jueves, 8 de septiembre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

CONDENADOS Y LIBERADOS Y VICEVERSA

Las botellas están esparcidas por el suelo, las bolsas tiradas, los hielos derritiéndose y las coca colas sin tapón. La gente amontonada. Hay risas y alcohol. La vida, lo bueno y lo malo, concentrado alrededor de una caseta de feria.

A nuestro lado hay un grupo de jóvenes haciendo ruido. Hay una chica, lleva un vestido oscuro, ajustado. La miro. No me mira. La miro. Un chico se acerca hasta ponerse a su lado, otea a los lados; parece preocupado. La coge de la cintura y me mira. Desvío la mirada.

Tranquilo. No estoy mirando a tu chica. No te preocupes, que la respeto, a ella y a ti. De hecho, yo lo respeto todo: las flores que deberían crecer hermosas y no lo hacen, las coca colas disipadas, los hierros que se oxidan, las sillas de plástico que envejecen en los patios.

El chico se relaja al ver que la presión ha terminado. Se por lo que está pasando. Conozco perfectamente su situación: la chica tiene una madre que habla mal de ti, quizás algún hermano que te vigila cuando sales de fiesta para que no hagas ninguna estupidez. Un grupo de amigos que desean con todas sus fuerzas que no salgas con ella, porque la anulas.

Y a ella le gusta bailar en la discoteca y que todos la miren, ¿verdad? Seguro. Le gusta coquetear con cualquiera sólo para saber que los tiene a todos detrás. Y se cabrea cuando tardas demasiado en contestar a sus mensajes. Estoy convencido de que te echa la bronca cuando la llevas al cine y la película no le ha gustado, además las palomitas estaban rancias y había un señor en la fila de atrás respirando demasiado fuerte para su gusto. Y claro, es culpa tuya.

Disfruta viendo los programas más absurdos de la televisión, y te obliga a verlos con ella. Tiene un carácter horrible y se pasa horas hablando con sus amigas por teléfono. Y tiene amigos que desearías que no tuviera. Además, quiere viajar por el extranjero una temporada ella sola y conocer gente nueva.

Y algunas veces, cuando fuma demasiado, ronca por las noches. Y es fría en la cama, aunque aparente lo contrario. ¿Quiere también ser bailarina? Y no tiene trabajo porque le dan migrañas y no aguanta a la gente.

Pero tú tienes tu brazo sobre sus hombros ahora mismo, y te crees especial creyendo que tienes algo que nadie más posee en el mundo. Y estoy seguro de que llevas toda la razón chaval, sujeta bien ese saco de intestinos y cefaleas, no te lo vayan a arrebatar.

Yo sé lo que te va a pasar. Ella se irá con otro y tu pensarás en suicidarte porque ya nada tiene sentido. Y un buen día, en un pasillo de supermercado, te la encontrarás. Y su vestido, que ahora le queda tan bien, estará viejo y sucio, y tendrá cara de resaca. Os acercaréis y ella te hablará de su maravillosa vida, pero tu mirarás su pelo y verás que ya no tiene brillo y que sus ojos están apagados.
Y cuando la conversación acabe, ella se dará la vuelta y meneará su culo para que la mires. Pero tú ya solo veras carne de desguace que cruza la sección de congelados.

Es una metáfora. ¿Lo entiendes? A mí una mujer me lo intento explicar y no lo entendí en su momento. Pero creo que ya sé lo que quería decirme. Al final habrás visto todas las películas que querías ver, y tu grupo de rock favorito te aburrirá. Y todos los buenos libros habrán sido ya leídos y olvidados. Y verás todas esas cosas de tu vida alejarse por la sección de congelados.


Al palpar el bolsillo de mi pantalón noto que tengo ahí el tapón de la coca cola. Vuelvo a ponérselo. Es mi pequeño grano de arena para ayudarte con tu destino, chaval.

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