jueves, 24 de noviembre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

JUZGADO DE INSTRUCCIÓN Nº2

Ella está de pie dentro del juzgado de instrucción nº2 de Ciudad Real. Vestida con pantalones de vestir, un blazer a juego y tacones, espera su turno al lado de sus padres. Finalmente dicen su nombre y ella comienza a andar hasta el centro de la sala.

Le piden que tome asiento y ella obedece. Delante tiene a tres hombres y dos mujeres bien vestidos, con una serie de papeles que pasan hacia adelante y hacia atrás sin demasiado sentido.

- Buenos días. Estamos aquí para el testimonio del caso 0420. ¿Está usted preparada para hablar? – dijo el hombre que se sentaba en medio de los cinco.

Ella no contestó. Ni siquiera cambio el gesto.

- Está bien. Comencemos. Háblenos de lo que aconteció el día de los hechos.

Y ella comenzó.

“Vera, señor. Como usted puede comprobar soy de una familia rica a la que nunca le ha faltado de nada. Mi novio no tenía la misma condición social, pero desde luego nunca tuve ninguna queja con respecto a él. Desde luego es una pena, creía que iba a ser siempre así, pero, como ustedes sabrán, todos idealizamos a nuestros seres queridos para convertirlos en lo que nosotros queremos que sean, en lugar de lo que realmente son.

Estuvimos algunos meses saliendo y la relación era perfecta. Creo que todo empezó a cambiar el día de mi cumpleaños, cuando le dije que quería celebrar el día con mis amigas. Ese día él pareció cambiar de carácter, porque no me lo permitió. Me dijo que pasaríamos el día los dos solos, que tenía planes preparados para mí.

De ahí en adelante nunca pude volver a quedar con mis amigas, siempre encontraba alguna excusa para impedírmelo. Hablaba mal de ellas y consiguió hacerme sentir que no eran buenas para mí. Siempre que intentaba defenderlas me decía que yo era idiota y que para decir tonterías era mejor que no hablara.

Así pasaron los meses y no sé muy bien cómo, deje que me separara de mis amistades.
Muchos días pensaba en ellas y rompía en llanto. Sostenía el móvil con su chat abierto, pero no tenía el valor de hablar con ellas y decirles lo que pasaba. ¿Y si él se enteraba de lo que estaba haciendo? ¿Y si me dejaba, que haría con mi vida? Me moriría. Me entraban náuseas y no era capaz de comer.

Pasé años sin hablar con ellas. Pero todo cambió el día de mi graduación. Todos mis compañeros salieron de cena para celebrarlo, y yo me tuve que ir con él a mi chalet después de la ceremonia, alejada de mis amistades. Me dijo que era mejor una celebración íntima.

Estábamos los dos cenando solos y le dije que estaba triste porque mis amigas no habían venido a mi graduación. Él me dijo que, teniéndonos el uno al otro, no necesitábamos a nadie más. Debía de creer que aquella frase era algo bonito, pero no lo fue. No pude evitarlo más después de tanto tiempo, y salté. Le dije que ellas no estaban por su culpa, él dijo que era porque no me querían, yo le dije que quien no me quería de verdad era él.
Supongo que no se esperaba que yo le contestase, o le levantase la voz, porque se levantó de la mesa y me soltó una hostia. 

Me caí al suelo, arrastrando el mantel conmigo y tirando al suelo toda la cena. Oí el sonido del televisor de fondo. Mi cabeza dio contra el suelo y me desmayé”.

Minutos de silencio. Las personas del juzgado siguen expectantes ante el relato, pero ella ha dejado de hablar. Tiene la mirada fija en el suelo y las manos entrelazadas. Después de mirarse entre ellos, uno dije:

- Está bien. Tranquila. Puedes contarnos lo que pasó después.

Y ella levanto la vista de forma amenazante y continuó.

“Lo siguiente, después de levantarme, fue un hilo de sangre que me caía por la ceja. Lo toqué con los dedos y lo miré fijamente. Y entonces lo vi todo claro por fin: Era libre.
Él estaba delante mío hablando, pero no le oía, tampoco el televisor. Lo único que oía era un pitido que salía del interior de mi cabeza y era agudo y calentaba mi cuerpo. La fiebre. El estómago me ardía. El hilo de sangre llegó hasta mi boca y lo paladee sin querer. Eso me perturbaba.

Entones recuerdo que mi padre guardaba la escopeta de caza en el armario de las escobas. Solo quería asustarlo, que clamase piedad. Él creía que corría a llorar a la cocina, pero volví con el arma entre mis manos y con seguridad apunté a su frente.
Un cartucho caliente salió a toda velocidad a través del cañón convirtiendo mi sueño en realidad. 

La pared se llenó de trocitos de cráneo.


Después de disparar, mi cuerpo dejó de temblar. Cogí mi móvil, me senté en el sofá y escribí a mis amigas: Chicas, ¿quedamos? Os echo de menos".

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