miércoles, 7 de mayo de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

El resto de almas muertas y yo

Suelo levantarme antes que el propio sol con la odiosa sensación de que el resto del mundo sigue durmiendo. Los odio.

Camino a oscuras por mi casa buscando el cuarto de baño, palpando las paredes en un patético baile en el que siempre tropiezo con los mismos muebles, que me miran por encima del hombro. Quizás ellos tengan mas derecho de estar allí que yo.

Por la radio, suenan esos odiosos locutores, parece que no les haya importado madrugar en la vida. Pero claro que les importa, y mucho. Ellos me odian a mí.

Siempre bajo por las escaleras, para evitar que el reflejo del ascensor me escupa. Las 7 de la mañana no es hora de mirar a nadie a la cara, ni siquiera a uno mismo. Es mejor así.

Espero al autobús junto a los demás cadáveres, evito cruzar mi mirada con nadie. Ellos, al igual que yo, van y vienen del matadero. Allí no hay soldados, no hay patria, no hay fuerza ni honor. Solo gris. Todo es gris.

Subo al autobús y me siento, evito compartir mi asiento con nadie. Prefiero ser un cadáver cómodo.

Por el cristal veo otro cartel nuevo que reza “Se vende”. El país sigue desarmándose y lo peor, que ya nos hemos acostumbrado. El miedo y la apatía han domesticado a nuestra generación.

Todas estas almas muertas que viajan conmigo odian madrugar tanto como yo, odian el autobús tanto como yo, y se odian a si mismos, tanto como yo.


El autobús se detiene y todos nos bajamos. Yo me enciendo un cigarro y comienzo a caminar. A nadie le importa a donde voy. Mucho menos me importa a mi a donde van ellos. Pero será una suerte si mañana volvemos a vernos todos en el mismo autobús.


1 comentarios:

bittersweet dijo...

Inmejorable, no hay mejor manera de describir algo tan funesto como madrugar

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