martes, 14 de octubre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

Lucidez indecente

Y en medio de la nocturnidad ininterrumpida de las tormentas que revolotean por mi cabeza quebrada y maltrecha, un viento puede venir y expulsar las manos que ahogan, al menos durante un breve amanecer. Entonces todo vuelve a parecer fácil y cristalino, dócil. Todo cambia de posición, una alegoría planetaria que una vez cada mil años decide equilibrar la traslación de nuestras vidas.

Ese maldito mundo malintencionado se muestra débil como nunca lo habías visto, una pequeña pelota que puedes empujar al acantilado sin ayuda ni rescate. La puedes insultar, maltratar… Quizás sea el momento perfecto para dejar de pensar en los triunfadores de la vida, los que vencieron y se reflejan desde su trono reprochándote lo mucho que te queda por sufrir, mientras su cetro hace mover a conocidos y extraños. Tal vez puedas tocar con los dedos todo aquello que poseen.

Y es que la vida del perdedor no es más que un largo descenso por las laderas del rechazo, soñando con llegar al suelo de una vez y olvidar allí todo lo pasado. Pero nunca llegas al final del precipicio.

Y a pesar de ver con lucidez el problema y la solución, mi voluntad se vuelca a cada viento que sopla por los cuatro puntos cardinales, quizás por culpa de coger y reparar los sueños que me encuentro por las aceras y dejarlos volar, para quedarme solo de nuevo. Quizás por eso mi conciencia tiene grietas por las que se filtran la podredumbre y la desidia.


Tendré que esperar la ceguera para empezar a ver un mundo feliz.



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