viernes, 15 de octubre de 2010 | By: Samuel Rodríguez Alonso

La libertad de las estrellas fugaces

Apaga el reloj. Esta noche es solo nuestra. Viajaremos a través del tiempo, de las discusiones, del miedo y las mentiras. Cierra los ojos. Te llevaré lejos de los laberintos de asfalto, de los edificios grises, de todo este ruido que no nos comprende. Aunque solo sea por esta noche, déjate llevar. Nos vamos de viaje a la intimidad del dulce deseo, olvídate de las maletas, de los prejuicios y de todos los complejos que arrastras, nada de eso te será útil en el lugar al que te llevo. Allí la música es un laberinto de colores sonoros, un laberinto deslizante, palpitante, que nos conducirá, a través de caricias prohibidas, a un nuevo mundo todavía por conquistar, donde tu perfume es algo más que un perfume: es sol, un millón de soles que nos bañan el rostro; donde los acordes vienen acompañados de nuestros recuerdos y beben mas vino que tristezas.
Como dos barcos que se encuentran en la niebla, tú y yo nos encontraremos entre la arena de la playa de tus sabanas.
Pensarás que estoy loco, pero los locos son todos ellos, los que eligen jugueteo en lugar de verdadera pasión, los que se conforman con algo indoloro, incoloro, insípido...
Esta noche todo lo que quieras soñar es posible. Tan solo confía en mí. Debemos aferrarnos a todo el amor que podamos en esta cruel existencia. Puede que esta felicidad no nos dure para siempre, pero para siempre será nuestra.
Siempre serás mía, siempre y nunca. Para estas cosas no existe el tiempo.

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