sábado, 19 de marzo de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Fábula de una siesta de domingo

Este insomnio, o más bien esta extraña alteración del sueño que me produce trabajar en el turno de noche, había conseguido que no pegara ojo a la hora de la siesta. Mirando un punto fijo en el techo que cada vez se hacía más y más blanco se me pasaba el tiempo como una maldición en esta casa en la que vivo, que me es tan extraña como me lo podría ser cualquier otra.
Desde el sofá en el que tumbaba esta ausencia de descanso tenía varias opciones. Podía mirarte directamente como dormías en el otro sofá, o podía mirar tu reflejo en el televisor apagado. El problema era que si miraba tu reflejo no podría mirarte directamente, y mirar directamente a alguien que está durmiendo es del todo siniestro y raro. No sé si alguien más ha tenido este dilema a lo largo de la historia o son las manchas blancas de mi techo las que me están volviendo un poco paranoico. Como solución decidí mirar tu reflejo fijamente y, con mucha concentración y egoísmo por mi parte, pensaba con todas mis fuerzas: Despierta… Despierta… Como hacía el protagonista de “La vida es bella”. Sacarte de ese sueño profundo para que me dieras conversación, para que me distrajeras un rato.
La verdad es que dudaba de la autenticidad de tu siesta, sospechaba que era uno de tus trucos para evitar hablar de cosas que no querías hablar, temas pendientes que pactamos nunca tratar a la hora de comer, y que con mucha astucia ibas a posponer hasta Dios sabe cuándo. Pero tu respiración era tan fuerte y vergonzosa, tan cercana al ronquido, que supe que no mentirías a ese precio.
Ahora me era imposible concentrarme en otra cosa que no fueran tus sonidos somnolientos, de modo que decidí dirigirme a la cocina, cerrar la puerta y me encenderme un cigarro. No te gustaba que fumara, y menos dentro de casa, pero qué coño, estabas montando un circo de tal escala que me pareció que podía hacerme este pequeño regalo dominguero.
Encendí el extractor, abrí la ventana y me senté en la mesa donde aún quedaban los restos de comida de hace un rato, las migas en el suelo, las galletas del desayuno de esta mañana, los restos de café sobre la encimera… Uf, pensaba que en la cocina estaría a salvo, pero la estampa era del todo indecente.
Mientras me fumaba el cigarro mire fijamente las galletas, me imagine que durante esta mañana podían haber tenido una asamblea en lo alto de la nevera, donde la líder de ellas, una galleta con sombrero negro y zapatos blancos, las reunió de forma excepcional. Caminaba entre las demás galletas con pose recta y erguida, a pesar de su evidente edad, estaba apurando sus últimos días antes de que le llegará la fecha de caducidad. Como todos.
Un discurso épico, a lo Braveheart, fue recitado en lo alto de la nevera, una oda para animar a sus tropas a luchar contra el enemigo que había invadido su hogar: la terrible pelusa. Seres despreciables desprovistos de alma que no tenían sentimientos.
Dieciséis galletas serán cadáveres en forma de miguitas que servirán de música para las suelas de las zapatillas de quien pase por allí. Más les valdría haberse aliado contra el arrendado. Esperemos que no tengan esos pensamientos nunca, o al final tendré que limpiar.
Para cuando terminé mi propio relato epopéyico sobre la suciedad y sus aventuras, mi cigarro ya se había consumido. No es que fuera un hombre muy limpio, pero dado que no podía dormir y tampoco me parecía adecuado molestar tu siesta, decidí aprovechar mi falta de sueño para recoger la porquería.
Cuando terminé, abrí la puerta despacio y me asomé al salón. Habías cambiado de postura, y también habías dejado de hacer ruidos extraños, para bien de la humanidad. Cerré despacio y me encendí otro cigarro. Hoy era día de descanso, para quien pudiera descansar al menos.

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