lunes, 2 de mayo de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Aceite de girasol

Estaba intrigado por la nota que había aparecido debajo de mi puerta. Sobre todo, porque era la puerta del armario. Aquella nota tenía el nombre de mi compañero de piso.

No sabía cómo había aparecido aquel papel allí, estaba solo y mi compañero aún no había vuelto de trabajar. El armario guardaba los utensilios de limpieza: escoba, fregonas… O eso creo, porque no solía hacer ningún uso de todo eso.      
Dejé la nota encima del escritorio y me decidí a aprovechar el día, así que encendí la consola.

Horas más tarde mi compañero de piso llegó del trabajo con la mirada de superioridad moral que le otorgaba tener nómina mientras yo ingresaba las listas del paro, jugaba al Street Fighter y comía magdalenas. Comenzó su discurso de todos los días, que si tienes que buscarte trabajo, que si la casa estaba hecha un desastre, que si ya podía limpiar el baño de vez en cuando… Harto de escucharlo, apague la consola y hui del salón sin contestarle siquiera. Entré en la cocina y me dispuse a hacerme la comida. Tenía unos pocos macarrones y unos pocos tallarines, así que me toco mezclarlo todo para obtener un plato completo.

Tambien puse la sarten con algo de carne picada y saqué el pan del congelador para meterlo al horno. En aquel momento mi compañero entro en la cocina como un perro que aún no había terminado de ladrar todo lo que él quería.
“Vaya comidas te haces, eres ridículo, ya podías bajar a Mercadona y no andar apurando, así como te vas a echar novia…”. El aceite empezó a quemarse y mientras iba a bajar el fuego tropecé y la sarten y la olla cayeron al suelo, dejando la cocina como una piscina de aceite de girasol, macarrones y tallarines nadando por debajo de los muebles y el frigorífico.

Mi compañero soltó una carcajada y dijo: “¿Sabes lo que vas a ser toda tu vida? Un desgraciado”. Entonces oí un fuerte pitido que quemaba mis oídos y vi como la cara de aquel ser ingrato se convertía en formas y colores que se cruzaban y generaban poliedros que se reían de mí.

No podía aguantar más aquello.

Cogí la barra de pan congelado y con toda la violencia que pude golpee aquellas formas y colores hasta que cayeron al suelo, sangrando y mezclándose con el aceite aún caliente.
Me había costado menos matar a mi compañero que a muchos enemigos en la Play.

No tenía ni idea de cómo iba a limpiar todo aquello, así que salí y cerré la puerta esperando que de algún modo todo se solucionará solo. Aquello iba a empezar a oler y a llamar la atención de mis vecinos, tenía que trazar un plan. Tenía que salir a la calle para despejarme.

Al cruzar la puerta me encontré con mi vecina, batín azul fluorescente y zapatillas de estar por casa. Mierda, no tenía tiempo para esta petarda. “Buenos días vecino, que tal, ¿has encontrado trabajo por fin?”. “No señora, con esto de la crisis…” dije mientras bajaba las escaleras sin pararme ni a mirarla. Pero la señora me siguió. “Bueno, no todo es la crisis, es que buscas poco ¿verdad?” dijo mientras se carcajeaba. Al no obtener respuesta por mi parte continuó con sus preguntas en aquella extraña carrera escaleras abajo que estábamos haciendo. “¿Y para cuando te vas a echar novia? ¿O eso también es la crisis?”.
Paré en seco. No podía ser. No podía haber dicho eso. Hoy no era el día. Me puse frente a ella y la empuje escaleras abajo. Cuatro pisos bajados a toda velocidad como una roca enorme que persigue a Indiana Jones. Cuando aquel cuerpo celulítico llegó al suelo aún podía oír sus lamentos, la muy zorra no había muerto. Volví a casa para coger la barra de pan congelada, mi arma blanca particular. En la puerta del armario había aparecido una nueva nota, con un nombre de mujer. Me lleve una pequeña alegría, después de tantos años ya sabía cómo se llamaba mi vecina, aunque a partir de ahora sería vecina de la gente del cementerio.

Bajé las escaleras hasta llegar al portal y como un sádico golpee y golpee a aquella señora mientras gritaba su nombre. La barra se estaba descongelando y ya no era tan contundente, así que tuve que machacarme con ella durante bastante rato, mientras la barra se partía y la sangre manchaba las paredes.

En pleno euforia por mi nuevo trabajo, volví a mi casa esperando la nueva nota que me indicará que hacer a continuación. Pero allí no apareció nada, tampoco podía encontrar las notas anteriores. Todo había desaparecido. Miré fijamente la puerta y grité: “¡Que más quieres de mí, Dios!”. Pero no pasaba nada.

Por la ventana se coló el sonido de sirenas de policía a toda velocidad.


Uno de mis vecinos dio testimonio a los medios de comunicación: “Era un chico muy majo, siempre saludaba. Aquí todos le queríamos mucho, no sé qué le ha podido pasar…”

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