sábado, 8 de octubre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

TODO LO QUE CABÍA ESPERAR

Era demasiado tarde. Debería haberme ido a casa mientras aún me quedara algo de dignidad. Pero no suelo escuchar a mi orgullo, y eso acaba generándome muchos dolores de tripa.

Las persianas del piso estaban bajadas, la música al mínimo y había cuatro personas sentadas alrededor de una mesa donde había marcas de vasos de tubo, paquetes de tabaco, mecheros y un cenicero que rebosaba cada vez más. La gente había comenzado a marcharse con cuenta gotas desde hacía un par de horas, pero aún quedaban algunos rezagados que no queríamos volver a casa. Pensé que aquello era una competición para ver quien se quedaba a solas con la anfitriona, o quizás todo estaba en mi cabeza. El caso es que estaba decidido a dormir esa noche en aquella casa para descubrir que es lo que podría pasar, así que fui a la cocina a echarme la última copa para ganar algo de tiempo.

La copa de antes de irte a la cama es siempre innecesaria. Golpea demasiado duro cuando tú ya no puedes pelear más contra tus tripas. Esos últimos tragos saltan tu muralla y hablan de tú a tú contigo mismo en formas verbales que no quieres escuchar. La última copa es la peor, pero es la que más me gusta. Cuando le das el primer trago, empieza el descenso.

Volví al salón y me senté con los demás. Estaban hablando de algo que no me interesaba, de modo que comencé a mirar la habitación. La persiana estaba amarilla, envejecida, y tenía una serie de grietas por las que se colaba la luz de un nuevo día formando dibujos en el techo.

El tiempo pasaba y ella no les decía a lo demás que se fueran cada uno a su casa para quedarnos a solas. No sabía cuál era el plan a seguir. Todo era aburrido. En momentos como este deseaba que la vida se pareciera un poco a una serie de la HBO, y que, cuando no había nada interesante que mostrar en pantalla, se pasara a un fundido en negro hasta la siguiente escena. Pero no era así, y la siguiente escena parecía no llegar nunca. Cada trago me mataba un poquito más y ya me era imposible imaginar cómo podría acabar bien aquella noche. Y, cuando no eres capaz de imaginar cómo vas a resolver el problema, no hay nada que hacer.

Acabé la copa y mi estómago se desafinó por completo. Era la banda sonora del desastre, la señal que indicaba que me rindiera y me volviera a casa. Cogí mi abrigo, me despedí y salí de la casa.

Al llegar a la calle me golpeó la luz de sol. Creo que no hay nada que me moleste más que volver a casa de día. Antes, las noches solían ser jóvenes. Ahora envejecen muy rápido, demasiado. Y el día llega demasiado pronto.

Comencé el largo camino hasta el coche a través de las calles. Había aparcado lejos, muy lejos, nunca fui de esos que dan vueltas hasta encontrar aparcamiento perfecto. Así que, como tenía tiempo, eché mano al paquete de tabaco para que un cigarro me acompañara en el viaje, pero no lo encontré. Debí habérmelo dejado en el piso.

A pesar de ser de día, las farolas seguían encendidas. No podía dejar de mirarlas, podía notar como conversaban unas con otras. Allí estaban, malgastando energía innecesariamente en las calles de la ciudad, y yo, su único espectador. Entre ellas hablaban de que la vida se había acomodado a ellas, y no al revés. Decían que sus límites estaban tan aceptados que nadie cuestionaba si algún día llegarían más allá y sorprenderían al universo mismo. Pensé que tenían razón, pero no les dije nada.

Estaba llegando por fin a mi coche. Delante de él había un camión con la puerta del copiloto abierta. Se oía agua caer contra el asfalto. Por debajo de la puerta podía distinguir dos piernas desnudas que asomaban. Continué caminando hasta pasar al lado de la puerta. Allí vi a un camionero desnudo duchándose con una manguera que salía del interior del automóvil. Al verme soltó la manguera y rápidamente se tapó. La manguera cayó al suelo regando de agua la acera. Saludé a aquel señor desnudo. Él me devolvió el saludo y me pidió perdón. No había razón para ello, de modo que le dije que no pasaba nada y seguí mi camino hasta el coche. Me senté y pensé que todos somos aquel señor, ocultando nuestras debilidades lo mejor que podemos y sacándolas a pasear en lugares donde pensamos que nadie podrá atacarlas. Ese es el objetivo, el fin mismo: encontrar el lugar donde nadie moleste a tus debilidades, y comenzar a construir a partir de ahí.

Creo que todos somos ese camionero desnudo.


Antes de arrancar el motor, cogí el móvil. ¿Tenía mensajes nuevos? Sí. Pero, ¿de quién yo quería tenerlos? No. Eso no.

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