domingo, 26 de junio de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

BODA AZUL OSCURA CASI NEGRA

Pasé de ir a la ceremonia. Ni quería entrar en la casa de Dios, ni él quería que yo entrara allí. No quería escuchar a un cura hablando de amor ni de promesas de felicidad hasta que la muerte los separe. La mayoría sabíamos que aquella novia no aguantaría el acuerdo por mucho tiempo, de hecho, ya lo incumplía antes de firmarlo, así que mirar la cara de aquel novio engañado me resultaba del todo incómodo y triste. Pero, por mucho que aquella situación despertara en mi la lucha por las injusticias para con mi género, yo iba de parte de la novia, así que era mejor sonreír y callar. O no aparecer si no era necesario.

Mientras aquella blasfemia se celebraba en la iglesia, yo esperé en la terraza del bar de la esquina con la primera cerveza del día, con mi traje de nocheviejas, bodas, bautizos y comuniones azul y negro, cigarro y gafas de sol. Ataviado como solo un hombre sabe para las grandes celebraciones, como si fuera un mafioso de medio pelo. Un amigo decidió acompañarme. Hablamos de eurocopas, series y trabajo. La Santa Trinidad del hombre moderno. El camarero nos preguntó que hacíamos tan elegantes, le contamos que íbamos de boda, nos sirvió las bebidas y se fue rumiando que el matrimonio es la peor cárcel en la que había estado.

Cuando acabo el acto, cogimos los coches y nos dirigimos al restaurante donde íbamos a cenar. Estaba a las afueras del pueblo, y ya me imaginaba como la guardia civil me paraba a la vuelta para pedirme la documentación, el dni, ¿ha bebido?, sople aquí por favor, bájese del vehículo, tendrá que acompañarnos. Así que me hice la promesa de no beber y pasármelo bien sin ir hasta el culo, aunque fuera por una vez en mi vida.

Entramos a la gran sala llena de mesas y gente sentada esperando los entrantes. La pareja iba de mesa en mesa recibiendo felicitaciones y sobres. Cuando llegó a nuestra mesa hicimos lo propio, alabamos la belleza de la novia y felicitamos al cornudo. Me levante y le di el sobre con el dinero, le dije que solo iba la mitad del dinero, la otra mitad se lo daría en la próxima boda. Nadie se rio. Ella no volvió a acercarse por mi mesa.

Fui sólo a la boda. Y no porque no tuviera con quien ir. Llevaba unos meses saliendo con una chica adorable, atenta, enamorada del aire que respiraba y de cada palabra que salía de mi boca. Pero a mi… pss. Era un pasatiempo más o menos agradable. Así es como definiría mi relación. No se me iba la vida si estaba una semana sin verla, y si no me hablaba demasiado por Whatsapp, mejor.

Lo cierto es que no se podía decir que ella no lo intentará, pero la verdad es que no me apetecía tenerla allí todo el día. A veces creo que solo la utilizaba para cuando me sentía solo, o cuando necesitaba alguien para ir al cine. Nunca había sido un cabrón, pero la verdad que durante los años había pasado del blanco nuclear a una gama de grises cada vez más intensos.

Me di cuenta de esto el día del examen de las oposiciones, cuando subía las escaleras hacia la clase que me habían designado y una chica andaluza con gafas me preguntó si era mi primera vez. Le dije que sí, ella me dijo que también, y nos reímos de la patética pinta que nos hacía tener el miedo al examen. Me preguntó si me apellidaba Rodríguez, como ella, y me alegre de no haber exclamado por aquella casualidad, porque más tarde me di cuenta de que todos los que estábamos en aquel aula éramos Rodríguez. Habría parecido estúpido, y tal vez lo era, pero no quería que se diera cuenta tan pronto. Apenas hablamos mucho más, de donde eres, a donde vas… no tenía mucho sentido ya que nunca volveríamos a vernos, pero era divertido. Estuve las tres horas del examen levantando la vista y mirando como escribía. Se fue del examen antes que yo, y ahí termino mi historia de amor. Aquella misma noche había quedado con mi novia, pero no quise verla. Ni aquel día ni durante aquella semana. Me había convertido en esa clase de hombre. Nunca volví a mirarla de la misma manera.

Por lo que allí estaba, solo con mis amigos y sus parejas. Pero que cojones, la novia se acostaba con otros tíos y no tenía remordimientos por ello. Otra de mis amigas tenía un novio que le decía como tenia qué vestir, a qué hora tenía que volver, lo que podía y no podía decir. Lo que es un maltratador mental. Y allí estaba, delante mía, y teníamos que sonreírle también. Otra de las parejas que se sentaban en la mesa se tenían cariño, pero no se querían. Y miraban a otras personas y soñaban con escapar de su relación, pero seguían juntos amargándose. Vete tú a saber por qué. O también ese amigo que había salido tan escaldado de su última relación que no había vuelto a fijarse en otra mujer, el síndrome de Estocolmo hecho persona.

Así que nadie tenía derecho a echarme nada en cara, todos los amigos habíamos terminado desarrollando una relación disfuncional, con balanzas desequilibradas que aguanta por un tiempo, a veces más, a veces menos. Hasta que la carga es demasiado pesada y termina venciendo. Quizás el truco sea encontrar a alguien con quien te veas capaz de soportar la carga la mayor parte de tu vida.

La cena transcurrió bastante alegre y animada. Cuando ya estábamos con los postres tuve la necesidad de ir al baño, así que me levanté y me puse a buscarlo por aquel hotel. En uno de los pasillos oí discutir a mis amigas. No quería tener nada que ver con eso, pero era el maldito camino a los aseos. La novia estaba llorando como una colegiala mientras otra chica le decía que era una sinvergüenza por hacer lo que hacía. Ella le dijo que se callará, que todas sabían que tenía mucho que esconder. Por aquel pasillo se lanzaban secretos unas a otras a la cara. Me fui de allí con los oídos lo más cerrados que pude. No quería saber absolutamente nada que no me hubieran contado de manera oficial en el boletín de noticias de los amigos. La historia que la gente me quería contar era la única valida, y lo que se quisieran callar que se lo quedaran los fantasmas que viven en la noche de las discotecas y en las camas ocupadas por personas que no deben estar allí esa noche.

Agarré una cerveza incumpliendo mi promesa y me fui al patio a mear de una vez. Una de las amigas que estaba gritando apareció también, y nos sentamos a mirar el cielo nocturno. Le conté el asunto con mi novia y ella me contó los lloriqueos de la recién esposa.

< No aprenderemos nunca. Nos enganchamos a la primera persona que nos hace un poco de caso, y construimos una imagen de él que no es la real, sino la que nos gustaría que fuera. Y la relación dura lo que somos capaces de engañarnos a nosotros mismos. Después, te das cuenta que estas con una persona que no te gusta. Que odias. Y todo por no estar solos. ¿Crees que moriremos en los brazos de nuestro ser querido? Moriremos enchufados a mil cables en la cama de un hospital, solos. Y viviremos nuestra vida con personas que no nos llenaron.

Hace poco leí a no sé qué filósofo, que dijo que en la vida hay que elegir entre el aburrimiento y el sufrimiento. El aburrimiento de estar solo. Ahí está el problema. Hay que aprender a estar bien solo, y cuando nos hayamos quitado ese miedo de encima, podremos conocer a alguien que de verdad nos gusté, y no ir encadenando personas que no queremos. >


Me había encantado decir que la reflexión de aquella noche la firmé yo. Pero no, la firmó ella. Le dio un trago a mi cerveza y se volvió para adentro.

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