martes, 21 de octubre de 2014 | By: Samuel Rodríguez Alonso

El juego de tus vísceras

Y desde la perspectiva del espectador que ve y opina solo para sus entrañas, la vida se desarrolla siempre con total normalidad, sin movimientos bruscos ni alfiles que se salgan del tablero. Simplemente entras en las vidas ajenas, juegas con sus vísceras un rato y después te vas, o te echan. Tendrás suerte si al menos te dejan elegir. Y tras todo eso, no queda rastro alguno de las intersecciones que una vez blandieron sonrisas, o lágrimas, o sexo, o grima. Hojas en blanco que no se pintarán de acuarelas ni sensaciones. Tal solo llevamos encima un puñado de besos que ya hemos calculado un millón de veces, de caricias que ya prediseñamos en la juventud y sabemos que funcionan siempre igual. Tan solo eres mi mentira número un millón. Y deberías alegrarte, al menos no eres la un millón uno. El pan y el aceite con el que entretenemos nuestra vida y las ajenas.


Patalea si no lo crees así. Grita a los pocos vientos que queden y quéjate. Nadie te escuchará. Adelante, inténtalo, a ver si alguien reacciona. Pero no lo conseguirás. Esto consiste en empujar la vida como buenamente puedas, de un sitio para otro, o dejarla apalancada en la silla de tu ordenador. Tirar de los días y de las noches, tirar de las mujeres que te gustan. Tirar de tu cansancio. Y sobre todo, consiste en no escuchar. La vida hace mucho ruido y no merece la pena escuchar el ruido de los demás. Y cuanto más grande se hace todo, es mucho peor. La vida nos la suda.



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