viernes, 3 de junio de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

El puto, la zorrita, la farola y lo que allí pasó

La cerveza del desayuno era posiblemente la mejor parte del día y tenía que aprovechar que aún nadie había venido a joderme la jornada. Tenía un amigo que siempre me decía que después de estar un día entero bebiendo, al día siguiente lo mejor era desayunar con cerveza. Y desde que deje de vivir en casa de mis padres adopte esa filosofía como mía. Cerveza y cigarro. Ya se sabe que el desayuno es la comida más importante del día.

Sentado en la mesa de la cocina y luchando contra un estomago que estaba enmarcado en plena guerra mundial, me puse a pensar en la noche anterior. Primera cervezada del año, cita ineludible para todos los amantes del vino aguado en aparcamiento. El puto Gregorio y yo (más adelante sabréis porque adquirió para mí el adjetivo de puto) estábamos solos y decidimos ir allí a ver si enganchábamos a alguien y convertíamos aquella noche en algo interesante. Y vaya si lo fue. Pasamos por Mercadona y buscamos un ron que se ajustara a nuestra economía de estudiantes, el más barato y miserable que encontráramos. Ron Almirante, destilado en bañeras con un toque a perro mojado muy característico. 5 euros. Jodidamente perfecto, ese era el nuestro. Sería una botella para los dos, a cara perro, a boca rana, un pulso contra la muerte.

Cogimos la botella, una coca cola, hielos, tres vasos (si, tres, había adquirido una fama TOTALMENTE injustificada de “tirador de vasos oficial del grupo”, nada más lejos de la realidad, pero por precaución siempre compraban un vaso de más si iba yo) y nos dirigimos a la caja para pagar. Cuando nos tocó a nosotros, echamos los hombros hacía atrás, el pecho hacía adelante y pusimos la típica cara de tener más de dieciocho años: muy seria y misteriosa, tenemos dieciocho años joder, muchas preocupaciones en la cabeza, no nos moleste señora y cóbrenos rápido, que tenemos una vida. Esa cara. Pero desgraciadamente mi amigo era un jodido imberbe, y aunque yo si tenía barba desde hacía unos años, era poseedor de una cara de niño bueno que me perseguiría durante toda la vida y espantaría a todas las mujeres del mundo que buscaran a un hombre duro, de los que tienen chupas de cuero y motos. Era la vida que me había tocado vivir.

Pero nuestra mejor actuación no convenció a la cajera, que nos pidió el carnet en cuanto vio que no éramos capaces de mirarla a los ojos. A esas cabronas las tienen que entrenar antes de entrar a trabajar en Mercadona, es como si olieran la minoría de edad antes de que hagas la cola en la caja. Veréis, nos encontrábamos en esa mágica etapa en que estas a punto de cumplir los dieciocho, pero aún no ha llegado tu día. De modo que la mujer debió mirar solo el año de nacimiento, y tras unos eternos segundos de echar cuentas matemáticas imposibles, resolvió que ya teníamos la edad apropiada. O quizás le importó una mierda y nos dejó ir paz. Quién sabe. El caso es que nos fuimos allí a marcha ligera, como si hubiéramos robado al establecimiento, y nos dirigimos directos al aparcamiento donde empezaría todo.

Un par de tíos solos en mitad de una explanada llena de grupos pasándoselo bien. Un par de tíos solos, bebiendo solos y sin hablar ni entre ellos ni con otros. Seguramente nadie nos miraba, ni se habrían percatado de nuestra presencia, pero a mí me daba la sensación de que no dejaban de mirarnos y cuchichear entre ellos sobre cómo eran gente excepcional con muchísimos amigos y conocidos y nosotros estábamos solos y sobrábamos. De modo que, para callar a aquellos estúpidos, bebí. Buscando el móvil en mi bolsillo, el vaso se cayó al suelo y se partió de forma irreparable. Una casualidad de la vida. Cogí el vaso de reserva sin mirar a mi amigo para evitar su cara de reproche y seguí bebiendo. Bebí más de lo que mi cuerpo podía soportar, bebí a toda velocidad aquel liquido del demonio tan barato. Para cuando me di cuenta de que empezaba a encontrarme mal, mi amigo y yo nos había terminado prácticamente la botella, y aun nos quedaban por delante muchas horas. Me di cuenta de que había bebido tan rápido que ni siquiera me había fumado ningún cigarro aún, así que busqué el paquete que tenía en el bolsillo del culo del vaquero y saqué un cigarro. Los cigarros estaban totalmente aplastados por el peso de mi trasero contra el asfalto, incluso algunos se habían partido… No hay nada peor para un fumador que ver esos cadáveres que sabe que no se podrá fumar. La vida es puta, y con situaciones como esa nos lo demuestra.

Saqué uno de los que había sobrevivido al aplastamiento y le intenté dar forma. Prendí el mechero y lo encendí.

Cuando uno es un niño, pero fuma, tiene que poner cara de interesante. De hecho, deberían ponerlo de advertencia en las cajetillas: “Fumar mata y te puede hacer más interesante”. Así que le di una calada y miré al infinito en una estampa de “foto portada” de Facebook. Pero cuando clavé mis ojos en el horizonte, el horizonte se volvió vertical, luego diagonal, y luego empezó a bailar canciones de Skrillex como si estuviera en una jodida rave. El suelo empezó a moverse y no podía mantenerme de pie. Por mi esófago subía puro fuego en forma de vómito, directo hacia la salida, saltándose semáforos y cedas el paso. Con toda la dignidad de la que pude hacer gala le dije a mi amigo que iba al baño, que en seguida volvía, y me arrastre hasta la esquina más cercana. No me dio tiempo ni a abrir la boca cuando el vómito salió a toda velocidad, por la boca y por la nariz.
Me limpié con las mangas de la camisa e hice por levantarme, pero mis piernas no respondían. Apoyándome en la barandilla me incorporé, pero en seguida tuve que volver a agacharme a devolver. Estaba atrapado en esa esquina que olía a pis hasta que el ese mejunje al que tenían la desfachatez de llamar “auténtico ron cubano” abandonara mi cuerpo de una forma u otra. No sabría decir a ciencia cierta cuanto tiempo pase allí, pero estoy casi seguro que varios lustros. La gente pasaba a mi lado y me ofrecían su ayuda, me traían bolsas de gusanitos para que comiera algo, agua, chucherías.... Pero todo lo que entraba salía rápido y de forma muy ingrata.
Pase la noche agachado en aquella esquina.

Cuando amaneció, el puto Gregorio me encontró allí, me levanto como pudo y me apoyo contra una farola. Venía acompañado por una muchacha de piel blanca y rasgos grandes. O eso creo. De lo que estaba seguro es de que no la conocía de antes de aquella noche. No paraba de reírse de mí, si hubiera tenido oportunidad le habría potado encima, pero ya estaba completamente vacío por dentro.
“Samu, voy a acompañar a esta zorrita (seguro que no dijo eso, pero en mi cabeza sonó así) a su casa. Tu quédate apoyado aquí, que ahora vuelvo y te llevo a tu casa. No te muevas ¿eh?”.

Y allí me dejo plantado el puto Gregorio. Como un perro al que no dejan pasar a la tienda y le atas a la puerta mientras él te mira con cara de pena y ladrando. Solo que yo tenía los ojos cerrados y si abría la boca para ladrar, vomitaría. El muy cerdo abandonó a su amigo del alma (bueno, quizás no tanto) por una zorrita que le haría una mala paja en un portal. Amigos antes que putas joder, ese debería ser el lema de la amistad. Deberíamos tatuárnoslo en el pecho para que no se nos olvidará a ninguno.

Él me aseguró muchas veces que solo fueron cinco minutos, pero una mierda para él, estoy seguro de que pase más de una hora con la cabeza apoyada contra la farola en un baile agarrado e íntimo donde nadie más podía participar. Era un alma libremente encerrada en un espacio suficiente para no ahogarme. Era el jodido Hemingway bebiendo cerveza barata en mitad del mar. Era Kurt Cobain liderando la generación de las oportunidades perdidas con una escopeta esperándome al llegar a casa. Era Matthew McConaughey en “True Detective” gritando “¡Carcosa, carcosa!” al rey amarillo. Era Batman bailando con el Joker bajo la atenta mirada de Alfred. Era Sephiroth y Masamune luchando contra Cloud en una eterna venganza a través de las esferas. Era Vincent Vega esperando que el señor Lobo solucionase mis problemas.

Cuando el muy cabrón apareció, me llevo a casa, me puso el pijama y se largó. Yo me quité el pijama y me metí en la bañera para dormir. Que le jodan.


Me pareció el final más digno para aquella noche. 

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