domingo, 29 de mayo de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

La mujer de negro

No conocía demasiado a ese tal Héctor. Y a mis cincuenta y tres años de edad no tenía ninguna intención de conocerlo, sinceramente me daba igual que hubiera sido un adicto a la cocaína o un padre de familia ejemplar. Pero era compañero de trabajo de mi amigo y necesitábamos un batería, así que no tuve más remedio que fingir que su presencia no me era incomoda. Su forma de aporrear el bombo no encajaba nada con nuestro estilo, demasiado acelerado, parecía querer ser parte de un Nirvana en sus horas más altas. Y a nosotros nos daba totalmente igual aparentar dureza, estábamos cansados prácticamente de todo y de todos, no queríamos sonar en la radio ni ser los reyes del mundo alternativo. Para ser sincero yo no tenía muy claro lo que quería ser, solo quería contar mi historia.

Su forma de tocar la batería me era del todo molesta y odiosa, mi opinión sobre él empeoraba por momentos. Aún con ello, le dijimos que nos gustó solo porque no teníamos a nadie mejor para el puesto.

La primera vez que hablé con este individuo fue el día que cumplí cincuenta y un años. Yo vivía en un estudio solo en pleno centro de Madrid, en mitad de un eterno bostezo, pleno centro urbano, plenas colas en Zara, plenos cigarros a medio terminar… Me traslade allí tras el divorcio con mi ex mujer. Un divorcio nada civilizado, pero por suerte nunca llegamos a tener hijos así que no había problema en ir el uno contra el otro a machete, ya que nadie más sufría aparte de nosotros, nuestras familias, nuestros abogados y la gente que nos oía decirnos auténticas barbaridades en mitad de la calle. Que estúpido y creído puede llegar a ser un hombre cuando tiene treinta años y el mundo a sus pies. Pero la vida siempre alcanza al ciego, y de mí dio buena cuenta a partir de la separación.

Si me preguntas a mi cuál fue la razón que nos llevó a divorciarnos, no la tengo muy clara, supongo que lo que siempre pasa entre un hombre y una mujer, la realidad. Lo de dentro y lo de fuera. Las personas no están hechas para vivir unas con otras, esa necesidad de formar grupos y sociedades es la misma razón que nos mata y nos ahoga hasta que dejamos de respirar. Que nos lleva a vivir en vasos llenos de whiskey, en habitaciones llenas de humo y en discusiones por todo y por nada. Que alguien entre en tu vida para comerse tu espacio y vomitar resentimiento, que intente cambiarte porque no le gusta lo que se ha encontrado cuando ha indagado demasiado en tu alma, y luego tú ya no seas tú, y ella ya no sea ella. Eso es lo que siempre acaba pasando, puedes llevarlo con más dignidad o con menos. Pero así acaban todas las historias. Y su historia hablaba sobre que se había casado con un borracho que trataba mal a todo el mundo porque, de tan inteligente que se creía, se había convertido en un amargado que no sabía disfrutar de la vida.

En fin, cada persona tiene una historia que contar, y por desgracia todas quieren que ser escuchadas. 

Las amenazas por nuestro divorcio alcanzaban los tonos más ingratos que nunca habían salido de nuestras bocas, uno no sabe de lo que es capaz hasta que llega a lo que él cree que es su límite. Pero todo cambió cuando un día mi hermano me dijo que la había visto con otro hombre bajando de un coche. Le pedí que me describiera a aquel cabrón que se había ganado a mi mujer. Me dijo que no era ni alto ni guapo, ni tenía un gran coche. Quizás era lo más parecido a un tipo normal, simplón, pero ella sonreía a su lado. Aquella revelación fue la que acabó destrozarme, hizo que mi mundo se viniera abajo como un castillo de arena que construyes en la playa con todo el orgullo del mundo, sin querer pensar que la más mínima ola lo derrumbará dejándolo deformado. Y así pasó. Le escribí un correo diciendo que aceptaba todas las condiciones. Firmé papeles y no volví a saber más de ella, ni ella de mí.

Los siguientes veinte años los pasé en un cuarto mal amueblado en mitad de la gran ciudad, viviendo solo y bebiendo mucho. Quizás lo lógico habría sido irse al lugar más apartado del mundo para alejarme de la vida social que no merecía, o rehacer mi vida e intentar volver a construir algo. Pero no hice ni una cosa ni la otra, me quedé en mitad de un sueño que se tornaba pesadilla cuando se me acababan el alcohol y las pastillas.

Mis amigos sabían bien de esta situación, así que de vez en cuando se pasaban por mi piso para levantar las persianas, abrir las ventanas, asegurarse de que las bolsas de basura no se apoderaban del lugar y comprobar que yo seguía de una pieza. Así mismo pasó el día de mi quincuagésimo primer cumpleaños.

Sonó el timbre y allí estaban Carlos y ese tal Héctor, con un regalo bajo el brazo. Me encontraron en pijama bebiendo café sobre una mesa rodeada de botes de cerveza de la noche anterior. Feliz cumpleaños.

Carlos y yo tuvimos una banda cuando éramos más jóvenes, yo tocaba el bajo y él la guitarra. El batería iba cambiando prácticamente en cada concierto, porque nunca llegamos a encontrar a nadie que permaneciera con nosotros apenas unas semanas. No nos importaba, sabíamos que no íbamos a vivir de ello, solo queríamos emborracharnos y pasárnoslo bien tocando covers de rock patrio de pueblo en pueblo durante el verano. Jamás se nos ocurrió escribir canciones propias, la gente esperaba que tocáramos aquellas canciones que conocían perfectamente, así que les dábamos lo que nos pedían. Aún recuerdo el concierto que dimos en Tres Cantos, donde antes de comenzar a tocar di un discurso muy inspirado sobre cómo los bancos nos roban y la culpa era de los políticos y había que rebelarse. A veces, solo de recordarlo, arranco a carcajadas. Aunque lo cierto es que aquel momento de reivindicación sirvió para impresionar a esa chica vestida de negro entre el público. Fue la excusa perfecta para que me buscara al terminar el concierto y comenzáramos una relación que acabaría conmigo. Aquella noche fue el principio del fin.

Carlos me había regalado un bajo nuevo, un Fender AM Std que podía haber tocado el mismísimo Flea en los Red Hot Chili Peppers. Sin duda era lo mejor que había caído en mis manos, pero no tenía el cuerpo ni la mente en su sitio como para apreciarlo. Su astuto plan era que dejará de autodestruirme y dedicará mi tiempo a volver a tocarlo y recordar momentos más felices.

“Este es Héctor, un compañero de la fábrica, toca la batería”. Miré a Héctor y en ese mismo instante lo odié. Camisa impecable, anillo de boda en su dedo, y ni rastro de amenaza de calvicie. Un ser despreciable. Por si fuera poco, me invitó a que un día ensayáramos los tres para pasar un buen rato. Aquello era demasiado para mí. Con todo el civismo del que mi resaca me permitió hacer gala, les di las gracias y los despaché de mi hogar. Cerré la puerta, tiré lo que quedaba de café y me abrí una cerveza.

Aquel bajo permaneció en su funda durante más de un año, no tenía ninguna intención de dejar que el optimismo venciera mis ganas de no hacer nada. Pero un día, a las tres de la mañana de un martes cualquiera, emitieron en la MTV un videoclip de Queen que conocía muy bien, era la canción de “Another One Bites the Dust”. Una canción construida por y para el lucimiento del bajista y la teatral voz de Mercury. Mirando fijamente la pantalla me dio la sensación de que Freddy me estaba hablando a mi directamente, porque no había nadie más en la habitación, me estaba diciendo que cogiera el bajo, solo para ver qué pasaba.

Busqué el regalo de Carlos, amontonado debajo de un montón de toallas sucias y ropa mojada. Lo saqué de la funda y trasteé un poco las cuerdas y el sonido. No tenía amplificador, lo había vendido hacía ya muchos años, así que tuve que conformarme con el sonido que aquel cacharro podía emitir por sí solo. Si, recordaba perfectamente como tocarlo, aquello no se olvida ni después de todo el whiskey del mundo. Me tiré varias horas aporreando aquellas cuerdas hasta que me vino a la mente el recuerdo del concierto donde conocí a mi femme fatale. Entonces tiré mi reluciente Fender al suelo y me metí en la cama, huyendo a aquel maldito recuerdo que tan sabiamente había enterrado en la más profundo de mi interior y que acaba de salir a echar un vistazo por mi alma. Para ayudarme a dormir decidí tomarte tres pastillas y un buen trago de alcohol. Aquella inconsciencia me permitiría no soñar con todo eso. Pero a la mañana siguiente allí estaba todo donde lo dejé: el bajo sobre el suelo, la televisión sonando, las toallas sucias compilando una montaña de vergüenza. Y el recuerdo de mi ex mujer sentado en el sofá, mirándome.

Con veinte años no me atreví a escribir nunca nada, afirmaba que tocando canciones famosas la gente se lo pasaba mejor. Pero a mi cincuenta y pico creo que puedo afirmar que tenía miedo de no tener nada interesante que contar. Después la vida te arrastra por sus ríos de monotonía y el resto es historia. Ahora era mi momento, compartir el sofá con el tormentoso recuerdo que oscurecía mi vida y escribirlo de una maldita vez. Dejar constancia de todo aquello, tal como habría querido mi yo pasado.

Iba a escribir sobre ti, querida, sobre mi mujer de negro. Iba a contar, a quien quisiera escuchar nuestra historia, cómo te conocí en aquel concierto. Estabas entre el público con tus amigos, era fácil fijarse en ti, eras uno de esos seres que desprenden algo que los demás no entendemos, pero que nos atrae fulgurosamente. Ibas vestida de negro, con una camiseta de los Ramones estratégicamente rota por los costados, dejando entrever tu sujetador y tus curvas. Bailabas dejando que tu pelo oscuro se moviera al ritmo de la música, reías, y me mirabas con tus enormes ojos. Hipnotizabas el aire que respirabas.

Esa misma noche comenzamos a hablar y llegamos a la conclusión de que éramos dos desgraciados más en la gran ciudad que nunca fueron elegidos para nada importante, con conseguir sobrevivir teníamos más que suficientes metas en la vida. Estábamos acostumbrados a los palos y a las promesas de amor rotas, a los ojalas, a los “te quieros” y a las palabras vagas que salen a pasear sin demasiada decisión; de modo que llegamos al acuerdo de que nosotros no seriamos así, de que lo nuestro sería distinto. Y durante un tiempo lo fue.

Nuestros días se llenaron de tardes de verano en el río en los que compartíamos toalla rodeados de latas de cerveza y te fotografiaba mientras nadabas igual que una sirena que había venido a mi vida para rescatarme. También recuerdo noches frente al cementerio iluminados por los faros de mi coche, en los que convertimos aquella tétrica postal en una pista de baile improvisada donde me enseñabas pasos y me sacabas la lengua cuando te pisaba torpemente.

Aquellas eran las cosas que de verdad merecía la pena contar. Nada de autocomplacencia, de divorcios, de peleas entre amantes ni discusiones en el coche de vuelta de las vacaciones. Ya no recordaba nada malo de ti, no eras real ni ficticia. Eras algo parecido a un sueño que no estoy seguro de que haya ocurrido ni me puedo imaginar cómo olvidar. Ya no estabas en mi mundo y arrastrarte de vuelta a él era demasiado egoísta, ahora eras la mujer de negro de otro hombre. Y eso era lo justo.


Solté el bolígrafo y llamé a Carlos. “Oye, creo que tengo algo, llama a tu amigo y vamos a ensayar. Hay una cosa que quiero enseñaros”.

0 comentarios:

Publicar un comentario