jueves, 8 de diciembre de 2016 | By: Samuel Rodríguez Alonso

RUMBO: MÁS ALLÁ

Nos despertamos temprano para el largo recorrido que teníamos por delante, sabíamos que los mundos desconocidos exigen la máxima puntualidad por parte de los interesados. Yo preparaba la maleta mientras ella daba alguna vuelta más en la cama, era como un planeta que gira cuando el rey Sol comienza a iluminarlo.

Sin saber muy bien que cosas íbamos a necesitar en nuestro viaje más allá de las estrellas, eché sus gafas de sol con forma de corazón, un paquete de cigarrillos y mis libros de aventuras extraordinarias por si el viaje se nos hacía largo. Al final, ella se levantó de la cama y sus pies descalzos reaccionaron contra el frío suelo, haciendo que se encogiera levemente. Preparó dos cafés y desayunamos mientras mirábamos por la ventana aquel paisaje que no volveríamos a ver nunca más.

Aunque era de día, las farolas seguían encendidas y su luz resbala entre la niebla, espesa y constante, que camuflaba los besos indiscretos que nos lanzábamos. Las luces de los semáforos cambiaban de color, primero verde, luego rojo, luego verde otra vez. En otro tiempo le encontramos sentido a ese orden, ahora nos sentíamos como extraterrestres cruzando la calle principal de una ciudad desconocida.

Ella se metía por callejuelas y daba rodeos, estirando los últimos momentos que nos quedaban en la Tierra. Me agarraba la mano con fuerza y corríamos a través de los pasajes hasta quedarnos sin respiración. Siempre que la miraba de reojo, ella estaba sonriendo.
Salimos de la ciudad siguiendo el sendero paralelo al río, arrastrados por la corriente de su aroma. Entramos en un bosque de pinos que crecían y se alargaban hasta ocultar el Sol y volver a convertir aquella mañana en noche cerrada. Los animales que allí vivían se iban escondiendo a nuestro paso, observándonos y siguiéndonos con la mirada, fingiendo que entendían lo que hacíamos. Quizás a ellos les pasaba lo mismo que a mí, seguía a aquella mujer con la mirada sin importarme si la entendía o no. Solo dejándome llevar.

Miramos el mapa una vez más para no perdernos, resolvimos donde nos encontrábamos y donde se encontraba el infinito. Y continuamos nuestra marcha hacia allí.

Seguimos caminando durante cientos de años, cruzando páramos abandonados de toda civilización y escalando las montañas más altas que hubiéramos podido imaginar, verdes, azules, blancas y rojas. Y nos juramos amor eterno mientras la luna besaba los mares nocturnos, ausentes de oleaje, tranquilos y en calma.

Cuando llegamos a la nave, todo era igual que cuando cruzamos la puerta de nuestro apartamento aquella mañana de niebla. Nuestros corazones, envejecidos después del paso del tiempo seguían conservándose jóvenes y preparados para lo que estuviera por llegar.


La nave estaba llena de óxido y los faros colgaban de un cable, el tiempo había pasado para todos por igual. Subimos, nos sentamos el uno al lado del otro, nos dimos la mano y comenzamos nuestro viaje. Rumbo: Más Allá.

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