pasado está escrito con fuego y no se borrará. Tan solo me queda fantasear. Eso es lo que me queda. Fantasear. Ellos debieron esperar a que estuvieran listos para empezar. Aunque, no sé, quizás nunca se esté listo para empezar.


jueves, 28 de agosto de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

La cara oculta de la Luna

Tras un pacto secreto y tácito con la dirección de su cuerpo, ella se mudó. Conocedora de los secretos que el invierno guarda a quien se deja caer en la nieve, de aquellos que se abandonan y confían en que otro incendio reconstruya lo que nadie pudo, ella no cayó en esa trampa. No otra vez. Ella supo como vencer la eterna gotera de soledad que salpicaba a unos y otros sin permiso ni hora de cierre cuando Roma arde y comienza el sálvese quien pueda.

Y cuando se apaga el fuego de las bellas letras y los platonismos desfigurados a base de golpes de realidad, solo queda humo. Y ese humo es tu eterno compañero allá donde vayas, quieras o no, te acompañará allá donde decidas crear nuevos incendios. Pero ella no tuvo miedo, y lo aceptó como un soldado que luce con máximo orgullo su herida de guerra. Porque hay guerras que tienen sentido, y paces por las que merece la pena morir.

Al fin y al cabo, los sueños están hecho de eso, de silencios que sirven para generar primaveras, de abrazos en voz alta, de escalas furtivas por las habitaciones de tu cuerpo y trenes que siempre están a punto de salir, pero que esperan a que hayamos llegado todos. El resto es poco más que un ilusionismo a base de espejos y gente que vive con los ojos cerrados, chocando continuamente y lamentándose de su triste existencia.

Ella siguió el camino que recordaba de su paso por el mundo, el de los veranos nada ingenuos y las personas artificiales, un pack que incluye noche y desayuno, pero con desalojo programado. Para evitar engancharse en el engranaje de esta partida damas (y caballeros), escondió el corazón entre los nudos de su pelo. El truco perfecto para tirar por el retrete a todos los Don Juanes que al amanecer siguen tan enfermos de soledad como tú o como yo. Porque hay una gran diferencia entre tener ganas de acostarte con una mujer, y tener ganas de amanecer junto a ella. La luz que arroja el prisma desagrada según como tengamos el ánimo, según las órdenes que nuestras tripas no tengan reservadas para cada momento.

Puedes engañar a tu estómago, a tu madre o incluso a tu peluquero, pero no puedes engañar al corazón. Y tarde o temprano tira de ti y te arrastra porque quiere volver a formar parte de la locura colectiva, de la compra y venta de sentimientos en la plaza mayor.

Quizás fuera por el miedo a repetir el desgastado pasado, o por miedo al futuro (que seguramente sea lo mismo), o tal vez porque simplemente la casualidad y las circunstancias así lo dispusieron así, aunque lo dudo. Pero lo cierto es que la protagonista de nuestra historia perdió alguna de sus batallas, pero siempre contra causas perdidas. La imposibilidad de la acción era la mayor motivación para ella, el único momento en que bajaba la guardia y se permitía mostrarse vulnerable. Era en esos momentos cuando podía ver perfectamente a aquella astronauta que daba volteretas en el césped.

Ella quería lo que no podía poseer. Ella quería perderse en el bosque. Pero no la dejaron. Parecía que quería lo intangible, para estar segura de que todo saldría mal y entonces no tener nada por lo que preocuparse. Una carrera a contracorriente de uno mismo sin meta, ni punto de salida. Sin carrera. No es felicidad ni es tristeza. Es otra fase distinta, una fase de vacío que ellos no consiguen encontrar en ella. Como decían nuestras viejas canciones, el problema era encontrar a alguien que volviera a ser como nadie. Malditas sean nuestras canciones, porque nunca miente.

Como diría Vetusta Morla, esta historia no tiene ni principio ni final, solo lo que he querido ir contando.





sábado, 23 de agosto de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Entre botellas llenas y mujeres vacías

Por las ventanas de la cocina entraba un calor pesado, seco, áspero. Un invitado descortés y maleducado que se instalaba por toda la casa, como un huésped más. A mí no me importaba invitarlo a un café, que me contará como le había ido el día, o que le apetecía para cenar. Había espacio de sobra para los dos en mi hogar vacío.

Había hecho las paces con mis entrañas. Por fin. Durante más de cien años seguí el camino de baldosas amarillas sin darme cuenta que no había baldosas, ni guerra ni victoria. Luchaba sin ejército contra un fantasma que siempre me vencía. Al menos he sobrevivido, pero no me preguntéis como lo he conseguido, porque no está nada claro.

Por la radio sonaba una canción antigua, de esas que recuerdas desde siempre, pero no sabes cómo ha llegado a tu memoria. La mujer que cantaba creyó oportuno sacarme de mis paranoias y romper el silencio de mi cocina con aquella oda que hablaba sobre la soledad. Cualquiera habría llorado en ese momento. Pero las lágrimas tenían un sabor distinto. Más dulce que agrias. Bendita dulzura…


Ahora mi deporte favorito es desayunar fuerte y atiborrarme de sueños para soportar la solemne estupidez de los hombres, de las calles y de los autobuses, hasta que llegue la noche. Es entonces cuando me dejo llevar por los delirios del alma y salgo a la calle con la satisfacción de comprobar que mis demonios y yo estamos más únicos que nunca. Entre botellas llenas y mujeres vacías.


lunes, 11 de agosto de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

La sonrisa torcida

Es realmente ingrata la pintoresca actitud de la gente al irse a la cama. Todos los alegatos, el ímpetu y la palabrería se vienen abajo cuando se hace de noche y se tumban en su colchón. Las formas, la elegancia. Puto postureo. Allí importan una puta mierda las guerras del otro lado del continente, las decisiones de los politiquillo de turno o el hambre que pase tu vecino. Cerrado por descanso.

Duermen de cualquier jodida manera, perdiendo la dignidad que tanto se empeñan en mantener delante de ti. La conciencia tranquila y el sueño profundo. Y yo cada día duermo menos y peor. Todo es peor por la noche. Turbio. Confuso. Sé de más. Pero no lo que tengo que saber. Y así paso las horas, tumbado al lado del insomnio, mientras me susurra todas las cosas que nunca podré ser.

Y te preguntas que harás mañana para seguir hacia delante. A quien le robaré las fuerzas que no tengo para aguantar un día más, y después otro. Y otro.  Como podré seguir metido en la marea humana que se mueve por inercia hacia donde lo hagan los demás, para seguir con esos millones de proyectos que nunca termino, para sacar la cabeza y respirar, aunque sea una vez.

Al final, terminas convenciéndote de que el desanimo es más fuerte que tú, y caes derrotado noche tras noche con tu mejor amigo compañero, Insomnio, a los pies de castillo. Basta de asedio por hoy. Mañana será otro día. Ahora duerme. O haz como que duermes.


Pero los días son finitos, son traidores y maleducados. Te amenazan con que un día terminaran. Tu locura y delirio muere con los días, marginados en un rincón al que nunca tienes pensado regresar. Esa es la verdad. Y es una maldita agonía. De modo que solo puedes morir, o engañar. Y de la muerte no sé nada.

martes, 22 de julio de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Paraíso en rebajas

Se hicieron promesas, se rompieron corazones. Esto siempre funciona igual. No importa la persona, el modo o el verbo. Solo importa el cómo, el momento exacto, el puto lugar donde todo pasó.
Un libre y macabro albedrio que nos lleva dando bandazos a través del infierno o del paraíso. Depende del lado donde haya caído la moneda. Cara o cruz. Depende de la casualidad.

Vivimos en la tierra prometida, durante algún tiempo. El peregrinaje perfecto para dos locos. Pero ahora, la tierra prometida esta en rebajas, y los buitres aprovechan para descuartizar nuestro jardín. La felicidad no era una opción, solo la encontramos por casualidad. Y la perdimos de la misma manera.

El hambre ha entrado por la puerta. El amor ha salido por la ventana. Y ahora, todo es trágicamente imperfecto. Como una cerilla que se encendió y aguantó el temporal, pero tiene miedo que ser tan solo ceniza ahora que se acerca el trágico final.



viernes, 18 de julio de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Enfermo de soledad

Amanezco. Más muerto que vivo. Será por las copas de más que tome anoche. Será por el vómito que deje al lado de la taza, que me mira con desaprobación. Incluso él me juzga. Lo veo lógico, en estos momentos, es más persona que yo.

Mi estómago se ha dado la vuelta para no mirarme más. Joder. La ceniza invade mi habitación, ha conquistado su territorio en medio de esta pequeña muerte que sonríe cuando me miro al espejo. Bravo, lo has vuelto a conseguir: me odio.

Si tengo que ser sincero, siempre me quejo de la falta de compañía, pero si tengo que ser más sincero aun, no quiero compañía ninguna. Porque os odio. A todos.

Porque soy un crío que juega. Juego a que quiero tu teléfono. La gran aventura de ir a la discoteca y gustar a una persona en tan solo dos minutos. ¿Te has fijado en mí? Estupendo. Es como buscar en la basura un poco de cariño que alguien tiro porque le sobraba. Recogerlo y usarlo hasta que se gaste. Y dura eso, dos minutos. Después vuelves a mirar y no queda nada. Porque no te llamaré jamás. Ni tú quieres que te llame. Eres tan víctima como yo de este crimen desalmado de indiferencia indiscriminada.

Hace ya mucho tiempo que se terminaron mis ganas de comerme el mundo. Porque querido, tú no le gustas a nadie. Eres feo y tu madre te viste mal. Pero has visto en los anuncios de televisión que tienes que sonreír, sonreír siempre. Es la única manera de que alguien se fije en ti. Y no os voy a engañar, alguna vez sonrío con fuerza. Sonrío porque ella, una vez, me dijo que era el mejor. Y ella era como Cleopatra incitando a Julio César a conquistar el mundo, sabía convencerte. No sé cuántas veces podré recordar aquello y sentirme el hombre más fuerte del mundo, pero mientras pueda, seguiré repitiéndomelo.

No me juzguéis. No soy un iluso. Todo lo contrario. En el fondo de este pozo de mierda en el que vivo veo la terrible verdad que me atormenta por la noche y desayuna conmigo a la mañana siguiente: No hay sensación más dolorosa que la de ver como otro hace feliz a la persona que amas.

Y así es como esto terminará. Esa será la frase que pondrán en mi lápida. Mientras tanto, me seguiré engañando como mejor pueda.


martes, 15 de julio de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Europa se congela

Europa se congela. Los más absurdos dicen que el invierno se acerca. ¿Y a quien le importa todo ese circo? Ciertamente, Europa seguirá donde está cuando tu desaparezcas. 

De todas formas, a mi no me va luchar por las buenas causas. Por las otras tampoco. A mi me va la apatía, pudrirme bajo el imponente sol manchego y acercarme al paro cada tres meses. Lo mio es navegar en un mar de odio que se hace mas profundo a medida que aprendo. Y quizás un cigarro más. Eso estaría bien.

Querida civilización occidental: Quiero que sepas pase lo que pase con mi vida, si consigo morir a 10 Km de donde nací, lo consideraré como una victoria.




viernes, 11 de julio de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Lo malo y lo peor

¿Acaso no lo veis? La mayoría de las personas que han llegado al cuarto de siglo ya están acabadas. Ya han escogido el camino para su futuro simple y acomodado. Se conformaron con elegir entre lo malo y lo peor, hasta que al final no queda nada.

Tenemos un maldito país lleno de gilipollas que conducen coches como locos, que comen hasta reventar. Tenemos un país de niños que traen otros niños al mundo, niños que pegan a sus profesores, que votan sin criterio y que solo salen a la calle cuando el fútbol lo pide. Un país de niños, al fin y al cabo.

Cada vez tengo menos interés por todo esto. Parece que nada vale la pena. Y lo peor es que no sé cómo voy a escapar de aquí. Veo sus caras, a pesar de todo, algo les ha engañado lo suficiente para que piensen que la vida tiene algún aliciente para seguir andando hacía la nada. Es como si ellos comprendieran algo que a mí se me había escapado.

Tarde o temprano llega el momento de empezar la huida. Solo me falta saber hacía donde. Pero una cosa esta clara: No me dejarán huir tan fácilmente. Ya lo intentaron otros y fracasaron. Al menos no tuvieron que elegir entre lo malo y lo peor. Quizás con eso, sea suficiente.


jueves, 3 de julio de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

The End

Filosofar es otra manera cobarde de tener miedo a la vida. Solo conduce a simulacros de un insignificante que duerme.

En realidad, no hay mucho que explicar de la vida. El mundo solo sabe matarte poco a poco mientras tu duermes y dejas en manos del destino lo que solo tu puedes hacer. Y esa es una muerte muy tonta, pero como la de todo el mundo.

Confiar en las personas es ya dejarse matar un poco.

Al menos, en mis pesadillas estoy a salvo.




lunes, 9 de junio de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

El fin del día

En este lugar el desierto ha conquistado el paisaje. Me retuerzo entre la arena, que araña el sentido de mis acciones, se lleva mi melancolía a lo más hondo, y me deja sin nada. Nada. Es triste que no haya nada, ni ruidos, ni voces, ni roces, ni melancolía. Nada. Es triste. Y no es triste. No es nada.

No puedo volver a casa, no encuentro el camino que una vez seguí. Debí haber dejado un rastro de hojas arrancadas de poemas que una vez fui. Tampoco quiero volver a casa. Ya no estoy allí. Ese no soy yo.

Ya he muerto muchas veces en vasos de aguas, pensando que sabía nadar. Mirando el techo de mi habitación, agujereado y dolorido, pidiendo a gritos su salvación, esperando morir en la cruz, esperando susurros en la oscuridad.


Finalmente, disparé al Sol. Y entre la penumbra que dejo el astro moribundo, me senté, rodeado de sus restos. Y no debería moverme más. Debo quedarme aquí. Al lado de los trozos de Sol muerto.




jueves, 22 de mayo de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Las pulsaciones del alma

Las calles están abiertas de par en par, llenas de gente con la boca abierta que habla y habla. Pero no dicen nada. Sus sordas palabras invaden hospitales y supermercados. Se deslizan por los adoquines, llegan hasta el fin del mundo. Y mueren sin que nadie las escuche.

Yo ando de puntillas entre vosotros. Con la boca cerrada, dejo que mis gritos se retuerzan en silencio en mi interior. Dejo que se vayan amontonando, hasta que no me dejen respirar, hasta que muera ahogado. Quizás sea una buena solución, o quizás de lo mismo.

Apago la televisión, apago la luz, apago al mundo, le doy a espalda a todo. Son demasiadas palabras.

Más allá de la oscuridad, aún con los pulsos de mi alma apagados, te veo. No necesito que me hables, puedo leerte a través de tus cicatrices. No es sencillo, muchos han muerto en el intento, entre palabras que no acertaron.


Es complicado de explicar con palabras, es frágil, corre el riesgo de romperse. Dejemos que pase y no nos preguntemos el porqué. Es mejor así. Siempre lo fue.


viernes, 16 de mayo de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Olvida la paz interior

Parece que estamos en el mundo para aceptar respuestas prefabricadas sobre como los dioses te salvaran cuando ya hayas muerto. Parece que debemos acostumbrarnos a los latigazos, hacernos mayores cuanto antes y luego querer volver a ser joven. Para arrepentirnos de las cosas que no hicimos o no debíamos hacer. Estamos aquí para ir al cine y salir quejándonos de la mierda de película que hemos visto. Y volver al cine a la semana siguiente.

Parece que hay que consumir drogas para resistir el ritmo de la vida, trabajar 8 horas al día y sentirte afortunado. Tener ropa de entretiempo en tu armario por lo que pueda pasar y una mentira en el bolsillo para no ofender a quien quieres. Dormir 8 horas y tener una maldita dieta equilibrada.



Yo quiero estar en el mundo para beber cerveza y para fumarme un cigarro. Para no ser consciente de nada en absoluto y bucear en lo absurdo. Para olvidar la paz interior y vivir mi vida de tal manera, que la muerte tiemble cuando venga a buscarme.


miércoles, 7 de mayo de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

El resto de almas muertas y yo

Suelo levantarme antes que el propio sol con la odiosa sensación de que el resto del mundo sigue durmiendo. Los odio.

Camino a oscuras por mi casa buscando el cuarto de baño, palpando las paredes en un patético baile en el que siempre tropiezo con los mismos muebles, que me miran por encima del hombro. Quizás ellos tengan mas derecho de estar allí que yo.

Por la radio, suenan esos odiosos locutores, parece que no les haya importado madrugar en la vida. Pero claro que les importa, y mucho. Ellos me odian a mí.

Siempre bajo por las escaleras, para evitar que el reflejo del ascensor me escupa. Las 7 de la mañana no es hora de mirar a nadie a la cara, ni siquiera a uno mismo. Es mejor así.

Espero al autobús junto a los demás cadáveres, evito cruzar mi mirada con nadie. Ellos, al igual que yo, van y vienen del matadero. Allí no hay soldados, no hay patria, no hay fuerza ni honor. Solo gris. Todo es gris.

Subo al autobús y me siento, evito compartir mi asiento con nadie. Prefiero ser un cadáver cómodo.

Por el cristal veo otro cartel nuevo que reza “Se vende”. El país sigue desarmándose y lo peor, que ya nos hemos acostumbrado. El miedo y la apatía han domesticado a nuestra generación.

Todas estas almas muertas que viajan conmigo odian madrugar tanto como yo, odian el autobús tanto como yo, y se odian a si mismos, tanto como yo.


El autobús se detiene y todos nos bajamos. Yo me enciendo un cigarro y comienzo a caminar. A nadie le importa a donde voy. Mucho menos me importa a mi a donde van ellos. Pero será una suerte si mañana volvemos a vernos todos en el mismo autobús.


miércoles, 23 de abril de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

La Muerte es una Bella Arte

Hablo de cuando se equilibra el caos de tus entrañas y eres capaz de amanecer cada mañana con la cabeza vacía de pensamientos. De cuando esnifas la insípida tranquilidad de los días “normales” frente a un espejo que no te está mirando. Es en esos días mis venas se inflaman y enferman de miseria y hastío.


Cegado por la fiebre que me produce esta vida desteñida, superficial, limpia y aseada, me dejo caer por las grietas de mi habitación, inmerso por el éxtasis de la destrucción de supermercados e iglesias, o incluso de mí mismo, de cometer todas las estupideces que estén a mi alcance, escupir sobre todos los falsos ídolos, ahogar en la bañera al mundo hasta que deje de respirar.


Porque no hay cosa que me reviente más que la falsa paz interior, la ingenia satisfacción, lo saludable y confortable, lo mediocre, lo normal y corriente. No soportaría terminar siendo una persona al uso, para todos los públicos y sin subtítulos. Jamás.

"No te quedes; vete. Vive y después di que el favor de un loco te dejó vivir"



miércoles, 9 de abril de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Presidentes y veranos muertos

Dicen que debo dejar de beberte. Que debo dejar de fumarte. Y es que frecuento amargas cervezas que siempre están por terminar. Mirando el fondo del vaso, rezo al huracán con la garganta muda de quien vive entre lluvia y la caza. Un apocalipsis anunciado que, dicen, no puedes ignorar. Bah. ¿Que coño sabrán las calles de nosotros? Absolutamente nada.

Yo lo sé. Y tú lo sabes. Entre el valle lunar y el mar incauto, veo presidentes y veranos muertos que trafican con palabras de amor que solo saben tirar a la hoguera en un vago intento de evitar que el silencio les hable.

Ellos no saben que la oscuridad del silencio es la candela que mas ilumina en este paso. Ellos no ven nada. Tu y yo si.

Yo seguiré bebiéndote. Seguiré fumándote, mirando de frente a todos los seres que se descubrieron muertos para mí cuando comencé la caída libre por esta espiral que ya hace tiempo que me convenció para dejarme arrastrar y no oponer resistencia.

No creo que deje de pensar que aún podemos juntarnos a medianoche, resucitar durante un momento al verano y derrochar tanta luna menguante como queramos. Pero tendrás que bajar hasta lo más oscuro junto a mí.

Y es que los corazones se rompen continuamente. Pero ellos no saben que seguramente, el corazón, este diseñado para ello.



miércoles, 26 de marzo de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Hay esperanza en la deriva

Cubierto de polvo y ceniza, escapé del estallido del volcán. Con el paso lento del que sabe que está condenado a muerte, camino de su perdición. Con la paz interior rota, y las tripas en la mano. Pero escapé de allí. Ni sano ni salvo. Pero lo conseguí.


Como un soldado que vuelve de la guerra, ya no soy capaz de imaginarme inmerso en esa estabilidad exasperante, donde todo el contenido del ser humano se coagula en medio de una borrachera masiva de paz y armonía, un mundo de jaulas que salen en busca de un pájaro a quien encarcelar, quizás por un tiempo, quizás por bastante más.
Aquí dentro ha cambiado el sentido de los instintos. Se han destapado como unos animales que aprendieron a vivir sin ver la luz del sol, rodeados de caos, que terminó por engullirlos.


Digan lo que digan, este proceso ocurre gradualmente. Te diriges hacia la deriva, pensando que siempre podrás remar hasta la orilla si algo sale mal. Y mientras te dejas arrastrar por la corriente, notas como tu amor propio te dice que esta, oficialmente, listo para abandonarte. Y, realmente, aquello fue agradable.


Quizás lo que más se necesite para vencer, sea el miedo. Por mi parte y desde entonces, nunca he deseado otra cosa que miedo. Porque entonces sabrás que, el día que menos te lo esperes… Tampoco pasará nada. Y eso es maravilloso.


sábado, 1 de marzo de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Vuelve a casa soldado, la guerra ha terminado

El vértigo del oleaje vuelve a amenazar con derribar la línea divisoria que separa mi cordura de la tuya. Un chispazo despierta mi mente al oír tu voz por las calles de esta cárcel de humo y frío. Puedo ver tus alas rotas jugando otra vez al accidente, guiñando un ojo al choque frontal que lo destroce todo.


Y yo quise cambiarte, pero es obvio que fuiste tú quien me cambió a mí. Ahora entrego lo que queda de mí a las noches de humo y palabras. Y siempre vuelvo de allí con la misma conclusión. Pero no importa, seguiré haciéndolo.





lunes, 17 de febrero de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Con trampa y cartón

El ser humano siempre estará lleno de odio y rencor, de traición, de una pútrida capa de estupidez tan profunda que le llevará a fracasar una y otra vez, repitiendo su patética historia en bucle hasta el final.


La vergüenza ajena, la falsa soledad, la ilusión sin futuro. Todo está dirigido sobre vías de tren que se ríen a nuestro paso. Porque seguimos creyendo que un día tomaremos el timón de nuestra vida, de nuestros actos. Huiremos de esta existencia que tanto odiamos para hacer lo que realmente habíamos querido. Y no hay nada más patético que engañarse de esa manera.


Siempre habrá dinero en manos sucias. Siempre habrá borrachos, peleas, amor y odio jugando al escondite de manera ingrata. Siempre huiremos del pasado, de cama en cama, buscando alguien nuevo con la luz apagada, con los ojos cerrados. Nunca faltarán maridos que beben demasiado, esposas que estrellan vasos contra las paredes…



Siempre habrá muchos poetas y poca poesía. Mucho loco y poca locura. Y es que hay que tener cuidado, o podríamos acabar cuerdos.


lunes, 3 de febrero de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Nada crece si no come

Siempre de camino a algún sitio, dejando que mis huesos carguen una serie de victorias y derrotas de las que no he aprendido nada, como si hubiera salido indemne de todas ellas. Sigo luchando contra el olvido para recordarlo todo, para no perder el objetivo. En una lucha perpetua y sin sentido por estar entre tus brazos o a tus pies.

Bebiéndome mi propia alma cada noche para no tener que escuchar lo que me dice, para que las sombras no tomen forma y pueda seguir en esta lenta huida hacia ninguna parte, intentando escapar de mi mismo una noche más.
  
No hay más que hacer, ni existen luchas ni hay propósitos. Solo saborear el sucio asfalto donde caen los vencidos mientras miras la brillante luna, allí en lo más alto, coronando el paraíso. Con la certeza de que los demás se equivocan en su búsqueda de algo más, de lo que sea. Se equivocan. No hay nada que encontrar que les salve de la inevitable caída.

Creo que simplemente, con seguir siendo capaz de aplaudir y mirar hacia otro lado, es suficiente.


“No quiero ni tu éxito, ni tu falsa proyección de éxito en todo momento”


miércoles, 22 de enero de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Este mundo esta acabado. ¿Cuando empieza el nuevo?

De modo que irremediablemente y en contra de mi voluntad, era así. La guerra fría había comenzado hace mucho, y para cuando me di cuenta, ya me habían disparado. Parece ser que estaba equivocado, aquí se dispara sin preguntar… Sálvese quien pueda.

Aquello me exploto en la cara, como una bocanada de aire que estuvo siempre ahí. Aunque nunca me atreví a mirarla a la cara, ella había comenzado su conquista, estaba arrasando con todo mi mundo mientras yo miraba para otro lado. Pero ya no había vuelta atrás, acababa de chocarme de frente con la guerra.

Simplemente, mira atrás y a los lados. Podrás ver que todos estamos en guerra, chocándonos unos con otros sin control, destrozándonos entre todos, ardiendo. Vamos a acabar todos bien jodidos, tu y yo, con nuestras murallas, nuestros cuentos, nuestras mentiras y nuestros secretos que tan bien sabemos defender en tiempos de paz.

De la guerra nadie sale vivo. Todo lo demás, simplemente son palabras. Palabras de un niño que crece con miedo. Quizás el problema sea confiar en lo que no conoces, confiar en el ser humano, y vivir con miedo.

No volveré a creer nunca lo que dicen, lo que piensan. Del ser humano, y solo de él, es de quien hay que tener miedo. Siempre.


“Soy de esa generación que ya nació sin fe. Vivimos enfadados y no sabemos porque”


martes, 14 de enero de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Vivir y olvidar a la vez son dos rutinas

Puedes levantarte de la cama tan optimista como desees. Y subir la persiana de tu habitación para dejar que la luz de la mañana te de los buenos días. Puedes tomarte un café y sonreír a tu familia. Puedes intentarlo si lo deseas. Y deberías hacerlo, desde luego. Si eres lo suficientemente dócil, puedes incluso engañarte a ti mismo y pensar que todo marcha bien. Pero nada más lejos de la realidad.

Seguimos siendo los mismos seres legañosos  y tristes que se montan en el ascensor todas las mañanas, y que evitan ver su reflejo, por miedo a que les diga la puta verdad. Aterrorizados por la simple vida, huimos del hambre, del frio, del calor, de las úlceras y de la soledad. Pero no llegaremos muy lejos. El mar nos impide seguir adelante.


No cambiamos de dueños, ni de opiniones, ni de calcetines. O lo hacemos tan tarde que no vale la pena. Hemos nacidos fieles, y explotaremos de fidelidad si es necesario. 


lunes, 6 de enero de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

El mundo es mi cenicero

Me niego a ser una persona tranquila. No volverá a pasar. Me niego a seguir el sendero que el conformismo va dejando a su paso, donde, en la cuneta, puedes ver el rastro de los cadáveres que siguieron el camino ya marcado, y de los que ahora nadie se acuerda. No tienen nombre ni apellidos. No acabaré ahí.

Me niego a volver a sentirme un muerto depositado a orillas del mar. Otra vez no. Me niego a volver a coger un paraguas cuando llueve, ni a abrigarme si el hombre del tiempo ha dicho que hará frio. Me da igual. No volveré a colgarme de tus mejillas. No más paz de espíritu y conciencia, no volveré a dejar que mi vida este prefigurada por una estabilidad sin tensión ni sacrificio constante.

La vida no es un puto ajedrez. Aquí nadie está en igualdad de condiciones.



El mayor miedo que tenía era que hiciera su aparición la vida real y que la función se acabase. Ahora sé que voy a morir, de modo que viviré como si fuera inmortal.