lunes, 15 de agosto de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

LA DISTANCIA SE MIDE EN CIGARROS

Para un fumador, la distancia se mide en cigarros. Y ella estaba a un cigarro de empezar a interesarse por mí. Me había propuesto dejar de fumar, pero menos mal que fui débil y no lo deje porque, caminante, el camino se hace invitando a tabaco en la puerta de una discoteca de una noche cualquiera.

Así debería haber cantado Serrat la canción, a mí por lo menos me habría hecho un gran favor. Quizás él no tenía los mismos problemas que yo y no tuvo que luchar contra piaras de hombres invitando a chupitos a todas las presas que entran en su campo de visión mientras tu elevas la voz intentando decir algo que llame su atención entre tanto decibelio enloquecido.

Pero la batalla cambió de dirección cuando salimos a la puerta y esa niña de la pedanía empezó a tararear una canción de Rubén Pozo con mi cigarro en la boca. Porque así fue como ella y yo descubrimos que éramos del club de Rubén antes que Leiva, de Ferreiros, de 500 días juntos, de llorar viendo películas pero no en la vida real, de los que dan besos a sus perros, de los que prefieren estar durmiendo a casi cualquier cosa, de los que van con Garzón, de los que piensan que no merece la pena traer a más bebes a un mundo donde aún no se han terminado los libros de juego de tronos.

El resto del interludio entre ella y yo apenas duró nada: volvemos dentro del jaleo musical, dos pasos buscando a sus amigas desaparecidas, una respiración profunda y desacompasada, un gesto de timidez que sirve como señal para mí (quien sabe si falsa y ensayada delante del espejo para cualquiera).

Ella ha bebido. Yo he bebido. Ella ha bebido más. Ella cierra los ojos y ya no está mirando hacia la discoteca ni hacia sus amigas ni hacia la playa. Ahora ella es el mundo y soy yo quien está mirando hacia ella buscando la música, las olas y el alcohol. Ella se abandona y me pide que la acompañe. Yo me abandono y la acompaño.

Ahora tiene ansiedad por salir de la discoteca, por arrollar a la gente por las calles mientras me besa torpemente y sin mantener el equilibrio. Tiene ansiedad por empujarme contra la pared y salir corriendo calle abajo para que la encuentre. Si se lo propusiera, podría atracar un banco, quemar una vivienda, aprender alemán o hacer una maratón. Lo que ella quisiera. Y lo que quiere esta noche es abrir portales de un calentón.

La Luna, aquí, tiene un rostro diferente al que tiene cuando la miro desde mi casa, y la gente habla en tono distinto según caminas hacia el sur. Está bien. Me gusta estar aquí. Estoy en la parada de taxis, amaneció, vuelvo a casa. Hay un grupo de mujeres peleándose con dos tíos por subirse al mismo taxi. Yo me saco un cigarro aplastado y me lo enciendo. No tengo prisa. Está todo bien. Este ballet de taxis veloces y acentos de sur me gusta.

Yo lo celebré con Cartojal y unos amigos a los que considero familia. Ella en un reservado vete tú a saber con quién. No hace falta saberlo, la serie ha terminado. No era necesario hacer siete temporadas y un spin off para acabar aquello. Con los capítulos vividos y bebidos teníamos suficiente para encajar la trama. Si nos veíamos al día siguiente haríamos lo mismo que cuando te encuentras a tu vecino en los pasillos de Mercadona, se le saluda la primera vez y se le ignora en el resto de los pasillos. No había maldad en aquella decisión. Simplemente hay veces que lo que tiene sentido de noche ya no lo tiene al día siguiente.

Hace poco leí en Facebook una frase de esas que tanta rabia me dan, vaya usted a saber por qué. Decía: “Todo acaba bien si esperas lo suficiente”. Pues no amigo, no. No vuelvas a esperar a que la situación haga por ti lo que no te atreves a hacer solo.


No hay situación. No hay excusas. No hay gente. Como la mayoría de las veces, solo eres tu contra ti mismo. Y no eres precisamente Rafa Nadal jugando cuatro partidos al día en los juegos olímpicos, más bien eres Usain Bolt corriendo 100m y yéndote a casa a descansar. Así que corre esos 100m para conseguir el oro, cabrón.

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