martes, 11 de noviembre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Perdonar y matar. Y así otra vez

Ser y considerarse un desgraciado es ante todo una de las mayores hecatombes a las que se enfrente un ser humano. Confesiones y desagravios, salidas deshonrosas para las mentes perturbadas que se embriagan con cualquier elixir, un poco de vino, del más barato, masturbación solitaria y cine de las más baja clase. No hay exhibiciones, no se muestran difíciles. Y, sobre todo, odio. Odio hacia todos. Y es que, en el mundo, hay mucho más odio a primera vista que amor a primera vista. Somos espíritus que se asfixian en la gran ciudad, o en el pueblo más alejado de las carreteras. Y así nos hemos condenado a no poder hablar en voz alta, conformándonos con farfullar y susurras nuestras pequeñas calumnias en voz baja, para que no molesten al resto. Nada que alimente el fuego, que corroa o que vulnere la conciencia de nadie. Puta paz interior para diestro y siniestro.

Y a raíz de la herida abierta que el lobo puede ver y lamerse, no sin dificultad, se toma la decisión de tatuarse el valor por bandera. Y el valor no consiste en perdonar, continuamente nos estamos perdonando gilipolleces unos a otros. Y obviamente no sirve de nada, ya que los desgraciados siguen siendo desgraciados perdonados, y a los hombres felices de las calles lujuriosas parece que les importa una mierda el perdón del último hombre de la fila de la sociedad.


No lo olvidemos nunca. Una de estas noches habrá que entrar en las casas de la gente feliz, cuando estén plácidamente durmiendo, y acabar con ella y su puta felicidad. Fin a toda esta mierda. Cuando amanezca al día siguiente no habrá que seguir hablando de la felicidad de esta gente horrible y sonriente. Por fin habremos conseguido acabar con la felicidad y tendremos la libertad de ser desgraciados cuando queramos y donde nos dé la gana sin que nadie nos señale. Un verdadero final feliz.


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