miércoles, 4 de marzo de 2015 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Guerra y paz y basura

Cuando estás en guerra en mitad de una tormenta de arena no puedes pensar en otra cosa que no sea la paz. Perturbaciones del alma que nos hacen perder el equilibrio, animales que ya aprendieron a andar y no quieren titubear nunca más. Es por ello que nos tragamos toda esa basura como una pastilla que lo cura todo, sin saber que es una puta mierda. Pero ten cuidado, no debes decirlo nunca o la gente pensará que has perdido la poca razón que te otorgaban. Debes mostrarte tranquilo y amable, como todas las demás personas que consiguieron alcanzar la paz.

Hasta el día que acabas por abrir la caja de Pandora y dejas que los males de tu propio inframundo salgan y griten por las cloacas que la paz es mucho peor que la guerra. Que la muerte llega a los espíritus que dejaron de lado las armas para sentarse en un sofá y mirar por la ventana como las hojas de un otoño son las mismas que las del otoño siguiente. Que estás harto de revolcarte en tu propia mierda. Y, si, que eres un maleducado por quejarte, cuando hay gente que lo pasa realmente peor. Eres un chico muy maleducado.

Y es que a medida que te quedas mucho tiempo en el mismo sitio, todo lo que te rodea empieza a oler y pudrirse. Pero no hay otra salida, así es siempre para quien no tiene miedo a decirlo en voz alta. Y es natural. Porque nadie escribe sobre los barcos que no se hunden.

Tampoco importa demasiado si esta sucesión de frases subordinadas y mezquinas compuestas por esqueletos marchitos me son favorables a la hora de remar, o si se quedan grabadas en mi piel para profundizar en las heridas contaminadas. Tampoco se hacer otra cosa, no he sido científico, ni periodista, ni mecánico ni barrendero. Solo hago esto como salvación o condena de torturas que bien podría decirse que empiezan a ser milenarias. Ninguna decisión parece correcta. Supongo que una vez más, el silencio será mi amante en esta ocasión, y dejare que me mate como ya ha hecho mil veces antes.


Deje de creer en la gente. Y sobre todo, deje de creer en mí. Pero, ¿sabes qué? Quizás todo salga bien, porque he visto a gente que llega a ser quien es a pesar de ellos mismos. Y eso es un gran consuelo.





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