martes, 17 de marzo de 2015 | By: Samuel Rodríguez Alonso

El pacto más real de nuestras vidas

Todo empezó con un desayuno cordial. No madrugamos especialmente, dejamos que el Sol girará un poco más y preparara un día perfectamente normal para nosotros con azúcar, luz y leche caliente. Magdalenas entre la iridiscencia de nuestra miradas, una mesa, un mantel de cuadros rojos y blancos salpicados por desayunos pasados, condimentos, nosotros. Un domingo más.

Allí sentados con la tensión de quien no sabe si está a punto de crear un monstruo o algo etéreo y perfecto, nos mirábamos con timidez y sin mucha convicción a través del humo que emergía del café recién servido, del croissant precocinado y de la esperanza de algo más o menos bueno que está más o menos a punto de empezar.

Pusimos en la mesa los contratos y los leímos con detenimiento. Anexos, clausulas y leyes que se fueron construyendo a través de relaciones fallidas que nos hicieron más viejos y desconfiados. Y, con suerte, algo más sabios. Aquellos desengaños que nunca seremos capaces de olvidar estaban allí plasmados con letra arial 14. Negrita. Subrayado. Punto por punto parece tener todo sentido y estar en orden. Quizás podríamos empezar esa relación. Quizás, solo quizás, nos pueda ir bien por un tiempo, o si no seremos otro nexo en ese contrato de fracasos donde se especificará que no queremos algo como aquello nunca más.


Firmamos y nos acabamos el café. Éramos dos desgraciados más en la gran ciudad, que nunca fueron elegidos para nada importante, con conseguir sobrevivir teníamos más que suficientes metas en la vida. Como ya no creíamos en las promesas de amor, en los ojalas, en los te quieros ni en palabras vagas que salen a pasear sin demasiada decisión, ella y yo sellamos nuestra relación con un apretón de manos. Aquello era un pacto mucho más importante de lo que habías hecho nunca. El pacto más real de nuestras vidas.

Lo cierto es que al salir a la calle nada había cambiado. La gente seguía caminando como si allí dentro no hubiera pasado nada importante, los perros seguían meando en las esquinas, los coches seguían sin poner los intermitentes y el tiempo seguía su curso. Bueno, seguro que solo es cuestión de tiempo que todo cambie.  



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