martes, 5 de mayo de 2015 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Asesinando atardeceres

No me queda ni un “sí” que dedicarme a mí mismo. Concesiones de un hombre condenado a muerte al que se le han pasado todas las ganas de conocerse. No vi nada bueno que aprovechar entre los restos que van dejando conocidos que pasaron a ser extraños como por arte de magia.

La realidad se abandonó ante la terrible frecuencia que emiten tus aullidos desde habitaciones ahora tan lejanas que casi no puedo recordar. Y yo me abandoné con ellos.

Los días no son tan salvajes como antes. No. Los días ya no dan para recuerdos. Y no tengo planes para mí. No sabría decirte que quiero hacer. De hecho, no hago nada. Solo cojo piedras para ponerlas en mi camino y fingir que caigo y me vuelvo a levantar. Lo que sea con tal de no mirar lo que tengo realmente delante. Lo que haga falta. En eso, al menos, si soy experto.

Y es que me estoy haciendo viejo sin haber sido realmente joven. No tuve el valor de odiar a quien así me lo pidió, y ahora odio por encima de mis posibilidades. Es como madurar, pero al revés y del revés.

Creo que necesito hablar con el futuro. O, si fuera sincero conmigo mismo, debería hablar con el presente.


Debería hablar con mi presente. Abrirle las venas y saborear sus sueños rotos.



1 comentarios:

bittersweet dijo...

Lo bueno de seguir vivo es que, por muchos atardeceres que asesines, siempre quedarán atardeceres que disfrutar, para cuando estés receptivo :)

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