viernes, 21 de abril de 2017 | By: Samuel R

BREVE RECORRIDO POR CARRETERAS PERDIDAS

Ella me besa en la cola del Pull&Bear mientras la dependiente espera impaciente a que terminemos para cobrarnos. Ha cogido una chaqueta vaquera y ha robado unas gafas de sol que ha guardado en el bolso. Me ha guiñado el ojo al pasar por el detector.

Ella es todo sangre fría y su cuerpo es su cárcel. Su alma mira con desprecio a los demás, no forma parte de todo esto. De hecho, no forma parte de nada. Nosotros estamos encerrados en una jaula, somos leones que se matan entre ellos, pero ella mira desde el otro lado de los barrotes como nos destrozamos, con las gafas de sol que acaba de robar.

Suelo preguntarme en qué demonios está pensando.

Ella y yo compartimos un cigarro cuando las luces se apagan. Estamos a las afueras de esta ciudad que odiamos, sentados en mi coche. Ella siempre elige la música. Da una calada al cigarro y después me besa. A ambos nos deja restos de su pintalabios y su aliento alimenta a mil planetas. Lanzo mis ojos contra los suyos y la oscuridad los absorbe.

No puede estar quieta porque siempre aburre. Hoy está aquí, conmigo, llevándome de la mano por carreteras perdidas, pero cuando se acaben las noches de borrachera, las drogas, la música y entren los problemas por la ventana, se irá detrás de cualquier nube, carretera arriba, sin rumbo.
Y creo que me quiere solo porque tiene que querer a alguien, durante un tiempo me está tocando a mí. Debería disfrutarlo, pero odio las cosas que se terminan.

Yo siempre me pregunto en qué demonios está pensando. Cuál será su siguiente movimiento. Sé que ella nunca se pregunta en que estoy pensando yo.

Cuando desaparezca, comenzaré a contar los años que vengan después.


Año I después de ella.

lunes, 20 de marzo de 2017 | By: Samuel R

HABEMUS CÉSAR

Yo solo quiero ver arder el mundo. Regar las ciudades de pólvora. Autopistas y puentes. Edificios de pisos y complejos hoteleros. Panaderías y estancos. Ministerios de incultura y centro comerciales. Soltar la chispa inadecuada y verlo todo desaparecer.

Y mientras tú gritas de puro estupor, mientras tu boca se abre y la saliva se resbala a través de las comisuras, yo habré cruzado media Europa de un salto hasta llegar a África. Mientras este mundo arde, yo miraré al cielo durante apenas unos minutos, pero en ese tiempo habré devorado siglos de historia, habré recogido lo poco que haya sobrevivido para exponerlo en el museo de la decadencia. Y el resto se pudrirá. ¿Acaso importan los molinos que no visitó Don Quijote? Claro que no.

Yo solo quiero coger todo lo que omiten las películas y colocarlo bien alto en el cielo, en negrita. Porque vivimos en una época que exige violencia y falta de respeto, pero solo tenemos abortos en perfecto estado de descomposición, listos para su exposición. El mundo está claramente deshumanizado, de modo que la única solución que ven mis ojos es volver a empezar: vivir como un animal, un pirata, un bárbaro, un monstruo, una bestia.

Si mañana se declara la guerra y me llaman para ir a filas, me colocaré en la vanguardia con el fusil bien sujeto y lo hundiré en el pecho de cualquiera que se ponga en mi camino. Empaparé sus camisas de sangre y vergüenza. Y si la orden de mi capitán es matar mujeres y niños, morirán mujeres y niños. 

He llegado hasta el extremo del alma y no he visto nada. No hay nada más que hacer. Solo puedes revertir el camino recorrido y volverte poco a poco un salvaje, despojarte de la carne hasta que solo quede el esqueleto. Y, entonces, abalanzarte sobre todo lo que quieras y devorarlo. Vivir de cualquier manera y a toda costa, pase lo que pase. 

Mi espíritu está muerto pero mi carne está viva y respira. Mi moral me esclaviza. Mi cama es lo más parecido a una plancha de acero. Soy un gigante y acabo de hacer emerger el Altas con mis propias manos. Soy el César y sostengo el cielo sobre mis hombros, ¡Habemus César! Todos los días que hay entre el día que nací y el día que me toqué morir, son solo míos. Ahora soy un lobo que acaba de despertar del largo invierno, flaco y hambriento. Cazaré para engordar.
domingo, 5 de marzo de 2017 | By: Samuel R

LOS DÍAS QUE MENOS ME GUSTAN

Estos son los días que menos me gustan. Cuando los besos guardan los engaños de miles de vidas pasadas que perpetramos en la nuestra. Cuando los móviles hablan más que nosotros, y la gente sigue muriendo igual que siempre. Se elevan y desaparecen, exactamente igual que el humo de un cigarro. Y nuestros besos continúan las mentiras de nuestros antepasados y los móviles cuentan lo que no nos atrevemos. Y solo se elevan los muertos. Y tú sabes volar, y yo pensaba que también sabría, pero no. Así que tengo que mirarte desde aquí.

Tengo que quedarme con los pies en el suelo, viendo como algunos hombres nos aleccionan sobre la vida, pero lo hacen mal. Desafinan, sus bolígrafos patinan, no tienen pulmones, no entienden de música. Ellos se arreglan y crean la escena apropiada. Suben a los escenarios de turno y dicen lo que gente quiere oír: Que todo acabará saliendo bien. Pero no están diciendo nada, solo cantan. Pero no tienen la voluntad de cantar, no lo arrancan a cuchilladas de sus huesos. No están sufriendo ni expiando sus pecados. Su canto es demasiado forzado, demasiado irreal. O no lo suficiente. No lo sé.

Estoy convencido que cuando el cielo caiga sobre sus cabezas, la música triunfara por fin y se oirán los cantos que deben ser escuchados. Los poseídos, los que arden por dentro, los locos que tienen buen oído para oír lo que la vida está diciendo. Pero tú no lo oirás. Tu estarás flotando lejos de mí, lejos del suelo. ¿Verdad que desde allí arriba todos parecemos hormigas? No creo que en realidad seamos algo mayor. Al menos así lo veo en días como estos, en los que me retuerzo entre las sabanas o deambulo a oscuras por el salón mientras oigo el zumbido del televisor del vecino.

Las estaciones se alejan poco a poco. Las nubes se divorcian del cielo. Las alas rotas de todas las almas de esta ciudad se agitan a la vez. Oigo las mías, pero ya no oigo las tuyas, creo que ya estás demasiado lejos.


Estos son los días que menos me gustan. En los que yo me quedo en tierra y tú vuelas. Yo me quedo aquí, acompañado por el zumbido del televisor de mi vecino. 
miércoles, 15 de febrero de 2017 | By: Samuel R

UN FUEGO DE OJOS VERDES

Hay un monstruo al otro lado de la ventana de mi cuarto de invierno. Lo veo por las mañanas, esperando a que me levante, y me acompaña el resto del día hasta que le doy las buenas noches. Cada medianoche, cuando no estoy mirando, vuela y se acerca un poco más a mi ventana. Tiene los ojos verdes y expulsa fuego a todo aquel que intenta acercarse a mí. A veces le hago ofrendas de paz, pero se lleva todo lo que le doy.

Cada día es más y más grande. Lo veo por el retrovisor cuando conduzco rumbo a cualquier parte. Me tapa los posibles caminos y no sé para donde tengo que seguir.


Y, cuando intento dormirme, veo mil bombillas rotas en mi techo y mil brazos rotos que asoman por debajo de mi cama, atropellándose unos con otros. Y, a través de la ventana, veo esos ojos verdes que nunca se apagan.
miércoles, 18 de enero de 2017 | By: Samuel R

A VECES TE MIRO

A veces te miro y eres Lolita, la luz de mi vida y el fuego de mis entrañas. Saltas a la comba con mi cordura y destrozas mis nervios cuando no me haces caso. Y yo intento ser tu asesino de prosa elegante mientras tú te distraes entre marañas de estímulos ajenos. Otras veces eres Lagertha, defendiéndome de los infieles como una autentica vikinga sin miedo a lo desconocido. Poderosa y segura de ti misma, con la certeza de que los dioses tienen un asiento reservado para ti en el Valhalla.

En ocasiones eres Audrey Hepburn tocando Moon River en el alféizar de la ventana bajo el atardecer de Nueva York. Coqueteas con la melancolía de los sueños que se han ido, a sabiendas de que lo mejor está aún por llegar. En otros momentos eres Once y, aunque tengas un don especial, te comportas como una niña pequeña y desapareces. Me dejas sólo y tengo que luchar contra los malos sin tus poderes.

Te he visto convertirte en Daenerys de la Tormenta, una mujer hecha a sí misma en un mundo dominado por los hombres y sus reglas. He visto cómo te has negado a someterte y has impuesto tu sentido de la justicia por todo Poniente. También te he visto como a Harley Quinn, guiada únicamente por la locura y el caos sin un fin concreto. Aunque los que te conocemos sabemos, que todo lo que haces, lo haces por amor.

Y, cuando la vida real te parece aburrida, eres Alicia, cruzas el espejo y apareces en el País de las Maravillas. Te sientas a tomar el té con tu amigo el Sombrerero y le cuentas que solo permitirás que te pasen cosas extraordinarias. También te gusta ser Mia Wallace con el único objetivo de que te saquen a bailar. Juegas con los silencios incómodos hasta convertirlos en conversaciones y dejas que ellos digan lo que tú no te atreves.

A veces eres la Maga, un ser inocente, ingenuo y espontáneo. Pasas tus horas dibujando rayuelas por las calles de París mientras esperas encontrarme de casualidad, porque es la única forma en que te parece que deba ocurrir. Y otras veces eres Dolores Abernathy atrapada en el sueño de una oveja eléctrica, dudando de tus creencias y de tu propia realidad, luchando contra el destino que se había impuesto para ti.

Y, cuando te pienso, en secreto te llamo Dulcinea y sueño que te rescato de mil y un peligros que te acechan en este mundo loco y deformado. Pero, de vuelta a la realidad, eres tú la que me salvas la vida a mí, pues eres Michonne, llegas con tu katana en el momento justo y matas a mis enemigos sin esfuerzo.

lunes, 9 de enero de 2017 | By: Samuel R

ENSAYO ERRÁTICO SOBRE LA NIEBLA

El coche que iba detrás mía puso el intermitente izquierdo y me adelanto a toda velocidad, lo cual hizo que me volviera a espabilar. Me estaba quedando dormido y aún quedaban unos pocos kilómetros para llegar a mi cama y dejarme caer, de modo que apagué la calefacción y subí el volumen de la radio un poco más con el objetivo de que el frío y el ruido me mantuvieran despierto lo que restaba de viaje.

Tres grados bajo cero y una espesa niebla eran mis acompañantes en aquella marcha nocturna, mía y de otros tantos conductores que mantenían sus coches a una velocidad continua por delante y detrás. Apenas se podía distinguir el paisaje que nos rodeaba, ni las rayas que había dibujadas en el asfalto.

De vez en cuando nos cruzábamos con algún coche que siempre parecía ser el mismo repetido una y otra vez. Daba la sensación de que no iba a ninguna parte, tan sólo daba vueltas en círculos una y otra vez sin un lugar a donde ir. Seguro que él pensaba lo mismo de nosotros. Nos limitábamos a conducir y esperar cosas. Esperábamos a que la canción se terminara y empezara otra que también se terminaría. Mirábamos bobadas en el móvil. Esperábamos a que se consumiera el cigarro para encendernos otro mientras observábamos fijamente lo que pasaba a nuestro alrededor y esperábamos el momento de actuar. Mirar y esperar.

Las luces de los coches que iban detrás de mí, erráticas y difuminadas por la niebla, me iban siguiendo a través de este viaje hacia el final del invierno. Notaba como sus faros me golpeaban, me retenían, se aferraban a mi espalda e intentaban entrar en mi cabeza. Si las escuchaba detenidamente podía distinguir sus voces llamándome desde el fondo del precipicio, tentándome a que me asomara al abismo y me dejara llevar. Volvía a sentir la llamada del sueño.

Una luz brilló en el firmamento. Miré y vi que arriba, más allá de la niebla, dando saltos entre nube y nube, había una mujer. Se subió encima de la luna y, usándola de trampolín, salto de cabeza hasta caer sobre el horizonte. Se sumergió y desapareció. Al cabo de un rato volví a verla nadando a través de las olas de espeso aire que nos rodeaban.

Deseé poder ser la niebla y envolverla.

Deseé que todas las criaturas de este mundo fueran mías e hicieran lo que yo quisiera.


Deseé despertarme de una vez en mi cama. O en la suya.
lunes, 19 de diciembre de 2016 | By: Samuel R

ALGUNAS MUJERES SON MÁS GRANDES QUE OTRAS

Algunas mujeres son más grandes que otras, y la mayoría de los hombres no se dan cuenta. Ellos las siguen tratando como a las demás, sin percibir que podrían aplastar las murallas de tu castillo con pocas palabras.

Las puedes ver pasear por los parques; se ven solas, aunque vayan acompañadas. Otras están en casa esperando a que se cuezan las judías, mirando el extractor de la cocina, pensando en Dios sabe qué. A veces están sentadas detrás de una mesa firmando papeleo. Otras veces van corriendo con la mochila en la mano porque llegan tarde a clase.

Puedes ver en su mirada que vienen huyendo de aquellos que mataron a Lorca, de los choques de autopista y de las etiquetas prediseñadas. Sólo riegan las rosas que tienen espinas y sus bocas saben a vinagre. Caminan por las veredas en pleno verano, devolviendo la sonrisa al Sol con el ímpetu de mil dioses, aunque estén tristes.

Cambian a menudo de parecer y se contradicen a sí mismas. Muchos de nosotros nos desesperamos intentando encontrar grietas en su soledad por las que entrar y echar un vistazo al interior. Sabíamos cómo eran ayer, pero no sabremos cómo serán mañana.

Han venido a parar a nuestras ciudades por un golpe de viento del norte y traen poesías imposibles como rehenes en sus corazones. Cuando las noches se echan a perder y solo oigo chorradas por aquí y por allá, cuando la Luna se avería y anuncia que es hora de volver a casa, es cuando más pienso en ellas.


Sus bocas queman de forma sobrenatural, y hay tantos y tantos que huyen despavoridos al rozar tal sensación, que ellas ya no saben a dónde ir. Supongo que, si nosotros seguimos sin diferenciar a las mujeres grandes de las demás, se irán a vivir con los marcianos. Lejos de aquí, allí donde encuentren a quien les entienda.
jueves, 8 de diciembre de 2016 | By: Samuel R

RUMBO: MÁS ALLÁ

Nos despertamos temprano para el largo recorrido que teníamos por delante, sabíamos que los mundos desconocidos exigen la máxima puntualidad por parte de los interesados. Yo preparaba la maleta mientras ella daba alguna vuelta más en la cama, era como un planeta que gira cuando el rey Sol comienza a iluminarlo.

Sin saber muy bien que cosas íbamos a necesitar en nuestro viaje más allá de las estrellas, eché sus gafas de sol con forma de corazón, un paquete de cigarrillos y mis libros de aventuras extraordinarias por si el viaje se nos hacía largo. Al final, ella se levantó de la cama y sus pies descalzos reaccionaron contra el frío suelo, haciendo que se encogiera levemente. Preparó dos cafés y desayunamos mientras mirábamos por la ventana aquel paisaje que no volveríamos a ver nunca más.

Aunque era de día, las farolas seguían encendidas y su luz resbala entre la niebla, espesa y constante, que camuflaba los besos indiscretos que nos lanzábamos. Las luces de los semáforos cambiaban de color, primero verde, luego rojo, luego verde otra vez. En otro tiempo le encontramos sentido a ese orden, ahora nos sentíamos como extraterrestres cruzando la calle principal de una ciudad desconocida.

Ella se metía por callejuelas y daba rodeos, estirando los últimos momentos que nos quedaban en la Tierra. Me agarraba la mano con fuerza y corríamos a través de los pasajes hasta quedarnos sin respiración. Siempre que la miraba de reojo, ella estaba sonriendo.
Salimos de la ciudad siguiendo el sendero paralelo al río, arrastrados por la corriente de su aroma. Entramos en un bosque de pinos que crecían y se alargaban hasta ocultar el Sol y volver a convertir aquella mañana en noche cerrada. Los animales que allí vivían se iban escondiendo a nuestro paso, observándonos y siguiéndonos con la mirada, fingiendo que entendían lo que hacíamos. Quizás a ellos les pasaba lo mismo que a mí, seguía a aquella mujer con la mirada sin importarme si la entendía o no. Solo dejándome llevar.

Miramos el mapa una vez más para no perdernos, resolvimos donde nos encontrábamos y donde se encontraba el infinito. Y continuamos nuestra marcha hacia allí.

Seguimos caminando durante cientos de años, cruzando páramos abandonados de toda civilización y escalando las montañas más altas que hubiéramos podido imaginar, verdes, azules, blancas y rojas. Y nos juramos amor eterno mientras la luna besaba los mares nocturnos, ausentes de oleaje, tranquilos y en calma.

Cuando llegamos a la nave, todo era igual que cuando cruzamos la puerta de nuestro apartamento aquella mañana de niebla. Nuestros corazones, envejecidos después del paso del tiempo seguían conservándose jóvenes y preparados para lo que estuviera por llegar.


La nave estaba llena de óxido y los faros colgaban de un cable, el tiempo había pasado para todos por igual. Subimos, nos sentamos el uno al lado del otro, nos dimos la mano y comenzamos nuestro viaje. Rumbo: Más Allá.
jueves, 24 de noviembre de 2016 | By: Samuel R

JUZGADO DE INSTRUCCIÓN Nº2

Ella está de pie dentro del juzgado de instrucción nº2 de Ciudad Real. Vestida con pantalones de vestir, un blazer a juego y tacones, espera su turno al lado de sus padres. Finalmente dicen su nombre y ella comienza a andar hasta el centro de la sala.

Le piden que tome asiento y ella obedece. Delante tiene a tres hombres y dos mujeres bien vestidos, con una serie de papeles que pasan hacia adelante y hacia atrás sin demasiado sentido.

- Buenos días. Estamos aquí para el testimonio del caso 0420. ¿Está usted preparada para hablar? – dijo el hombre que se sentaba en medio de los cinco.

Ella no contestó. Ni siquiera cambio el gesto.

- Está bien. Comencemos. Háblenos de lo que aconteció el día de los hechos.

Y ella comenzó.

“Vera, señor. Como usted puede comprobar soy de una familia rica a la que nunca le ha faltado de nada. Mi novio no tenía la misma condición social, pero desde luego nunca tuve ninguna queja con respecto a él. Desde luego es una pena, creía que iba a ser siempre así, pero, como ustedes sabrán, todos idealizamos a nuestros seres queridos para convertirlos en lo que nosotros queremos que sean, en lugar de lo que realmente son.

Estuvimos algunos meses saliendo y la relación era perfecta. Creo que todo empezó a cambiar el día de mi cumpleaños, cuando le dije que quería celebrar el día con mis amigas. Ese día él pareció cambiar de carácter, porque no me lo permitió. Me dijo que pasaríamos el día los dos solos, que tenía planes preparados para mí.

De ahí en adelante nunca pude volver a quedar con mis amigas, siempre encontraba alguna excusa para impedírmelo. Hablaba mal de ellas y consiguió hacerme sentir que no eran buenas para mí. Siempre que intentaba defenderlas me decía que yo era idiota y que para decir tonterías era mejor que no hablara.

Así pasaron los meses y no sé muy bien cómo, deje que me separara de mis amistades.
Muchos días pensaba en ellas y rompía en llanto. Sostenía el móvil con su chat abierto, pero no tenía el valor de hablar con ellas y decirles lo que pasaba. ¿Y si él se enteraba de lo que estaba haciendo? ¿Y si me dejaba, que haría con mi vida? Me moriría. Me entraban náuseas y no era capaz de comer.

Pasé años sin hablar con ellas. Pero todo cambió el día de mi graduación. Todos mis compañeros salieron de cena para celebrarlo, y yo me tuve que ir con él a mi chalet después de la ceremonia, alejada de mis amistades. Me dijo que era mejor una celebración íntima.

Estábamos los dos cenando solos y le dije que estaba triste porque mis amigas no habían venido a mi graduación. Él me dijo que, teniéndonos el uno al otro, no necesitábamos a nadie más. Debía de creer que aquella frase era algo bonito, pero no lo fue. No pude evitarlo más después de tanto tiempo, y salté. Le dije que ellas no estaban por su culpa, él dijo que era porque no me querían, yo le dije que quien no me quería de verdad era él.
Supongo que no se esperaba que yo le contestase, o le levantase la voz, porque se levantó de la mesa y me soltó una hostia. 

Me caí al suelo, arrastrando el mantel conmigo y tirando al suelo toda la cena. Oí el sonido del televisor de fondo. Mi cabeza dio contra el suelo y me desmayé”.

Minutos de silencio. Las personas del juzgado siguen expectantes ante el relato, pero ella ha dejado de hablar. Tiene la mirada fija en el suelo y las manos entrelazadas. Después de mirarse entre ellos, uno dije:

- Está bien. Tranquila. Puedes contarnos lo que pasó después.

Y ella levanto la vista de forma amenazante y continuó.

“Lo siguiente, después de levantarme, fue un hilo de sangre que me caía por la ceja. Lo toqué con los dedos y lo miré fijamente. Y entonces lo vi todo claro por fin: Era libre.
Él estaba delante mío hablando, pero no le oía, tampoco el televisor. Lo único que oía era un pitido que salía del interior de mi cabeza y era agudo y calentaba mi cuerpo. La fiebre. El estómago me ardía. El hilo de sangre llegó hasta mi boca y lo paladee sin querer. Eso me perturbaba.

Entones recuerdo que mi padre guardaba la escopeta de caza en el armario de las escobas. Solo quería asustarlo, que clamase piedad. Él creía que corría a llorar a la cocina, pero volví con el arma entre mis manos y con seguridad apunté a su frente.
Un cartucho caliente salió a toda velocidad a través del cañón convirtiendo mi sueño en realidad. 

La pared se llenó de trocitos de cráneo.


Después de disparar, mi cuerpo dejó de temblar. Cogí mi móvil, me senté en el sofá y escribí a mis amigas: Chicas, ¿quedamos? Os echo de menos".
domingo, 6 de noviembre de 2016 | By: Samuel R

CONDENADO A ESCUCHAR

Oí el sonido del teléfono en la redacción sonando ininterrumpidamente sin que nadie lo cogiera. Vi a la responsable de producción ocupada en mil tareas a la vez y sin hacer ninguna bien, tal y como ocurría antes, tal y como seguirá ocurriendo siempre.

A través del cristal, el técnico de la radio estaba haciendo señas, intentaba decir al locutor que en dos minutos estarían en el aire. Tenían que decidir quién saldría a presentar el programa hoy en mi ausencia.

El periodista más veterano se levantó de la silla entre lágrimas y dijo: “Yo saldré a dar el programa hoy, él lo habría querido así”. Y sin esperar respuesta alguna, cruzó el pasillo en dirección al estudio. No parecía preocupado, o al menos a mí no me dio esa sensación. Siempre fue experto en rellenar dos horas de programa con un folio en blanco. Al resto nos ponía de los nervios.

Mi espíritu se deslizó a través de las paredes hasta el estudio de radio para ver qué tipo de homenaje me darían.

Mi compañero se sentó ante el micrófono que yo siempre había ocupado y que llegue a considerar de mi propiedad. Empezó a sonar una música cursi y horrenda. Creo que era “Devuélveme la vida”, interpreta por Antonio Orozco. No podía creer que hubieran elegido aquella tonada para recordarme. Una canción que yo jamás había mencionado que me gustase, ni había puesto en el programa. Mis oyentes debían estar incrédulos ante tal blasfemia hacia mi persona.

El compañero, con una voz muy triste: “Buenos días. Como pueden comprobar, no es Samuel la persona que les habla.” Y, sin que mi espíritu flotante pudiera hacer nada para evitarlo, dio la triste noticia. “Samuel no ha dejado. Ha sido de repente. Se ha ido como un pajarillo, sin molestar”.

“Aún no podemos creerlo. Ha sido hace unas horas. No puedo…”.

Mi compañero se quedó sin voz. Era visible que se estaba derrumbando delante de mi audiencia. El técnico de sonido rellenó aquel silencio subiendo el volumen de la canción y dejando que el bueno de Orozco cantará por mi ausencia.

Cuando el locutor se recompuso, continúo hablando: “Hagamos de este programa la despedida que se merece. Y lo haremos como él hubiera querido, recibiendo las llamadas de los oyentes, sus oyentes, los que tantos quiso”

Empezó a pedir por las ondas las llamadas de los oyentes para que se despidieran de mí. Me hubiera gustado decirle que no fuera tan lacrimógeno, pero solo podía escuchar desde el más allá.

“Espero que me disculpen, pero hoy es posiblemente el día más triste de mi vida. Samuel, estés donde estés, va por ti este toro”.

Si, había dicho eso, a mí, antitaurino. Mientras Orozco cantaba de fondo.

“Estamos recibiendo cientos de muestras de afecto y de pésame. Cada una de esas muestras de amor, él las está recibiendo desde el cielo de los locutores. Si nos estás oyendo, todos te queremos”.

Y comenzaron con la primera llamada.
- Nos llama Herminia. Adelante Herminia, buenos días.
- Buenos días por decir algo. Qué triste que nos haya dejado, tan joven.
- Seguro que está en un lugar mejor, en el cielo de los locutores – mi compañero seguía insistiendo con el cielo de los locutores, otra vez. Me estaba poniendo de los nervios.

Empezaron a hablar de la compañía que hacía con mi programa, de mi generosidad y bondad. Todo eran elogios a mi persona. Aquello fui interrumpido por la entrada en el estudio de Jesús de Manuel, guitarra en mano. No sé quién lo decidió así, pero pensaron que sería una buena idea que tocara una canción de su último disco y me la dedicara a mí, tal y como yo hubiera querido. Esperaba que las redes sociales ardieran ante tal despropósito, que castigaran aquella indecencia ante mi recuerdo. Pero no fue así.

La voz de mi sustituto rompió a llorar cuando la canción terminó. Pasaron a la siguiente llamada, Ortensia, vecina de mi abuela.

- Buenos días Ortensia. ¿Triste por la pérdida?
- Triste. Si. Triste. Se nos ha ido un referente.
- Si. Un maestro.
- Que le iba a preguntar. Eh… ¿Quién va a hacer el programa a partir de ahora?
- Bueno, eso es muy pronto para decirlo. No es el momento.
- No estaría de más que nos dijeran quien lo va a hacer ahora. Vamos, más que nada para hacernos ya a la idea…
- Insisto, es momento de duelo.
- Bueno, seguro que vuestra radio encuentra a una persona que lo hace bien. Bueno, nada, un abrazo muy grande. ¡Que el tiempo todo lo cura! Adiós adiós.

Y otra llamada.

- Vamos a continuar con este homenaje a nuestro querido Samuel, que hoy se nos ha ido como un pajarico. Tenemos a Agustín al teléfono. Adelante Agustín.
- Hola, muy buenos días. Bueno, yo no quería hablar de Samuel, yo quería contar un caso. Vera, yo estoy divorciado y desde que no estoy con mi mujer me he vuelto adicto a las pastillas para tos. Y bueno, quería ver si me daban algún consejo para salir de este bache. He caído de bruces en la automedicación. A ver si usted o algún oyente podían decirme algo.

No me lo podía creer, solo habían pasado unas horas desde mi muerte y los oyentes ya habían recuperado la mecánica del programa. Deseé con todas mis fuerzas que ningún oyente contestara a este imbécil. O que le cantaran las cuarenta por haberme olvidado tan rápido.

- Ah, y otra cosa. Que este programa sin Samuel también puede funcionar bien ¿eh? Venga, un saludo y gracias.

Cambiaron la canción de Orozco por una de la Oreja de Van Gogh que ni siquiera podía identificar. Aquello iba de mal en peor.

- Nuestro querido Samuel no siempre era perfecto, tenía también su carácter, era difícil de aguantar a primera hora de la mañana, pero quien no, ¿verdad? A veces, si una cosa no salía como él quería, metía broncas al equipo. Incluso nos llegó a insultar y a llamar hijos de la grandísima puta. No era oro todo lo que relucía. Un momento, tenemos otra llamada, adelante amiga.

- Hola. Buenos días. Yo llamaba porque he oído que ha muerto Samuel. Vera, yo fui su novia. Estuve con él algunos años. Entiendo tantos elogios, es normal que cuando alguien muere se recuerden las cosas buenas. Pero no hay que perder, digamos, la objetividad. Ese chico era un cerdo que me puso los cuernos y luego lo escribió en su Facebook. Me engañaba. Se paseaba por la calle despreciando a los demás. Incluso alguna vez acudió borracho a casa de mis padres y se orinó en el portal.

- Entiendo, entiendo. Gracias por su llamada, adiós adiós.

Las llamadas nunca terminaron. Jamás se produjo la desconexión. Estuve condenado a escuchar durante toda la eternidad.





sábado, 29 de octubre de 2016 | By: Samuel R

LA GRAN HISTORIA DE AMOR QUE TODOS ESPERAN DE TI (BRINDIS, DESPEDIDA Y CIERRE)

Todos esperan que escribas la gran historia de amor que te hará famoso. Esto funciona así, ellos ya se cansaron de tus relatos de siempre. Ya se han dado cuenta de que siempre giras sobre el mismo precipicio y que, de tanto asomarte, ya apenas te duele. Ya han descubierto que eres un farsante.

¡Brindo por ellos!

Ahora esperan algo más de ti. Algo nuevo. Pero no hay nada nuevo dentro de un hombre cerrado y encerrado. Las personas así no dejan hueco para lo que haya por venir. Los hombres muertos no cuentan cuentos.

Los hombres encerrados se alimentan de recuerdos. Y yo la recuerdo a ella, en exceso y sobremanera. Recuerdo estar sentados en mi vieja habitación, un gran poster de Cobain mirándonos desde lo alto con aquellas gafas horteras, una ventana a un patio interior, una consola. Una litera.

Estábamos frente al ordenador viendo videos de conciertos a los que nunca podríamos ir. No se puede decir que fuera una manera de matar el tiempo, porque realmente nos encantaba.

Sonó su teléfono. Ella lo miró, torció el gesto y lo bloqueó. Yo también vi quien era: su ex. Otra vez. Ella no dijo nada al respecto. Yo hice como que no había visto nada. Pero lo había visto. Y la ausencia de explicación por su parte fue la sonata de la inocencia herida que marcó nuestra relación a partir de ese momento.

Debí haber dicho algo. Quizás un simple “¿Quién era?”. Pero decidí hacer como si no 
hubiera visto nada.

¡Brindo por la ignorancia premeditada y con alevosía!

También nos recuerdo frente a la farmacia de guardia. Habíamos salido corriendo de su casa, ella ni siquiera había tenido tiempo de combinar su sujetador con sus bragas. Yo llevaba solo un calcetín porque no encontraba el otro.

Me hizo decidir si ir a comprar aquella pastilla o arriesgarnos. Me hizo cómplice y verdugo del destino que se nos venía encima. Se quitó toda responsabilidad y me dijo que haríamos lo que yo quisiera con aquello, que ella no podía tomar una decisión así.

Yo tenía claro cuál era su postura, solo la escondió porque quería ver que pensaba yo de todo aquello. Mi decisión habría llenado de orgullo a los responsables de planificación familiar, pero no lo consiguió con ella.

Ella se llevó una decepción, pero no puedes traer un bebé a este mundo si no estás seguro de que podrás dárselo todo.

¡Brindo por las grandes indecisiones y los pequeños asesinatos!

Y, ella no lo sabe, pero conocí a otra mujer. Alguien cuya pureza ensombrecía mi relación en ese momento, con quien podía hablar de cosas que hacía tiempo que no podía hacer con ella.

Y le habría puesto los cuernos una y mil veces si se hubieran dados las circunstancias idóneas. Todo se precipitó hasta llegar a su punto más alto, donde yo ya estaba seguro de que no quería seguir con ella. Pero no llegó a pasar nada, y poco a poco todo fue yendo a menos hasta desvanecerse.

No llegó a pasar nada, la vida a veces es así. Pero de haber pasado, habría seguido adelante.

¡Brindo por las oportunidades perdidas!

Por esto, la gran historia de amor que nos hará volver a tener esperanza en la humanidad no llegará de mis manos. Así que no sigáis esperando. Tampoco habrá más historias de viejos amores, ya está todo dicho en ese sentido.

No sé, lo siguiente podría ser algo así como la historia de una asesina en serie. Una mujer de pelo rubio y rizado. Una peligrosa enfermera que trabaja en el turno de noche de un hospital, y que hace su ronda por las habitaciones con una Biblia y un revólver.

Si. Eso es lo que podéis esperar de mi a partir de ahora.


¡Brindo por las enfermeras rubias con Biblia y revólver!
miércoles, 26 de octubre de 2016 | By: Samuel R

EL ORDEN DE MI CUBERTERÍA

Ella cogió su teléfono y me llamó. Tras unos segundos mirando el móvil, decidí contestar. Me dijo que había tenido un mal día: había discutido con sus padres y no le apetecía estar en su casa. Le dije que no había problema en que se viniera a cenar conmigo y me contará que había pasado.

En media hora ella ya estaba en mi cocina revolviendo mi nevera y colocando los cuchillos con los cuchillos y los tenedores con los tenedores. Las servilletas en ángulo perfecto con el plato.  La música que a ella le gustaba sonando en el portátil. Mi casa se convirtió en la suya.

Me contó una ridícula pelea con su madre cuya conclusión era que nadie la entendía. Yo sólo podía pensar en la paciencia que tienen que tener algunas madres con sus criaturas, es una lástima.

Cenamos, fregué los platos, tiré la basura, vimos la película que ella quiso, y nos acostamos. Al terminar, desnuda y envuelta entre mis sábanas, me pregunto si se podía quedar a dormir. Ella siempre supo el momento exacto en que tenía que hacer las preguntas para obtener la respuesta adecuada. De modo que, derrotado ante la situación, le dije que se quedara.

Solté un “te quiero” espontaneo. Ella me contestó que también. La miré esperando algo más, un “yo también” nunca me ha parecido suficiente. Me dijo que tenía que aprender que era igual de bonito un “yo te quiero” que un “yo también”. Creo que nunca aceptaré eso.
Quizás no estaba tan mal, quizás aquello eran buenos tiempo. No lo sé, creo que no reconocería los buenos tiempos, aunque los tuviera delante. Antes era un papel en blanco, capaz de aprender lo que cualquiera tuviera que enseñarme, ahora soy más bien un papel lleno de tachones donde nada está suficientemente claro.

Días después volvió a llamarme. En esta ocasión no cogí el teléfono. Lo intentó hasta tres veces, pero me mantuve fuerte. Minutos después, me mandó un mensaje que decía que había tenía un mal día en clase y necesitaba hablar con alguien. “Está bien, pásate por aquí después de cenar”.

Allí estaba otra vez, sentada en mi sofá contándome que sus amigas no la entendían. “Claro que tus amigas no te entienden, ni yo, ni tus padres, ni tus abuelos, ni los putos extraterrestres te entienden querida” – pensé.

Me levanté y me salí al balcón a fumarme un cigarro. “Sigue contándome, desde aquí te oigo bien”. No, no la oía nada bien, pero era mucho más agradable el ruido de los coches pitándose unos a otros que oírla balbucear. Sabía que todo lo que le pasaba era culpa suya y no podía soportarlo. Me imagine a mí mismo prendiendo fuego al piso, saliendo por la puerta y echando la llave. Aunque, conociéndola, estaba seguro de que encontraría la forma de salvarse y contarme que había discutido con los bomberos.

Aquella noche también nos acostamos. Al terminar le dije que se fuera a su casa, estaba cansado y con ella no dormía bien.
- ¿Me vas a dejar volver a casa sola tan tarde? ¿Y si me pasa algo?
- Puedes pedir un taxi si quieres.

No lo pidió. Cogió la puerta y se marchó. Y mi casa volvió a ser mi casa. Y mi respiración volvió a acompasarse conmigo mismo.

Pero anoche tuve una mala idea, fui yo quien le mando un mensaje a ella. Le pedí que se pasará por mi casa para ver una película. Extrañamente, la echaba de menos. Quizás por la soledad forzada a la que estaba sometido, o quizás simplemente soy un poco masoca. Me respondió que era un capullo, que no la traté bien y que eso no volvería a pasar.
Vaya, ahora soy un capullo. Seguro que ya está buscando a otro para no pasar el trago de verse sola en un futuro, un nuevo esclavo para su colección de hombres sometidos.

Quizás, buscar a cualquiera no sea la solución a la soledad, a mí me parece más bien una ilusión. Convertir y adiestrar tu vida a la de otro no logrará impedir que encuentre a alguien mejor.


Y ahora ella estará en casa de un nuevo héroe anónimo que escuchará sus lamentos sobre lo cabrón y desconsiderado que he sido con ella, mientras le revuelve la nevera, coloca su cubertería de mayor a menor y ven la película que ella quiere. Y ahora mi nevera está desordenada como a mí me gusta. Procuraré no volver a traicionarme a mí mismo, otra vez más. A la decimocuarta puede que haya aprendido la lección.
sábado, 8 de octubre de 2016 | By: Samuel R

TODO LO QUE CABÍA ESPERAR

Era demasiado tarde. Debería haberme ido a casa mientras aún me quedara algo de dignidad. Pero no suelo escuchar a mi orgullo, y eso acaba generándome muchos dolores de tripa.

Las persianas del piso estaban bajadas, la música al mínimo y había cuatro personas sentadas alrededor de una mesa donde había marcas de vasos de tubo, paquetes de tabaco, mecheros y un cenicero que rebosaba cada vez más. La gente había comenzado a marcharse con cuenta gotas desde hacía un par de horas, pero aún quedaban algunos rezagados que no queríamos volver a casa. Pensé que aquello era una competición para ver quien se quedaba a solas con la anfitriona, o quizás todo estaba en mi cabeza. El caso es que estaba decidido a dormir esa noche en aquella casa para descubrir que es lo que podría pasar, así que fui a la cocina a echarme la última copa para ganar algo de tiempo.

La copa de antes de irte a la cama es siempre innecesaria. Golpea demasiado duro cuando tú ya no puedes pelear más contra tus tripas. Esos últimos tragos saltan tu muralla y hablan de tú a tú contigo mismo en formas verbales que no quieres escuchar. La última copa es la peor, pero es la que más me gusta. Cuando le das el primer trago, empieza el descenso.

Volví al salón y me senté con los demás. Estaban hablando de algo que no me interesaba, de modo que comencé a mirar la habitación. La persiana estaba amarilla, envejecida, y tenía una serie de grietas por las que se colaba la luz de un nuevo día formando dibujos en el techo.

El tiempo pasaba y ella no les decía a lo demás que se fueran cada uno a su casa para quedarnos a solas. No sabía cuál era el plan a seguir. Todo era aburrido. En momentos como este deseaba que la vida se pareciera un poco a una serie de la HBO, y que, cuando no había nada interesante que mostrar en pantalla, se pasara a un fundido en negro hasta la siguiente escena. Pero no era así, y la siguiente escena parecía no llegar nunca. Cada trago me mataba un poquito más y ya me era imposible imaginar cómo podría acabar bien aquella noche. Y, cuando no eres capaz de imaginar cómo vas a resolver el problema, no hay nada que hacer.

Acabé la copa y mi estómago se desafinó por completo. Era la banda sonora del desastre, la señal que indicaba que me rindiera y me volviera a casa. Cogí mi abrigo, me despedí y salí de la casa.

Al llegar a la calle me golpeó la luz de sol. Creo que no hay nada que me moleste más que volver a casa de día. Antes, las noches solían ser jóvenes. Ahora envejecen muy rápido, demasiado. Y el día llega demasiado pronto.

Comencé el largo camino hasta el coche a través de las calles. Había aparcado lejos, muy lejos, nunca fui de esos que dan vueltas hasta encontrar aparcamiento perfecto. Así que, como tenía tiempo, eché mano al paquete de tabaco para que un cigarro me acompañara en el viaje, pero no lo encontré. Debí habérmelo dejado en el piso.

A pesar de ser de día, las farolas seguían encendidas. No podía dejar de mirarlas, podía notar como conversaban unas con otras. Allí estaban, malgastando energía innecesariamente en las calles de la ciudad, y yo, su único espectador. Entre ellas hablaban de que la vida se había acomodado a ellas, y no al revés. Decían que sus límites estaban tan aceptados que nadie cuestionaba si algún día llegarían más allá y sorprenderían al universo mismo. Pensé que tenían razón, pero no les dije nada.

Estaba llegando por fin a mi coche. Delante de él había un camión con la puerta del copiloto abierta. Se oía agua caer contra el asfalto. Por debajo de la puerta podía distinguir dos piernas desnudas que asomaban. Continué caminando hasta pasar al lado de la puerta. Allí vi a un camionero desnudo duchándose con una manguera que salía del interior del automóvil. Al verme soltó la manguera y rápidamente se tapó. La manguera cayó al suelo regando de agua la acera. Saludé a aquel señor desnudo. Él me devolvió el saludo y me pidió perdón. No había razón para ello, de modo que le dije que no pasaba nada y seguí mi camino hasta el coche. Me senté y pensé que todos somos aquel señor, ocultando nuestras debilidades lo mejor que podemos y sacándolas a pasear en lugares donde pensamos que nadie podrá atacarlas. Ese es el objetivo, el fin mismo: encontrar el lugar donde nadie moleste a tus debilidades, y comenzar a construir a partir de ahí.

Creo que todos somos ese camionero desnudo.


Antes de arrancar el motor, cogí el móvil. ¿Tenía mensajes nuevos? Sí. Pero, ¿de quién yo quería tenerlos? No. Eso no.
jueves, 22 de septiembre de 2016 | By: Samuel R

SINOPSIS DE UN SUEÑO HÚMEDO

Ella me empujó contra la pared y me besó de forma fortuita. La gente que había en el local se dio la vuelta para mirar que pasaba, no por el hecho de ver a dos personas besándose, sino porque me di un cabezazo contra la pared que se oyó muy por encima de la canción que estaba sonando.

Antes de que pudiera abrir la boca, ella me volvió a besar. Me puse nervioso y la cerveza se me cayó al suelo ensuciando sus zapatos, mis Converse, y a todos los que había alrededor. Tuvo que venir uno de los camareros de muy mala gana con un cepillo y un recogedor a limpiar aquel pequeño desastre que había formado. El señor me miró y yo agaché la cabeza, avergonzado. Ella lo ignoró.

- Querida, esto no está bien – dije cuando el camarero se marchó.
- Da igual. No pienses tanto.
- Uno de los dos tenía que decirlo.

Entonces me miró con el mayor desprecio del mundo y vi en sus ojos una terrible tormenta que aullaba desde los más hondo de su corazón. Me odió. Y sin decir palabra, se fue. Al rato, cuando recuperé la conciencia de lo que había pasado, me fui yo también.

Bueno, hay algo que ella no sabe, al llegar a mi casa, se coló en mis sueños. Es como la cara B de un vinilo, aquellas canciones que no entraron en las listas de ventas, pero son necesarias porque dan un sentido global al concepto que querían transmitir los músicos. Como el apéndice de una novela o las escenas eliminadas por el director de una película. Así fue como alargué un poquito más mi desastrosa velada con ella.

En el sueño, el mundo estaba completamente inundado por agua cristalina que dejaba pasar la luz de Sol de forma tan clara que casi no parecía que viviéramos bajo el mar. Estábamos ella y yo sentados en el Coliseo Romano, rodeados de hierba verde que se mecía con el vaivén del agua en movimiento. Coldplay estaba tocando sólo para nosotros en un concierto privado.

- Estamos muy bien aquí – le dije en un alarde de originalidad por mi parte.
- Sí que estamos bien, sí.            
- Pero habrá que nadar hasta la superficie para coger aire, o nos ahogaremos.
- Estamos bien aquí, quédate conmigo. No pasa nada.
- Nos ahogaremos. – insistí nervioso.
- No pienses tanto. Si subes, cuando vuelvas no serás capaz de encontrarme.

Pero no pude aguantarlo y tomé la decisión de salir a la superficie, respirar, y volver a bajar enseguida. Cogí impulso y comencé la ascensión sin dejar de mirar hacia atrás para ver si ella me seguía. Pero no lo hizo. Ni siquiera me estaba mirando.

Finalmente llegué a la superficie y me di cuenta que no necesitaba coger aire, no me ahogaba. Además, allí arriba no había nada, solo horizonte y océano infinito mirara donde mirara. Había sido un estúpido. Tenía que volver a bajar, pero desperté antes de zambullirme.


Y allí se debió quedar ella, sentada en el Coliseo y rodeada de hierba submarina esperando que coja el suficiente aire para volver a bajar.
jueves, 8 de septiembre de 2016 | By: Samuel R

CONDENADOS Y LIBERADOS Y VICEVERSA

Las botellas están esparcidas por el suelo, las bolsas tiradas, los hielos derritiéndose y las coca colas sin tapón. La gente amontonada. Hay risas y alcohol. La vida, lo bueno y lo malo, concentrado alrededor de una caseta de feria.

A nuestro lado hay un grupo de jóvenes haciendo ruido. Hay una chica, lleva un vestido oscuro, ajustado. La miro. No me mira. La miro. Un chico se acerca hasta ponerse a su lado, otea a los lados; parece preocupado. La coge de la cintura y me mira. Desvío la mirada.

Tranquilo. No estoy mirando a tu chica. No te preocupes, que la respeto, a ella y a ti. De hecho, yo lo respeto todo: las flores que deberían crecer hermosas y no lo hacen, las coca colas disipadas, los hierros que se oxidan, las sillas de plástico que envejecen en los patios.

El chico se relaja al ver que la presión ha terminado. Se por lo que está pasando. Conozco perfectamente su situación: la chica tiene una madre que habla mal de ti, quizás algún hermano que te vigila cuando sales de fiesta para que no hagas ninguna estupidez. Un grupo de amigos que desean con todas sus fuerzas que no salgas con ella, porque la anulas.

Y a ella le gusta bailar en la discoteca y que todos la miren, ¿verdad? Seguro. Le gusta coquetear con cualquiera sólo para saber que los tiene a todos detrás. Y se cabrea cuando tardas demasiado en contestar a sus mensajes. Estoy convencido de que te echa la bronca cuando la llevas al cine y la película no le ha gustado, además las palomitas estaban rancias y había un señor en la fila de atrás respirando demasiado fuerte para su gusto. Y claro, es culpa tuya.

Disfruta viendo los programas más absurdos de la televisión, y te obliga a verlos con ella. Tiene un carácter horrible y se pasa horas hablando con sus amigas por teléfono. Y tiene amigos que desearías que no tuviera. Además, quiere viajar por el extranjero una temporada ella sola y conocer gente nueva.

Y algunas veces, cuando fuma demasiado, ronca por las noches. Y es fría en la cama, aunque aparente lo contrario. ¿Quiere también ser bailarina? Y no tiene trabajo porque le dan migrañas y no aguanta a la gente.

Pero tú tienes tu brazo sobre sus hombros ahora mismo, y te crees especial creyendo que tienes algo que nadie más posee en el mundo. Y estoy seguro de que llevas toda la razón chaval, sujeta bien ese saco de intestinos y cefaleas, no te lo vayan a arrebatar.

Yo sé lo que te va a pasar. Ella se irá con otro y tu pensarás en suicidarte porque ya nada tiene sentido. Y un buen día, en un pasillo de supermercado, te la encontrarás. Y su vestido, que ahora le queda tan bien, estará viejo y sucio, y tendrá cara de resaca. Os acercaréis y ella te hablará de su maravillosa vida, pero tu mirarás su pelo y verás que ya no tiene brillo y que sus ojos están apagados.
Y cuando la conversación acabe, ella se dará la vuelta y meneará su culo para que la mires. Pero tú ya solo veras carne de desguace que cruza la sección de congelados.

Es una metáfora. ¿Lo entiendes? A mí una mujer me lo intento explicar y no lo entendí en su momento. Pero creo que ya sé lo que quería decirme. Al final habrás visto todas las películas que querías ver, y tu grupo de rock favorito te aburrirá. Y todos los buenos libros habrán sido ya leídos y olvidados. Y verás todas esas cosas de tu vida alejarse por la sección de congelados.


Al palpar el bolsillo de mi pantalón noto que tengo ahí el tapón de la coca cola. Vuelvo a ponérselo. Es mi pequeño grano de arena para ayudarte con tu destino, chaval.
martes, 30 de agosto de 2016 | By: Samuel R

LA CHICA QUE NO ENTENDÍA DE VINOS

Estoy harta de los clientes y de trabajar en esa tienda- dijo ella mientras tomaba el primer trago del cubata que acababa de servirle. Debí de pasarme con la cantidad de alcohol, porque se le arrugaron las facciones y me miró con cara de “¿estás loco?”. Suele pasarme, bebo con los ojos y me creo que los demás también lo harán.

“No te preocupes, que te echo otro…”- dije mientras me levantaba del suelo y cogía su vaso. Ella me agarró del brazo y me dijo que no me preocupara. Yo me quede mirando su mano. Desee que no me soltara nunca. Pero me soltó. Y yo volví a sentarme frente a ella con las piernas cruzadas.

Estábamos en medio del salón de mi casa como dos indios apaches, en mitad de la noche mientas todos los muebles nos miraban desde las esquinas. Fuera no se oían coches ni gente, el frío había espantado las ganas de fiesta de la ciudad. Al menos hoy así lo parecía. Todo lo que había a nuestro alrededor era la luz amarilla de una lámpara lejana, y humo. Mucho humo. Teníamos un juego que consistía en que uno de los dos decía: “Oye, ¡hace mucho que no fumamos!”, el otro tenía que invitar a tabaco. Así formamos aquella atmósfera que nos negábamos a liberar a cambio de que el frío del invierno entrara por la ventana. Si había que elegir entre frío o humo, por el momento, preferíamos humo.

“Está bien, sigue contándome que te ha pasado en la tienda”. 

Ella comenzó a contar una historia sobre la insoportable gilipollez del ser humano. No hacían falta muchos detalles, conozco a ese tipo de personas. Esas que salen de casa para descargar su mierda sobre los comercios locales. Bancos, tiendas de móviles, tiendas de ropa… cualquier sitio les parece bien para montar la escena de sus vidas. Qué pena que esa gente no muera sola.

Pero su historia se alargó con demasiados detalles y acabé perdiendo el interés. Ver a una persona quejarse demasiado rato no es atractivo (recuérdalo tú también chaval). La verdad es que aquel relato hizo que me alegrara de trabajar escondido de la sociedad. Es cierto que nunca conocería a nadie, pero, por otro lado, visto así también era algo bueno.

En mi cabeza comencé a tararear la canción que estaba sonando por el reproductor. Era Summertime Sadness, de Lana del Rey. Quería interrumpir su monologo para cantarla con ella, pero no encontraba el hueco. Desgraciadamente Lana no alargó la canción para darme otra oportunidad y la que sonó a continuación no la conocía, así que tuvo que encontrar otro entretenimiento.

Ella llevaba puesto un jersey grande de color marrón. Ese tipo de ropa extra grande que algunas mujeres saben llevar sin parecer que van disfrazadas. Uno de sus hombros sobresalía por la anchura del cuello y dejaba entrever un tatuaje. Era el símbolo de infinito. Era mucho más interesante ver su hombro que su tatuaje, aunque no fuera infinito.

Finalmente, terminó de descargar sus ganas de matar a las clientas. Empezamos a cantar. Seguimos bebiendo. Me invito a un cigarro. La noche invernal siguió avanzando con su paso lento y frío.

-Se nos ha terminado el ron. ¿Tienes más? Aún es pronto – dijo ella.
-No me queda. Solo una botella de vino. Ni siquiera sé cuánto lleva en la nevera.
-Me parece que los vinos no se guardan en la nevera si no los has abierto.
-Ni idea. No entiendo de vinos.
-Yo tampoco, sácala y nos la bebemos, a ver si aprendemos algo.

Busqué dos copas de vino, las lavé y las llené hasta arriba. Bridamos y dimos el primer sorbo. No estaba ni bueno ni malo, pero nos haría el apaño para lo que quedaba de noche.

- Me habría encantado luchar en la Guerra Civil
- Eres una chica, no te habrían dejado.
- Da igual. Es... como una metáfora. Lorca fue asesinado en la Guerra Civil. Y Hemingway salió con vida. Otros se exiliaron. Yo creo que los que se fueron hicieron mal. Yo hubiera querido estar allí y lanzar bombas al enemigo. Estamos aquí, bebiendo vino, en vez de allí. Si ahora hubiera otra guerra, ningún poeta morirá. Las metáforas han muerto junto al siglo XX.
- Aquello no fue ninguna metáfora. Fue algo real.
- No lo entiendes.

Supongo que no lo entendí. Preferí dejar de contestar y mirar mi copa de vino, porque me daba vergüenza mirarla a los ojos. Baje un poco la música para pensar mejor y encontrar otro tema de conversación.

- ¿Sabes que van a estrenar Lolito?
-Sí, la historia del chaval ese, Ben Brooks, como Lolita pero al revés, un chico de 15 años y una mujer de 50.
-Es raro, ¿verdad? Ese chico tiene que estar mal de la cabeza.
-A mí tampoco me gustaría ser ella. Quizás por eso quiero ver la película.
-Sí, deberíamos ir.
-Deberíamos.

Aquel deberíamos dio vueltas por la habitación como un canario buscando una jaula donde dormir. Pero no había jaula, estaba condenado a una infinita libertad.

La noche acabó y ella se fue a su casa. Le dije que se quedará a dormir, pero no quiso. Le dije que la acompañaba a casa, pero no quiso. Le dije que el próximo día iríamos al cine. Y solo sonrió. En aquel momento supe que aquella sonrisa seria lo último que vería de ella. Y así fue.

Varios días después de su supuesta y completamente inexplicable desaparición, llamé a una vieja conocida para que me acompañara al cine a ver aquella película. Yo aparecía y desaparecía de su vida con mucha frecuencia, pero como ella me lo permitía, no había ningún problema en utilizarla una vez más.

Quedamos en la misma puerta del cine. Nos dimos dos besos, entramos en la sala y nos sentamos.

- ¿Sabes? Yo solo voy al cine por las palomitas – dijo ella.
- Ok. Voy un momento al baño.
Y no volví.

Porque en ese momento comprendí que estar con alguien con quien no conectas es un camino mucho más rápido hacia la soledad que estar solo.

Así fue como entendí porque la chica de la otra noche tampoco volvió.